Meritocracia y educación: los ejes del futuro. -Jesús Banegas/Vozpópuli-

En el muy actual libro, por su temática y tratamiento, La 4ª revolución,sostienen sus autores Micklethwait y Wooldridge que “los obesos estados occidentales gobernados por políticos trocados en avestruces, tienen que cambiar para llegar a ser más pequeños, menos intervencionistas y más eficientes”. La cuarta revolución –una imperiosa necesidad para que Occidente sobreviva con éxito- implicará que el Estado:

  • Deje de hacer lo que pueden hacer otros mejor (privatizaciones)
  • Recorte los subsidios que pagan muchos en beneficio de pocos.
  • Reforme los derechos a prestaciones : sostenibles a largo plazo y dirigidas a las personas que realmente las necesitan.

Hasta aquí lo que es imprescindible hacer para sostener nuestro Estado de Bienestar, que cabe resumir en hacer lo mismo o más con menos recursos, es decir: aumentar la eficiencia de la gestión del gasto público y para conseguirlo es evidente la necesidad de contar con gestores competentes. Tal milagro es perfectamente posible de realizar: ya lo ha hecho Suecia.

Por otra parte,  Micklethwait y Wooldridge sostienen que “la próxima ola de competitividad asiática no provendrá de los costes de producción, sino de su calidad institucional”, para añadir que “cuando los países compiten para producir un mejor gobierno tienden a elevar los estándares” entre los que destacan dos: la educación y la función pública, ámbitos en los  países asiáticos mas emergentes como Corea y Singapur, por supuesto Australia e incluso China están avanzando a gran velocidad.  En éstos países la educación –se entiende que buena- se ha convertido en una obsesión de las familias –como en España hace unas décadas- mientras que la función pública es ejercida por profesionales cada vez más cualificados. En la China actual los cargos de responsabilidad del partido comunista son seleccionados entre las élites profesionales.

Vemos, pues, que tanto para que pueda sobrevivir nuestro Estado de Bienestar como para poder seguir compitiendo con éxito en una economía globalizada, la educación de la población y la meritocracia en la función pública son imprescindibles.

La educación de la población se puede analizar desde dos perspectivas: la personal y la institucional. Desde el punto de vista personal es evidente que cuanto mejor sea el nivel educativo, la posibilidad de encontrar trabajo y disfrutar de una elevada retribución es más alta. Y desde la óptica institucional, una población con un elevado estándar educativo mejora la competitividad de las empresas y la calidad de la función pública.

Y ¿cómo estamos en España en dichos ámbitos? El reclutamiento de funcionarios públicos mediante oposiciones –quizás anacrónicas, pero justas y fiables- funciona bien, pero dicho sistema se ha visto menoscabado en los últimos tiempos con pésimos mecanismos tales como el desventurado “4º turno” en la judicatura y la invasión de cargos de confianza política –mayormente sin relevancia profesional- en las administraciones públicas que además de subvertir el orden meritocrárico, empeoran necesariamente la calidad de la gestión pública.

En el ámbito educativo, tras el desastre de la LOGSE que erradicó la disciplina, el rigor, la jerarquía del saber, el esfuerzo y el mérito de las aulas, se está popularizando con el liderazgo de los sindicatos la cultura de la ausencia de exigencia a la que se están –peligrosamente- adhiriendo cada vez más padres. Estos días hay, asombrosamente, manifestaciones en contra de los deberes en casa de los niños y de las reválidas.

Los deberes sirven para reforzar el conocimiento de las materias escolares y las reválidas para verificar que el nivel educativo –a escala nacional, claro- es suficiente para seguir adelante, evitando así que reciban la misma titulación quienes nunca han sido examinados –solo aprobados, es decir “progresan adecuadamente”- que quienes si han pasado por filtros de exigencia académica.

Los padres y los  responsables políticos que rehúsan los exámenes están haciendo un flaco favor a sus hijos y los de todos –están literalmente hipotecando su futuro- porque en una economía –felizmente- de mercado la selección de personal por parte de la empresas y de un Estado meritocrático es y cada vez  será más exigente, de suerte que quienes más se esforzaron en su proceso educativo tienen y tendrán mejores posibilidades de encontrar trabajo y que éste sea bien remunerado, algo que no conseguirá cambiar nunca huelga alguna de sindicatos y padres.

Los padres, los docentes y los políticos que están en contra de exigencias educativas tan obvias como los deberes escolares y las reválidas de los conocimientos están condenando a una buena parte de la población a una especie “apartheid” que les restará oportunidades de realización profesional y personal que sólo están al alcance de quienes han sido educados en un sistema exigente; es decir, como la vida misma.

Los miembros de este “apartheid” tienden –necesariamente- luego a lo largo de su vida a perder el sentido de la responsabilidad personal y por tanto su libertad individual haciéndose cada vez más dependientes del Estado.

Es una pena que después de haber alcanzado en España un extraordinario nivel de igualdad de oportunidades en educación, este magnífico logro histórico no se esté utilizando a fondo para apalancar el progreso social, sino justamente para lo contrario.

Si observamos a los países que más han avanzado en los últimos tiempos: Singapur, Australia, Nueva Zelanda, Corea, Israel, Suiza, Suecia, Finlandia, ..en todos ellos la educación y la meritocracia son los ejes de sus éxitos económicos y sobre todo sociales.

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