Vaciedad. -Emilio Campmany/LD-

Lo del PSOE es como una maldición bíblica: parirás con dolor y te abstendrás a pesar tuyo. Qué lacerante está siendo todo. Da pena verlos. Son como un herido que ha quedado aislado y tiene que amputarse el miembro gangrenado antes de que la infección acabe con él. Los indisciplinados que no quieren cargar con el sambenito de haberse abstenido en la investidura de Rajoy aspiran a quedar como los impolutos, los virginales, los inmaculados que supieron seguir diciendo “no”. Y, a la vez que se presentan como los paladines de los ideales socialistas, esperan beneficiarse de la traición de los que se abstengan y eviten las terceras elecciones, en las que quizá los castos quedarían sin escaño. Lo de Odón Elorza, por ejemplo, es sencillamente vomitivo. Se permite insistir en que votará “no” porque él es mejor que los demás a sabiendas de que habrá compañeros, no tan puros como él, que absteniéndose librarán al partido de la debacle que padecerían si todos siguieran su impecable ejemplo. Es como el soldado que abandona la trinchera sabiendo que salvará el pellejo gracias a que la mayoría de sus compañeros se mantendrá en ella para contener al enemigo.

Con todo, lo peor no es este espectáculo de cobardes e insolidarios que se afanan en encontrar un salvavidas para ellos mientras otros se esfuerzan en evitar que la nave se hunda. Lo peor es que, alrededor de esta dichosa investidura de Rajoy, larga y tediosa como una película de arte y ensayo sin montar, no ha habido apenas debate programático. Si no fuera por las condiciones que Ciudadanos impuso al PP a cambio de su apoyo, y que naturalmente Rajoy no se ha tomado la molestia de leer, nada habría de esta supuesta nueva cultura del pacto que la dispersión del voto se cree que ha impuesto. Sólo importa quién va ocupar qué cargo. La noticia es que el PSOE se abstendrá y permitirá a Rajoy ser investido, no las condiciones que ha impuesto a cambio de su apoyo porque no ha impuesto ninguna. La noticia es qué ministros seguirán y cuáles se irán y no la política que el nuevo Gobierno desarrollará, porque ésta será la de siempre, subir impuestos, aumentar los subsidios, las subvenciones, las pensiones y cualesquiera otras regalías con las que alimentar a la clientela, así como condescender con los nacionalistas y los sindicatos. Qué más da quién esté si poco más o menos hará lo mismo. Por eso, lo único que importa es quién lo hará, no lo que hará. Y por eso nadie discute sobre qué programa aplicará el futuro presidente del Gobierno, ni importan siquiera los folios que firmó con Ciudadanos.

No entiendo qué nos hace mantenernos sentados en nuestras butacas contemplando este aburrido y poco edificante espectáculo, a la espera de ver ante quiénes se cuadran los guardias civiles cuando salgan de los coches oficiales sonriendo, conscientes de lo poco que merecen estar donde han llegado.

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