‘Reductio ad Francum’. -Jesús Laínz/LD-

Pocos años habían pasado desde 1945 cuando el filósofo Leo Strauss bautizó como reductio ad Hitlerum el abuso consistente en zanjar cualquier debate asociando una persona, un hecho, una idea o una opinión con Hitler: si Hitler apoyaba una cosa, tal cosa es mala. La técnica se ha usado, y se sigue usando, hasta la náusea, y lo mismo ha servido para rechazar la música de Wagner que para criticar propuestas ecologistas por haber sido Hitler amante de aquélla y por haberse promulgado durante el III Reich algunas leyes conservacionistas.

Una subespecie de tan pueril fenómeno, y en estrecho contacto precisamente a causa de la ayuda prestada por la Alemania hitleriana al bando alzado en 1936, es la reductio ad Francum, consistente en exactamente lo mismo pero en versión carpetovetónica. Su fórmula es fácil y se cumple con precisión matemática: si Franco apoyaba una cosa, tal cosa es mala; y si Franco era enemigo de una cosa, tal cosa es buena.

Sus consecuencias, de largo alcance, van de lo anecdótico a lo estructural, de lo intrascendente a lo trascendental. La más contundente de todas ellas es la virginal pureza de la que presume la izquierda por haber luchado contra Franco en la guerra del 36. Pero el que los partidos socialista y comunista se enfrentaran a quien, efectivamente, no fue un gobernante democrático no les convierte a ellos en demócratas. De hecho, los dos partidos que con más insistencia proclamaron su enemistad hacia la democracia por considerarla tan solo un paso intermedio hacia la dictadura del proletariado fueron el PCE y el PSOE. Por eso estalló la guerra civil.

Lo mismo sucede con los separatismos vasco y catalán, cuyas ramas todas son tenidas por respetables debido al mismo motivo, incluida una ETA adorada por la izquierda durante muchas décadas por su aparente antifranquismo. Pero el que la marxista ETA fuera enemiga del franquismo no impidió que su objetivo político no tuviese nada que ver con la democracia, sino con la instauración en el País Vasco de una dictadura socialista. Además, la falsedad de su antifranquismo quedó cruentamente demostrada con el 95% de sus crímenes cometidos tras la muerte de Franco. Por no mencionar que las cuarenta y ocho personas asesinadas por ETA desde 1968 hasta 1975 han sido las más olvidadas de todas, por haber caído sobre ellas la maldición de haber muerto durante el régimen cuyo contacto todo lo ensucia.

El callejero, las estatuas y otros homenajes también dependen de la reductio ad Francum. ¿Por qué, si no, han sido derribadas todas las estatuas del vencedor de la guerra mientras que se conservan las de los perdedores, Prieto y Largo Caballero, por ejemplo? Porque, a pesar de que tan golpistas fueron éstos como aquél, la gran falacia izquierdista exige que Franco sea considerado golpista ilegítimo y malvado, mientras que los dirigentes socialistas fueron golpistas legítimos y justicieros. Hablando de estatuas, como consecuencia de la inagotable agitación del odio, de Cataluña –la muy franquista Cataluña, aunque ahora todo el mundo lo niegue– nos llega el bochornoso espectáculo de esa chusma histérica arremetiendo, cuarenta años después de su muerte en la cama, contra la estatua decapitada del mayor benefactor de Cataluña en el siglo XX. Valentía, virilidad, elegancia, seny a raudales…

Paso esencial para llegar a este punto fue el dado por el Parlamento español el 20 de noviembre de 2002, gobernando José María Aznar con mayoría absoluta, al aprobar por unanimidad una resolución condenatoria del golpe del 18 de julio de 1936 y el régimen salido de él (y, de rebote, la actual Monarquía, aunque de ese pequeño detalle no haya derechista capaz de darse cuenta). Pero del golpe izquierdista de octubre de 1934, de sus miles de víctimas mortales y de sus perniciosas consecuencias para un orden constitucional tocado de muerte no se acordó nadie, a pesar de que nada menos que el presidente de la República en el exilio, Claudio Sánchez-Albornoz, dejara claro lo siguiente: “La revolución de Octubre, lo he dicho y lo he escrito muchas veces, acabó con la República”. Y de que su compañero de bando Salvador de Madariaga escribiera: “Con la rebelión de 1934, la izquierda española perdió hasta la sombra de autoridad moral para condenar la rebelión de 1936”.

Una de las manifestaciones más populares de la gran falacia izquierdista ha sido un cine español de las últimas décadas caracterizado por un maniqueísmo bochornoso, superior al de las películas propagandísticas de los primeros años de la posguerra. Con el agravante de que aquellas películas, de las que Raza fue la más emblemática, fueron producidas en los años más recios de un régimen dictatorial nacido de una guerra civil, mientras que las recientes han visto la luz en un régimen democrático surgido, o al menos eso reza la leyenda, de la voluntad de superación de las discordias civiles.

Pero, sin duda, como hemos señalado más arriba, la consecuencia más importante de la reductio ad Francum es ese ridículo complejo de superioridad moral e intelectual que caracteriza a nuestra izquierda –y a sus compañeros de viaje separatistas– y que ha sido aceptado por nuestra derecha, enciclopédicamente ignorante e insuperablemente cobarde. Complejo que, poco a poco, ha provocado la hegemonía ideológica izquierdista –y la de sus compañeros de viaje separatistas–, que tarde o temprano, más temprano que tarde, acabará llevando a España al despeñadero. La Corona la primera, por supuesto.

Y ni siquiera en ese momento nuestra incurablemente pacata e irremediablemente necia derecha se dará cuenta de una cosa tan sencilla como ésta: que las ideas tienen consecuencias.

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