Halloween antifascista. -Jorge Bustos/El Mundo-

El atributo más llamativo del fascista coincide con el de otras famosas criaturas sedientas de sangre: no se refleja en los espejos. El fascista vive y lucha pensando que los fascistas son siempre los demás, y si un día algún psiquiatra le pusiera el vídeo de sus actos -una paliza en manada a dos hombres y dos mujeres, un escrache universitario a un señor canoso a quien le han dicho que hay que odiar- no se reconocería en ellos como fascista de manual, sino como antifascista. Por no salir del espejo: el hecho de que no haya nada tan parecido a un fascista como un antifascista se debe a que replican sin remedio los métodos, la siniestra simetría de la brutalidad, porque existir en uno u otro polo congela de igual modo la inteligencia. Solo queda subsistir en tu iglú y salir de caza. Y también nuestra universidad pública tiene algo de Siberia, con mamuts ideológicos atrapados en el hielo que sólo se mueven para cobrar.

Cuando un humano en principio complejo admite definirse sin más por lo que odia, queda rebajado automáticamente, reducido al objeto de su enfermiza atención. El mismo mecanismo psicológico opera en el enamoramiento. El antifascista está violenta y secretamente enamorado del fascista, cuya pervivencia justifica la causa del emancipador de pueblos del siglo XXI. Por eso importa resucitar a Franco cada día -cerciorándose antes de que es de bronce y de que está decapitado, no vaya a ser-, porque mientras se cierna la amenaza perenne del franquismo podremos presupuestar 203.000 pavos para esa y otras performances tan útiles para empoderar a hermanos de activismo, que también pagan alquiler.

El segundo atributo del antifascista es la literalidad. Su precariedad biológica le priva de alcanzar estadios intelectuales complejos como la ironía, la sátira, la crítica razonada y otras sutilezas evolutivas. Por eso hay vecinos en el Born tirando huevos al Sleepy Hollow franquista presas de indignación, sin reparar en que ellos mismos ejercen de correa transmisora en el cuco engranaje publicitario planeado por el artista. El antisistema alimentando el sistema: vieja ley de hierro que observan grandes televisiones como modestos digitales. Es la audiencia, estúpidos. Ya deberíais haber aprendido que las tragaderas del capital no tienen fondo.

También con el vampiro comparte el antifascista el privilegio de la inmortalidad.No se mueren nunca, porque cada noche, al calor de la lumbre, el abuelito físico o digital les actualiza el relato de la vesania facha; pero no como tristes desgarros del pasado, sino como rescoldo vivo que calienta el programa del PP. De C’s. Y del PSOE, qué coño. Empezando por ese traidor de González. La lógica resulta impecablemente pendular: para un antifascista, un tipo renuncia al marxismo porque abraza el fascismo.

Ya que ni mueren, ni descansan, ni se aparean jamás con la razón, lo único bueno de los antifascistas fascistas era su número. Como los vampiros, hasta hace poco eran difíciles de ver, pero hoy salen chupasangres debajo de los escaños. Antaño la luz les perjudicaba, pero ahora tienen quien les tape: esta semana Iglesias ha defendido el escrache y el motín como síntomas de “salud democrática”. Don Pablo olvida que en 2017 se cumple un siglo de la Revolución, no un año. No impugna a un zar feudal, sino una democracia representativa. Se acerca Halloween: momento idóneo para que Podemos elija de una vez entre la democracia de los vivos o la nostalgia apestosa de los no-muertos.

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