“Nuestro dinero lo maneja gente que pasa el día bebiendo, drogándose y yendo de putas” -Héctor G. Barnés/El Confidencial-

Es un libro divertido, hasta que a uno se le congela la sonrisa. Nos sumergimos en el lado oscuro del parqué de mano de John LeFevre, autor de “Directo al infierno”.

“No respeto a los pobres porque vivimos en un mundo que recompensa el éxito”; “yo no soy maleducado, eres tú el que me aburre, gilipollas”; “mi primera esposa fue radicalmente antiabortista hasta que mi amante se quedó embarazada”; “voy a ir al infierno, así que tengo dos opciones: ir a lo grande o ir sin más”. Esto son algunas de los frases que John LeFevre, antiguo responsable de la cuenta de Twitter @GSElevator e inversor en el mercado asiático recoge en ‘Directo al infierno’ (Deusto), un retrato del lado oscuro, guarro e inmoral de los negocios.

Cocaína en cantidades industriales, machismo e infidelidades a diario, desprecio, clasismo y racismo en niveles que escandalizarían a Donald Trump son algunos de los componentes de este librito que recoge la experiencia del ‘trader’ que pasó por Hong Kong, Londres y Nueva York hasta que decidió que había tenido suficiente. Cada cual juzgará si es un despiadado retrato del mundo de las finanzas o una indulgente conversación de bar entre colegas (“¿te acuerdas de aquel día que…?”), pero algunos de sus pasajes convierten a Jordan Belfort en un paladín de la corrección política. LeFevre ha hecho una parada en su camino a la perdición eterna para atender a El Confidencial para hablar de sexo, drogas y ‘trading’ extremo.

PREGUNTA. Cuentas muchas anécdotas en ‘Directo al infierno’. Algunas son divertidas, otras dan mal rollo. ¿Qué es lo peor que has visto? ¿Lo que te hizo dar un respingo y decir “oye, quizá hemos ido muy lejos”?

RESPUESTA. En la boda del cliente de un ‘hedge fund’, con muchos banqueros y managers de fondos de inversión, convertimos una de las estancias de la iglesia en una habitación comunal para tomar coca. Cuando las damas de honor nos echaron, nos fuimos al parque de los niños detrás de la iglesia, donde no había nadie. Pero imagínate cinco banqueros trajeados sentados en una mesa de miniatura de plástico drogándose. Ese fue el momento en el que dije “hey, chicos, si alguna vez escribiese un libro sobre esto, lo llamaría ‘Directo al infierno’”.

P. La mayor parte de historias tienen que ver con fiestas, bebida, drogas, etc. Pero ¿qué pasa con tu trabajo? ¿Qué es más peligroso, lo que hacíais en los bares o lo que hacíais en el parqué?

R. Trabajábamos muy duro y éramos muy buenos en nuestros empleos, que es lo que nos permitía pasárnoslo tan bien. Pero creo que lo que hacíamos en nuestras oficinas era mucho más peligroso. Conspirábamos con las tarifas, sobre todo en lo que cobrábamos a Estados soberanos emergentes como Indonesia, Filipinas y Corea. Intercambiábamos información privilegiada por favores. Dábamos prioridad a los fondos que salían de fiesta con nosotros. Poníamos nuestros intereses por delante de los de los clientes. Por ejemplo, recuerdo convencer a un cliente para retrasar un trato de 500 millones de dólares porque nuestro bonus ya se había decidido para este año. En otra ocasión, saboteamos un acuerdo solo para hacer daño a la competencia. Eran a menudo acuerdos de miles de millones de dólares que tenían impacto en las vidas de los demás, pero lo tratábamos como un juego.

P. Creo que Amy Winehouse, Jim Morrison o Elvis Presley llevaban estilos de vida más saludables que el tuyo. ¿Cómo te las apañabas para emborracharte hasta desmayarte, dormir unas pocas horas, trabajar y volver a hacer lo mismo?

R. Un Bloody Mary o dos para desayunar es la mejor cura para la resaca.

P. Probablemente este ritmo de vida no sea el mejor para estar centrado en tu trabajo. ¿Cuál es el mayor error que has cometido o que has visto cometer?

R. Destruir un Maserati a las cuatro de la mañana fue uno de mis grandes errores. Pero podría haber sido mucho peor, así que lo consideré una victoria. Y saqué una historia divertida de ello. En cuanto al mayor error que he visto fue a un comercial de un ‘hedge fund’ ponerse hasta las trancas y darle un puñetazo a un cliente. También he visto a un banquero llevar a un grupo entero de becarios a un club de ‘striptese’ donde había quedado con un cliente.

P. Parece que para ser banquero tienes que beber, drogarte y acostarte con prostitutas. ¿Qué pasa si no puedes? ¿Has visto a alguien que lo ha dejado porque no podía con ese estilo de vida?

R. Me di cuenta muy pronto de que si eras bueno bebiendo, jugando al golf y guardando secretos te ponían en más equipos de negociación, te llevaban a más reuniones, viajes de negocios y conferencias. A lo largo del tiempo, eso me dio más experiencia, conocimiento de los clientes y relaciones más cercanas con mis colegas de mayor edad. Así que me pagaron más y me promocionaron más rápido que a muchos de mis iguales. Por eso ves tantas banqueras a un nivel ‘junior’, y tan pocas en el ‘senior’. Porque es una falsa meritocracia. El banco puede decir que promocionaban a gente como yo porque cerrábamos más acuerdos. Pero llegamos allí teniendo éxito en la cultura de vestuario del alcohol, las novatadas y otros comportamientos desviados.

P. ¿Está nuestro dinero en manos de gente que pasa su día bebiendo, drogándose, riéndose de los demás y haciendo el amor con prostitutas?

R. Sí. La gente a la que describo en el libro son incluso más ‘senior’, y están transmitiendo su cultura a la próxima generación. La estabilidad de los mercados reposa sobre los hombros de colegas de fraternidad en el parqué. Aunque, inocentemente, esta clase de comportamiento es más extremo en los mercados emergentes que en Nueva York, Londres o Madrid. Pero aún ocurre. Beber de día es más común en Asia ya que el mercado cierra durante dos horas en el almuerzo, pero los banqueros intercambian drogas y mujeres por negocios todo el tiempo. Es habitual que muchos burdeles impriman facturas falsas que parecen un ticket de restaurante caro para que se les reembolse a los banqueros. Una vez perdí una petición de bonos con Deutsche Bank porque la competencia le dio a la esposa del CEO un bolso de Hermes Birkin.

P. En los bancos hay gente más joven y más mayor, pero todos tienen algo en común: un estilo de vida muy poco saludable. ¿Cuáles son las diferencias más importantes entre generaciones, si hay alguna? ¿Los jóvenes se divierten por el mero hecho de hacerlo, y los mayores por desesperación?

R. Es una cultura que se transmite de generación en generación. Cuando empecé a los 22, mi primer jefe me explicó que el proceso de contratación es llamado “El Proyecto de Embellecimiento de la Oficina” [“The Office Beautification Project”]. Y aún es un ‘managing director’ en Citigroup. Mi siguiente jefe me explicó lo que era un FBT (“Fake Business Trip”, “falso viaje de negocios”): una manera de engañar a su mujer. Mi primer mentor en Asia, un vendedor de ‘hedge fund’, me dio el número de su camello en cuanto aterricé en Hong Kong. Dijo que lo iba a necesitar para los clientes, y tenía razón. Cuando me vi tan enredado en la cultura y apartado de la realidad la transmití a la siguiente generación, haciendo que mi analista volase a Singapur para traerme mi Playstation porque estaba aburrido durante una conferencia de bonos, y más tarde haciéndole realizar una encuesta de la oficina, valorando a las chicas en el orden de “las más follables”. Nos divertimos y salimos de fiesta porque es la cultura, pero también porque hay mucho estrés y mucho dinero en juego, lo que hace todo más extremo.

P. Dices que el nepotismo es la norma, no la excepción, en Asia. ¿Pero qué pasa con Wall Street o la City en Londres? Supongo que o eres hijo de alguien o tienes que haber crecido en una familia rica para poder aguantar ese ritmo…

R. Cuando empecé en 2001, el nepotismo era muy común en Nueva York y Europa. Sin embargo, hoy en día es mucho más difícil con los protocolos estrictos y las iniciativas para la diversidad. Pero en Asia y la mayor parte de mercados emergentes, es casi por completo nepotismo. Seleccionábamos entre los currículos de los hijos de nuestros mejores clientes. Hay un nepotismo pasivo que aún existe. Me di cuenta de que durante mis entrevistas, hablábamos de viajes exóticos, escuelas de élite y ‘hobbies’. Y entonces teníamos en cuenta el nudo de la corbata de los candidatos y la calidad de sus trajes. Así que naturalmente tendíamos a contratar niños ricos con los que pudiésemos identificarnos.

P. Las sirvientas filipinas son unos de los personajes secundarios del libro. Trabajan para los “gweilos” [banqueros extranjeros], pero parecen tolerar muchas cosas. ¿Es esta relación el mejor ejemplo de lo que los banqueros piensan de los demás… y hasta dónde pueden llegar algunas personas para ganarse la vida?

R. Sí, mi criada toleraba mucho de mí. Pero siempre preferían trabajar para los “gweilos” porque, más allá del mal comportamiento, de hecho las trataban con más dignidad y respeto y las pagaban mucho mejor. Dice mucho de lugares como Indonesia, Filipinas y China que esas pobres estén deseando trabajar seis días a la semana por 600 dólares al mes, la mayor parte de los cuales tienen que mandar a sus familias. Es un buen recordatorio de que cualquiera que esté leyendo esto vive mejor que casi cualquier persona que haya vivido en la historia del hombre.

P. En tu libro, hay prostitutas por todas partes, y ellas también se están ganando la vida. ¿Qué tienen en común los banqueros y las prostitutas?

R. Los banqueros son prostitutas.

 

P. ¿En quién pensabas mientras escribías este libro? ¿En una abuela escandalizada o en un colega que pudiese sentirse identificado?

R. Escribí sin ningún juicio moral. Esencialmente, la gente que retrato son seres humanos repugnantes, yo incluido. Pero permito que el lector realice su propio juicio. Así es como quería escribir el libro, aunque sirve a un propósito. Una madre puede leer este libro y decir “gracias por sacar a la luz una cultura asquerosa, obsesionada por el dinero y por exponer la corrupción de un pilar de la sociedad que se tiene en alta estima y que influye nuestras vidas y la política”. Igual, un adolescente puede leerlo y decir “esto es la hostia, quiero ir a Wall Street”. Sea como sea, la mayor parte de la gente se divertirá y se escandalizará.

P. “Trabaja duro, juega fuerte”, ese es el lema. Pero ya no eres un banquero. ¿Vive rápido, muere joven? ¿Por qué paraste y qué haces ahora?

R. Me uní a Goldman Sachs a finales de 2010. Después de que mi jefe anterior me diese la mano y me desease suerte, se dio la vuelta y me amenazó con demandarme por incumplimiento de contrato. Fue mi despertador. Trabajar en jornadas de doce horas y salir de fiesta todo el día, pasando los fines de semana bebiendo al lado de una piscina era una existencia egoísta y sin alma. Así que dije: “que le den por culo”. Me mudé a una comunidad de cursos de golf en Texas y tuve dos hijos. Sin remordimientos porque todo lo que he hecho me ha llevado donde estoy ahora, y no tengo interés en volver.

P. Si hay algo que no te haya preguntado y nos quieras contar, es el momento.

R. Historias como la mía no son nuevas. Pero a menudo se relativizan como si fuese la manzana podrida. Y los apologistas de la industria a menudo señalan que las historias de “banqueros portándose mal” son un caso aparte. Pero mi historia no se ha contado. Tenía uno de los asientos más prestigiosos en un banco, la posición que Michael Lewis describió en “El póker del mentiroso” como “omnipotente y omnisciente”. Me sentaba sobre la Muralla China, cerrando tratos con banqueros de fusiones y adquisiciones y sus clientes corporativos y ventas y ‘trading’ con sus clientes. Y hacía tratos con todos los bancos de Wall Street. Así que lo veía todo. Y vi que no era cosa de unas pocas manzanas podridas. Vi conflictos de interés sistemáticos, corrupción, desviaciones y desenfreno de arriba abajo. Si querías ascender, es la cultura que tenías que abrazar.

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