La operación Núria Parlón. -José G. Dominguez/LD-

En Cataluña comienza a ser un secreto a voces la vuelta del tripartito, esta vez con la Esquerra ya al mando, los comunes de Colau codeándose con ella de igual a igual, y lo que quede todavía del PSC tras las primarias del domingo ejerciendo de teloneros de ocasión a cambio de alguna que otra migaja institucional. En cuanto a la sucursal de Podemos, como en Galicia y Valencia, nada pinta aquí, solo es un cero a la izquierda con acento argentino, timbre exótico que, procede admitirlo, siempre da una nota de color. La disputa a cara de perro por el control del partido entre Iceta y la alcaldesa de Santa Coloma, Parlón, una soberanista convicta y confesa cuya postura a propósito de la independencia en nada se distingue de la muy calculada ambigüedad táctica de los comunes, obedece a ese telón electoral de fondo. Con aquel partido que en su día respondiera por Convergència (no recuerdo ahora cuál es el último nombre que adoptaron la semana pasada) desahuciado por completo y solo a la espera de que Puigdemont, esa anodina mediocridad comarcal, ejerza de maestro de ceremonias en su definitivo tránsito hacia la nada, la Esquerra ha vuelto a mirar hacia la izquierda, único paisaje local donde cabe vislumbrar algo más que un agónico yermo terminal.

El caso de la derecha catalana resulta digno de pasar a los anales universales de la estupidez política. Primero, decidieron matar al padre (amén de a sus siete hijos pródigos) y, ya puestos, se embarcaron en un suicidio colectivo con tintes rituales acaso solo comparable al célebre de los seguidores de la secta del reverendo Jim Jones, el del Templo del Pueblo, que se inmolaron en la selva de la Guyana. Así las cosas, con la derecha doméstica de toda la vida desaparecida en combate y Ciudadanos desinflándose sin prisa pero sin pausa, al lánguido modo (la ultimísima encuesta del CEO sitúa a Arrimadas la cuarta por la cola en intención de voto, tras ERC, los comunes y el PSC), la reedición del tripartito ha dejado de constituir la fantasía de una noche de verano. Sobre todo, porque el cuadro escénico en pleno del procés, con Junqueras a la cabeza, es sabedor de que se aproxima la última vuelta del camino a ninguna parte que emprendió el difunto Artur Mas cuando la huida hacia delante de Ítaca.

Junqueras ha entendido mejor que nadie que la independencia todavía tendrá que esperar, como mínimo, dos o tres lustros, el tiempo necesario para que la idea sagrada logre penetrar de una vez por todas en ese territorio comanche del cinturón metropolitano de Barcelona que tanto se le resiste. A su vez, el nuevo PSC de Parlón, nuevo aunque solo fuera por edad biológica, ha entendido lo que todo el mundo sabe a estas horas: que el socialismo español no volverá a ocupar La Moncloa, como mínimo, durante los próximos veinte años. Como mínimo, digo. Se necesitan, pues, los unos, para poder penetrar en ese Álamo españolista, el del cinturón, sin cuya aquiescencia, siquiera silente, la independencia de Cataluña seguirá siendo empeño imposible. Los otros, para desprenderse de la marginalidad cierta a que los aboca la decadencia del PSOE, recuperando al tiempo el protagonismo institucional en el Gobierno de laGeneralitat, esa fuente de maná en forma de nóminas y lealtades subsidiadas sin la cual son como peces fuera del agua. De ahí la operación Parlón. Lo dicho, es un secreto a voces.

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