Las 750 zonas “no-go” (no-ir) o barrios islamistas prohibidos en Francia, donde el Estado no existe

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Se calcula que eh Francia hay unas 750 zonas prohibidas para funcionarios del Estado francés, sean policías, bomberos incluso carteros. Todas tienen en común en que la población dominante es musulmana.

A pesar de la continua insistencia del presidente Francois Hollande que no hay ningún musulmán zonas prohibidas en Francia, funcionarios policiales lo contradicen. Estas Zonas de exclusión son barrios muy violentos y anárquicos migrantes dominado por los musulmanes. Especialmente importantes son los que rodean París o barrios de Marsella. cerca de París que son prácticamente fuera del alcance de los no musulmanes y una amenaza para la policía y los bomberos.

Hay muchas evidencias que confirman la existencia de las ‘zonas prohibidas’, llamadas en francés Zonas Urbaines Sensibles. Los no musulmanes  que entren en ese barrio posiblemente serán atacados por las bandas de musulmanes que gobiernan estos barrios.

La deslegitimación del Estado democrático ya se ha puesto en marcha. Las autoridades…

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Hillary Clinton, la derrota o el ‘impeachment’. -José C. Rodriguez/LD-

La candidata demócrata a las elecciones presidenciales de 2016, Hillary Clinton, está en una carrera frenética contra su propio pasado de corrupciones, mentiras, enriquecimientos ilegítimos y otros comportamientos que parecen estar bien descritos en el derecho penal de aquel país. Clinton tiene los armarios repletos de felonías, y siempre pensé que esa era su mejor baza. En definitiva, estaban a la vista de todos y las encuestas la seguían teniendo como la candidata preferida para sustituir a Barack H. Obama. Si había alquilado habitaciones de la Casa Blanca para financiar la campaña de su marido, si ella y él habían colocado a dedo a familiares para que gestionasen los viajes de la misma Casa, si se han enriquecido personalmente con su fundación; si como secretaria de Estado no defendió a los miembros de su legación en Bengasi para ocultar que eran atacados por Al Qaeda; si todo ello y mucho más está descrito en detalle y aún reina en las encuestas, ¿qué podría tumbar a la candidata Clinton?

“Desde luego, no un escándalo más”, he razonado en muchas ocasiones. Pero, como en tantas otras, puedo haberme equivocado. Los famosos e-mails de Hillary Clinton ya se habían sumado a su currículum delictuoso. Clinton utilizó unos servidores privados para enviar e-mails, muchos de ellos con información clasificada, mientras fue secretaria de Estado (ministra de Exteriores) de los Estados Unidos. Lo hizo para evitar el control sobre sus contenidos previsto en las leyes de transparencia. La maquinaria judicial empezó a investigar si había hecho un mal uso de su cuenta de correo y ella reaccionó destruyendo 32.000 mensajes. Dijo que tenían carácter “privado”, lo cual es extraño, pues en principio no son éstos los que incitarían el celo del FBI. ¿Por qué los destruyó, entonces?

De los que no tuvo tiempo de destruir, dos millares contenían información confidencial y medio centenar, top secret. Pero es Hillary Clinton, por lo que el FBI decidió no presentar cargos contra ella. Con todo, no es esto lo más interesante del asunto, sino el retrato que hacen de la propia Clinton, y que quedaría tan propio en la celebración de Halloween. Nada se antepone a su ambición, miente con una soltura asombrosa, adula en privado a los grandes bancos que, en público, son objeto de sus más aceradas críticas, odia en la intimidad al americano al que ante las cámaras le pide el voto, se deja comprar por políticos extranjeros casi tan corruptos como ella, como Mohamed VI…

Lo último es que el FBI ha dado a conocer que encontró alguno de esos e-mails mientras investigaba al exrepresentante Anthony Weiner. Weiner se dedicaba a mandar fotos suyas en pelota picada y con pretensiones sexuales a sus colaboradoras y a sus seguidoras en las redes sociales. A una de ellas le enviaba fotos en las que se llamaba a sí mismo Carlos Danger. El FBI dice que no conoce todavía el alcance del material que ha encontrado en su ordenador, que es también el de su mujer, y ayudante de Hillary, Huma Abedin, pero de paso ha vuelto a recordar todo el asunto a once días de las elecciones.

Donald Trump, un hombre empeñado en enterrar su propia campaña con declaraciones estúpidas, dio muestras de dar la carrera por perdida cuando sugirió, sin pruebas ni Dios que las bendiga, que si ganaba Clinton sería por un pucherazo. Es cierto que se alejaba en las encuestas de su rival, pero ha vuelto a acercarse justo cuando el FBI ha recordado a los estadounidenses que Hillary puede sentarse en el banquillo en cualquier momento.

Porque esta cuestión va mucho más allá de la campaña, que resultará en uno u otro desastre para los Estados Unidos. Si Hillary Clinton sale victoriosa, puede verse sometida a una investigación criminal antes incluso de ser investida presidenta. Y, aunque es una cuestión abierta si puede pasar por una recusación (impeachment) por actos anteriores a su presidencia, es más que probable que una mayoría republicana promoviera esta iniciativa. Y sería por un asunto menos trivial que el que puso a su marido entre el Despacho Oval y su residencia en Nueva York y, de hecho, más grave que el que tumbó a Richard Nixon.

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El precio de la Moncloa para Podemos. -José G. Dominguez/LD-

Nada en el discurso del jefe de la oposición durante la investidura de Rajoy invitó a inferir que quien lo pronunciaba estuviese en disposición de ser en breve el próximo presidente del Gobierno de España. Y sin embargo, Pablo Iglesias Turrión posee muchas posibilidades para llegar a ocupar esa alta magistratura antes incluso de haber cumplido los cuarenta. Algo que va a depender en gran medida de él y solo de él. Porque la fantasía balsámica con la que se pretende exorcizar ese riesgo desde las instancias creadoras de opinión, esto es que Rajoy, el mismo Rajoy que no acometió ninguna transformación de calado estructural cuando dispuso de una cómoda mayoría más que absoluta en las Cortes las va a emprender todas de golpe con apenas 135 diputados pelados y las lágrimas de Pedro Sánchez comiéndole la moral (y las primarias) a la Reina del Sur y su gestora de chusqueros, no es más que eso: una fantasía. Una fantasía, la de que todo en España irá volviendo a la normalidad de siempre al compás de la recuperación del crecimiento del PIB, que se sustenta en el error de no haber entendido el cambio cualitativo que se oculta tras ese medidor estadístico. Y es que, a diferencia de lo que por norma ocurrió desde los gloriosos sesenta, aquí y ahora, más crecimiento del PIB ya no es sinónimo de más clase media sino de más precariado.

La vieja España de los cabreros rojos y los cabreros azules logró civilizarse un poco gracias a la eclosión de la clase media a partir de la segunda mitad del siglo XX. Una civilidad efímera que se está llevando por delante la destrucción acelerada de esa misma clase media que exige la nueva división internacional del trabajo en el seno de la Eurozona. Esta crisis se la hemos hecho pagar, sobre todo, a los jóvenes menores de cuarenta años surgidos de sus filas. Y ellos nos han devuelto el golpe votando a Podemos. Desde que, en 2008, arribó a la península la Segunda Gran Depresión, aquí hemos enviado al paro a 16 empleados temporales, que eran los jóvenes de las plantillas, por cada indefinido despedido, que son los protegidos por los sindicatos y blindados por los convenios colectivos. Un dato, un simple dato, que sirve por sí solo para entender de dónde ha salido la mitad de esos cinco millones de votos que hay detrás de Pablo Iglesias en el hemiciclo del Congreso (la otra mitad, ni siquiera sabe qué es eso de firmar un contrato temporal). Pero si el anterior aún no fuera suficiente, repárese en este otro dato: de los jóvenes españoles que logran entrar en el mercado de trabajo con veinte años o menos, el 40% todavía sigue atado a un contrato temporal con cuarenta y cinco años cumplidos. Existencias al filo de la navaja de modo crónico que no se ven reflejadas por ningún lado en las cifras del PIB.

Porque el PIB puede seguir creciendo en el futuro inmediato, claro que sí, pero eso no va a hacer que cambie el modelo productivo. Y mientras eso no cambie, nada en España volverá a ser normal. Iglesias, pues, podría ganar las próximas elecciones, pero ello exige que Podemos trascienda las lindes de ese nicho ecológico de cinco millones de votos que le provee el precariado urbano y juvenil. Para soñar con el cielo no hace falta mucho más que la demagogia escénica de siempre en las tertulias-circo de La Sexta. Para soñar con la Moncloa, en cambio, se antojan imprescindibles, como mínimo, dos millones de votos que tendrán arrancarle al PSOE. ¿A quién si no? Algo que exigirá un urgente aggiornamento ideológico a Podemos. En su día, el abandono precipitado del marxismo nominal que aún figuraba en los estatutos del PSOE no fue más que eso: el pago del preceptivo peaje simbólico para acceder al electorado tibio que les abriera las puertas de la mayoría en el Congreso. El mismo pago que luego se vería forzada a realizar la difunta Alianza Popular, aquel partido depositario de las esencias sentimentales del franquismo sociológico y que jamás hubiera superado la barrera del testimonialismo marginal sin un intenso lavado de cara, el que daría origen al actual PP. ¿Estarán dispuestos ellos a romper su apasionado idilio con la Antiespaña de Rufián & Cía. para alcanzar esos dos millones de votos que les faltan en Cáceres, Albacete, Granada, Salamanca y demás parajes de la otra España, esa que todavía se tiene a sí misma por una vieja gran nación europea? Lo dudo. Demasiada patria para Pablo.

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