Feijóo y el capitalismo de amiguiños. -José G. Dominguez/LD-

La derecha sociológica ha vuelto al redil de lo malo conocido. No hay más misterio que ese para explicar el tropezón de Albert Rivera en Galicia. Feijóo, el pretendido gran gestor de quien nadie acierta a recordar gestión sobresaliente en materia alguna, ha arrasado en las urnas no por esa imaginaria pericia gerencial suya, sino porque la derecha de a pie anda ya más que irritada con el limbo gubernamental del país. Y la derecha, cuando se irrita, no está para echar canitas regeneracionistas al aire. La dimensión cuantitativa del fiasco gallego de Ciudadanos a apenas un trimestre de las generales solo resulta susceptible de ser explicada en esa clave, la nacional. A fin de cuentas, el tan cacareado gran gestor, el híbrido entre Churchill y Adenauer que se acaban de inventar en las salas de redacción de Madrid, no es más que un político conservador vulgar y corriente, como hay tantos. Feijóo, amén de componer en público esa grave expresión reconcentrada que tanto recuerda a la del José Montilla más existencialista, no ha sido capaz de presentar nada en su parca hoja de servicios, absolutamente nada de nada, que justifique tamaña reputación mediática.

Y, sin embargo, ahí tienen al gran gestor de lo ignoto convertido en suprema esperanza blanca del Partido Popular. Ciertamente, y desde la honestidad intelectual, no procede identificar al presidente gallego con la sórdida cutrez arcaizante de esas redes clientelares que manejan tipos como Baltar, el otro gran gestor de la Diputación de Orense. Demarcación electoral, por cierto, donde el PP acaba de mejorar sus resultados de hace cuatro años, para escarnio de todos los optimistas antropológicos que en el mundo han sido. Feijóo no es un personaje sacado de Mazurca para dos muertos, pero tampoco pasa de ser mucho más que un discreto administrador de los intereses de los grandes lobbies regionales. La indisimulada hostilidad con que fue recibido Ciudadanos por el establishment local, con la prensa subsidiada por la Xunta (que es toda) volcada desde el primer minuto en las labores de acoso y derribo contra Cristina Losada, dejó bien a las claras que nadie importante desea que el capitalismo de amiguiños, ese que arbitra y modera el Gran Gestor desde su despacho oficial en Santiago, se vea amenazado por el capitalismo de verdad.

Mucho más que a las mareas y a los separatistas, temen a la meritocracia, a la igualdad de oportunidades y a la libre concurrencia. En puridad, nada les da más miedo que eso, de ahí la cascada de adhesiones incondicionales a Feijóo que marcó los quince días de campaña. Ciudadanos, no se olvide, representa en Galicia lo mismo que en el resto de España: un proyecto de modernidad ilustrada y burguesa que se compadece mal con los instintos corporativos que siguen dominando la mentalidad profunda de las elites gallegas, puro reflejo mimético de las hispanas. Por eso su inquina de ayer y su alegría de hoy. Pero esas sutilezas conceptuales la derecha de la calle no las entiende. La derecha de la calle, que es refractaria al riesgo por naturaleza y errática en sus humores por tradición, ha llegado al hartazgo ante la expectativa cierta de unas terceras elecciones consecutivas. Y alguna razón no le falta, procede admitir. Por eso, y solo por eso, ha vuelto al redil. Mal asunto para Ciudadanos. Mal, muy mal asunto. Porque nadie va a reconocer sus esfuerzos reiterados en pos de hacer posible la gobernabilidad de España. No hay, de antiguo es sabido, justicia poética en la política. Galicia únicamente fue el entremés amargo de una cena que se le puede atragantar a Rivera. Esperemos que no sea la última.

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