¿Ha perdido la batalla la reina Soraya?. -Jesús Cacho/Vozpópuli-

Mientras los barones socialistas decidían este lunes cómo asesinar a Pedro Sánchez,conocido en los últimos meses como Pedro Nono, y más recientemente como Pedro el Terrible, en la calle Génova se desayunaban con la incógnita del siglo despejada. Levantó la niebla. Se acabaron las especulaciones: Alberto Núñez Feijóo será el amo y señor del PP, próximo secretario general del partido y serio aspirante a sustituir aMariano Rajoy en la presidencia del Gobierno si así lo deciden los españoles. Desde los tiempos de Manuel Fraga, por no mencionar el nombre maldito de Francisco Franco, seguimos enganchados al carro de los liderazgos gallegos, a la saga fuga de políticos que nacieron en aquella tierra de bosque y bruma y, en la madurez, traspasaron la frontera del Padornelo y la Canda para reinar en la meseta castellana, como tantos otros trabajadores, tantos emigrantes, tantos periodistas y escritores, la nómina ilustre de los Camba, Valle, Torrente y demás “gallegos cuando viajaban por el mundo y madrileños cuando miraban a Galicia”.

En la baraúnda de declaraciones que los resultados gallegos y vascos provocaron en la capital del reino, se escuchó estruendoso el silencio de la mujer que más poder ha acaparado en los últimos cuatro años como vicepresidenta del Gobierno, guardiana de los secretos del CNI y muñidora de todos los enjuagues que en el periodo se han perpetrado en, con y por los medios de comunicación. Todo cambió anoche para Soraya Sáenz de Santamaría. En un abrir y cerrar de ojos, en la hora y pico del recuento nocturno en Santiago, se evaporaron las aspiraciones de una señora lista, muy lista, que durante cuatro años, sin raíces en el PP, sin respaldo en el partido, ha cultivado con esmero agenda propia dirigida a convertirse en la sucesora de Mariano. Es la gran perjudicada, o lo parece, por la confirmación del liderazgo del general Feijóo. La señora se ha mantenido alejada de la escena gallega durante la reciente campaña, dedicando, en cambio, sus mejores esfuerzos a la tarea de promocionar a su protegido Alfonso Alonso como candidato del PP en el País Vasco. La señora cuida a su “cuadra”. El bueno de Alonso vendió anteanoche su derrota como si de una gesta comparable al descubrimiento de América se tratara. Fiasco en toda regla. Fracaso de la enésima operación “dedazo” protagonizada por un partido que no conoce otra manera de elegir a sus candidatos.

“Alberto siempre ha estado ahí, a disposición del partido”, susurran en Génova. A punto estuvo, sin embargo, de mandarlo todo a freír vientos. Fue a resultas del “fuego amigo” dirigido desde las troneras de Moncloa por la armada que comanda la vicepresidenta, que pretendió tumbarlo por culpa de unas fotos en las que aparecía el joven Feijóo congeniando con otros amigos en la cubierta del barco de un supuesto narcotraficante, que entonces sólo tabacotraficante. Corría el año 95 y el orensano velaba sus primeras armas en la Consejería de Sanidad y Servicios Sociales de la Xunta, cuyo titular era entonces José Manuel Romay Beccaría, su auténtico mentor político. Nadie sabe en qué limbo durmieron esas fotos el sueño de los justos durante años. Lo que sí se sabe es que El País las publicó en 2013, y todos los dedos apuntaron a la señora como filtradora. Se trataba de desacreditar al que siempre imaginó como su gran rival para escalar al olimpo de la presidencia del Gobierno en sustitución de Rajoy. Casualidades de la vida, semanas atrás y lanzada la campaña de las gallegas, de nuevo las fotos salieron a relucir en cuanto las encuestas empezaron a apuntar la posibilidad de renovar esa mayoría absoluta.

Un astro que hoy brilla con luz propia

“No soy el futuro del PP, soy el presente de Galicia”, aseguró nada más conocer un triunfo logrado escamoteando la imagen de algo tan gallego como la gaviota, del propio himno del PP y casi hasta de las siglas. Huyendo de la contaminación de Mariano. “Estaremos aquí hasta finales de 2020”, pretendió zanjar. La realidad de esos 41 diputados, no obstante, es tan fuerte, tan notoria la gesta que supone el que un político consiga renovar una mayoría absoluta en estos tiempos que corren, que su candidatura parece a día de hoy un cohete capaz de traspasar todos los blindajes que la famosa “muñeca asesina” ha construido con paciencia de hormiga en los últimos años con la secreta intención de instalarse en Moncloa como la primera española que lo logra. Queda mucho partido, cierto, queda un mundo por conocer en torno a ese bloqueo que impide formar Gobierno, queda un Congreso por delante, queda incluso la posibilidad, nunca descartable, de que Rajoy se vea obligado a echarse a un lado para permitir un Gobierno PP, pero el orensano es el astro que hoy brilla con luz propia en la galaxia de la derecha española.

Mirando por la ventana el lío de un PSOE incapaz de encontrar un líder susceptible de aglutinar la rebelión contra Sánchez, los votantes de esa derecha deben sentirse hoy confortados por la realidad de un político en plena madurez (55 años), que no ha surgido de los platós de la televisión ni del imaginario de twitter; un líder contrastado, desprovisto del halo providencial de un Aznar, respetado por casi todos y con experiencia en una aceptable gestión de los recursos públicos. Algunos dirán que es el tuerto en el país de los ciegos, y aún se quedarían cortos si evaluáramos sus capacidades con el metro de su desastrosa gestión de la crisis de las cajas de ahorros gallegas. Pelillos a la mar. Comparte con Rajoy un cierto pragmatismo conservador, pero ahí terminan las semejanzas. Diligente y trabajador, podría ser el líder que acabe con el adanismo y libre al PP de esos sus tradicionales complejos de derecha rancia con olor a naftalina. Parece el mejor para normalizar el partido y sacarlo del lodazal de la corrupción en que hoy chapotea. Liberarlo de las hipotecas del pasado. A partir de aquí, conviene no hacerse trampas en el solitario. Núñez Feijóo nunca será el líder que renueve a fondo la derecha española. Será, todo lo más, un hombre puente. De esa regeneración en una dirección liberal deberá encargarse otra gente en una fase posterior, seguramente otra generación, los políticos de una derecha nueva que, escandalizados, comenzarán por rechazar de plano la elección de sus líderes a dedo.

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