La revolución de la tortilla (deconstruida). -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

En febrero de 2011, cuando Bélgica llevaba 250 días sin gobierno tras unas elecciones generales de resultado fraccionario, los belgas sustituyeron el enfado por la ironía ante la manifiesta ineptitud de sus políticos. Los restaurantes y bares del país se llenaron de carteles anunciando la “Revolución de la patata frita”, en alusión al popular moules-frites, un combo de mejillones con patatas fritas. Dada la división de Bélgica en dos partes enfrentadas ‒el norte flamenco y el sur francófono‒, la patata frita sería el símbolo de la unión nacional, alegaba la sarcástica campaña de la révolution de la frite, publicitada con fiestas y degustaciones gratuitas. La parálisis política belga acabaría durando 589 días, cifra que le valió el dudoso honor del récord Guinness como país capaz de estar más tiempo sin gobierno, título que conserva, si España no se lo arrebata, cosa que está por ver. Con 256 días de limbo político, España ha despojado a Irak del segundo puesto (249 días sin ejecutivo en 2010), habiendo superado ya hace días a Holanda, que en 1977 requirió 207 días para formar gobierno.

La crisis política occidental

Entre tanto, dos bastiones progres como el New York Times y el Financial Times lamentan que Pedro Sánchez no se abstenga permitiendo a Mariano Rajoy formar gobierno, en un acto de responsabilidad política y de necesaria cooperación democrática para acabar con el bloqueo nacional. Sin embargo, la corrupción del Partido Popular es la coartada perfecta para mantener cómodamente –desde la playa, incluso– el proverbial sectarismo del PSOE, que emulan Podemos y los partidos nacionalistas. Mientras España se abisma en un ombliguismo cargado de prejuicios que obstaculizan el autoanálisis, hay voces extranjeras que llevan años intentando desentrañar la crisis de la política occidental. El documental británico Four Horsemen (Ross Ashcroft, 2012) parece estar aludiendo a España al asegurar que “Durante siglos los sistemas políticos se han modificado con sutileza para ponerlos al servicio de las élites dirigentes, que no han dudado en corromperlos para beneficiarse. Las víctimas de estos cambios los han aceptado generalmente sin oponer resistencia y dado que el ser humano es capaz de adaptarse para subsistir en casi cualquier condición, el rasgo característico que nos ha permitido sobrevivir es el mismo rasgo que nos oprime.” El documental compara el declive de la civilización occidental con la de otros imperios que, incapaces de aceptar su ocaso, simularon renacer. En su ensayo El destino de los imperios (1978), el soldado y diplomático británico Sir John Glubb comparó el ciclo de vida de los grandes imperios de la historia, que suelen durar en torno a 250 años, o diez generaciones, desde los fundadores hasta los frívolos despilfarradores del fin del ciclo, cuya simple existencia es una pesada carga.

Pan y circo: chefs y deportistas

Según Glubb, un imperio atraviesa seis fases definidas por una actividad preponderante: la vanguardia; la expansión; el comercio; la prosperidad; el pensamiento; y por último, la etapa del pan y circo, que nos habría llegado intacta desde Roma. Al llegar a su postrimería, las civilizaciones presentan elementos comunes: devaluación monetaria; falta de disciplina de las élites; exhibición ostentosa de riqueza; acentuada desigualdad social; empeño popular en esquilmar al estado hipertrofiado; y obsesión con el sexo. La decadente etapa del pan y circo se caracteriza, nos recuerda Glubb, por el uso político del espectáculo como estrategia de distracción. El deporte sobrevalorado y exageradamente retribuido ya existía en Roma, donde el auriga Cayo Apuleyo Diocles ganó 36 millones de sestercios (unos 48 millones de euros) y se retiró a los 42 años. La otra profesión sobrevalorada en la etapa de decadencia imperial sería la de cocinero. En plena decadencia, el imperio romano, el otomano y el español convirtieron a sus chefs en personajes de alto rango. Asombra el caso de España, por tanto, pues al prolongado periodo de decrepitud de su propio imperio ‒certificado con la pérdida de las colonias‒, se uniría el hecho de haberse incorporado tardíamente a un Occidente moribundo. Dada la innegable preponderancia gastronómica de España, y viendo que la parálisis política tiene aspecto de prolongarse, podría versionarse la ironía belga con una “Revolución de la tortilla de patatas”. Mejor aún: una revolución de la tortilla deconstruida, en honor al superchef Adrià. Nada simbolizaría mejor el problema.

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