Todo lo español en Cataluña es una anomalía. -José Rosiñol Lorenzo/Vozpópuli-

Hemos vivido un verano más extraño de lo normal en lo que se refiere al panorama informativo catalán. Han ido apareciendo episodios de “graves” ataques al catalán, mejor dicho, de humillaciones hacia ciudadanos catalanoparlantes. Lo más llamativo es que se ha elevado la anécdota a norma. El efecto multiplicador del rodillo mediático nacionalista ha puesto en marcha una campaña para “destapar” una “catalanofobia” latente en la sociedad catalana. Me refiero al incidente de Quimi Portet (exmiembro del grupo El Último de la Fila) cuando el camarero de un ferry cometió el pecado de no atenderle en catalán. O la burda mentira pergeñada por una activista del “prusés” que puso en marcha una campaña de acoso contra un socorrista de una playa catalana. Su falta: no saber catalán. O un supuesto incidente en un centro de asistencia sanitaria en el que la Plataforma per la Llengua denunciaba una discriminación por querer hablar en catalán.

Pero ¿por qué esta campaña institucionalizada por parte de los medios de comunicación públicos y subvencionados catalanes? ¿A qué responde esta operación sociopolítica? ¿Cómo es posible que se ahonde aún más en la fractura social catalana poniendo ahora el foco en elementos culturales y lingüísticos? Imagino que muchas de estas preguntas se podrían contestar como la maniobra para justificar una narrativa nacionalista cada vez más desacomplejada de sus tics excluyentes y totalitarios, como lo demuestran manifiestos como el Koiné o las ponencias en la Universitat Catalana d´Estiu, en los que se clama por la desaparición del bilingüismo en Cataluña, el arrinconamiento de lo español en Cataluña, siendo el último escalón de la diglosia propiciada por la Generalitat. Todo ello con el reconocimiento y el acriticismo del periodismo orgánico nacionalista, una forma más de invertir la realidad y convertir en acosadores a los acosados. Cabría preguntarse qué dirían si surgiese un manifiesto que apostase por la desaparición del catalán, pongamos, en Barcelona…

Sin embargo, si nos detenemos en el contexto de los episodios expuestos, vemos que en el fondo del sustrato ideológico nacionalista subyace un cada vez menos disimulado supremacismo de raíz cultural y económico, una especie de asignación automática de clases y roles sociales de obligado cumplimiento. Parece que los usos lingüísticos delimitan una especie de comunidad imaginada y una red de incentivos (y desincentivos) que excluye a quienes no se someten a los patrones fijados por la élite “intelectual” y política nacionalista. Pero no todo es cultural. Fijémonos en que esta reacción hiperbólica se da contra ciudadanos que podrían adscribirse a la clase trabajadora. Parece que no se tolera que quienes les “sirven” o les “cuidan” no se sometan a su estándar conductual (protocolo de usos lingüísticos en la sanidad catalana, pág. 10). No solo hay que exigir unas buenas competencias profesionales, se tiene que cercenar cualquier atisbo de pluralidad cultural y excluir el español de la vida profesional en Cataluña.

En realidad, para el nacionalismo, todo lo español en Cataluña es una anomalía o un contubernio histórico contra la “nación” catalana. Les aterra la realidad, una Cataluña abierta y plural, sin complejos y bilingüe, que concibe tanto el catalán como el castellano como lenguas propias, como un bien común, que sabe que el catalán es un patrimonio tan español como lo es el castellano, y que éste lo es a su vez de Cataluña (y de los catalanes). Sin embargo, los próceres nacionalistas siguen empeñados en culminar su plan de ingeniería social, dividiendo a los catalanes, estigmatizando la disidencia no ya solo política sino la lingüística y cultural. Les interesa crear un escenario de suma cero, de inevitable confrontación entre dos supuestas concepciones antagónicas de la catalanidad, una reedición social y política del simposio titulado “España contra Cataluña”. El problema radica en que se conciben a esos camareros, socorristas, enfermeras o cualquier otro individuo como un meteco, como un extranjero asentado en Cataluña, como un ciudadano de segunda al que hay que someter a la presión social y mediática de una minoría ideologizada. Estamos ante un proceso profundamente clasista de base etnicista muy impropio de las democracias modernas.

José Rosiñol Lorenzo es socio/fundador de Societat Civil Catalana

https://twitter.com/JosRosinol

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