Rajoy, Sánchez y el fin de los grupos de presión. -Jesús Cacho/Vozpópuli-

Más que como tragedia, los españoles que estos días apuran sus vacaciones a pie de playa se han tomado como farsa la posibilidad, que muchos juzgan amenaza cierta, de que volvamos a votar en nuevos comicios nada menos que el día de Navidad, una comedia bufa que muchos atribuyen a la intrínseca maldad de un Mariano Rajoy dispuesto a colocar en la mochila de Pedro Sánchez semejante bloque de cemento si insiste en no apearse de su no es no y seguirá siendo no por los siglos de los siglos amén. Casi todos descartan que Mariano, ferviente católico en su ámbito privado, haya pensado en prestar un servicio a la sociedad española actual, tan descreída ella, haciendo realidad aquello de que familia que vota unida permanece unida. Tan buen propósito navideño, familias reunidas jamás serán vencidas, ignora el hecho consuetudinario de cuñado coñazo que vota a Podemos y que puede amargarnos la nochebuena provocando una pelotera fenomenal con la suegra, del PP de toda la vida, y unas primas de Cuenca, mientras Felipe VI, traje azul, corbata malva, se afana en la pantalla de la tele por hacerse escuchar entre la barahúnda de niños, luces y confetis. Un despropósito el de esta España sin Gobierno que, en el fondo, no parece echar de menos a ningún Gobierno.

Una comedia que mantiene perplejos a los españoles, incapaces de hacer comprender a un amigo extranjero lo que ocurre en España (“te lo puedo contar, pero no te lo sé explicar”), y lo que es peor, incapaces de aceptar la situación de un país varado desde hace nueve meses en el arenal de los odios y los intereses personales de dos personajes que dirigen con mano de hierro los dos grandes partidos nacionales, sin que aparentemente ese país disponga de sociedad civil, grupos de presión, elites,intelligentsia y fundamentos morales bastantes para torcer el pulso y obligar al dúo de marras a apearse del burro. Un país a merced de dos señores y sus designios. Fue Max Weber, gran parte de cuya obra giró en torno al desarrollo del pensamiento elitista sobre el poder y la dominación del Estado, quien dijo que “la acción política se rige siempre por el principio del pequeño número, esto es, el de la superior capacidad política de maniobra de los pequeños grupos dirigentes”, ello dentro de la tesis central de los elitistas clásicos (que en fecha más reciente desarrollaría Wright Mills y su “La elite del poder”), según la cual “en cualquier sociedad solo una minoría detenta el poder en sus diversas formas”.

El ramillete que forman los números uno de las grandes empresas y bancos, empleadores de cientos de miles de personas, ha tenido y tiene un peso innegable sobre la acción de los Gobiernos de España y de cualquier democracia avanzada, de acuerdo con las tesis de Steven Lukes, según el cual “las grandes corporaciones económicas ejercen una enorme influencia sobre el Estado y sobre la naturaleza de los resultados de las democracias, en tanto en cuanto estos grupos suelen, además, ostentar también la propiedad de los medios de comunicación”, lo que es una evidencia en el caso español y en particular en Prisa, el grupo editorial, hoy venido a menos, que más influencia ha ejercido en la conformación de ideología en la izquierda española durante la Transición. El poder que antaño ejercieron la iglesia, el ejército y la banca ha desaparecido por las alcantarillas del tiempo. Ya no hay grupos de presión. En los últimos años, la retirada del primer plano del dúo formado por Emilio Botín(Santander) y César Alierta (Telefónica) ha resultado clave en la pérdida de referente de los poderes económicos. Botín hizo muchas cosas malas, sobre todo en términos de calidad democrática (la famosa doctrina Botín, por ejemplo), pero demostró ser un tipo al que le importaba España, seguramente porque estaba convencido de que la suerte del banco siempre estaría ligada a la de España, a la imagen de España en el mundo. Más o menos como Telefónica. A Ana Botín parece importarle más bien poco lo que le ocurra al país en el que ha nacido. Botín, que ya monitorizó de cerca no pocas de las tropelías de Rodríguez Zapatero, sí que hubiera llamado a Sánchez para tratar de ponerlo firme, haciéndole ver las consecuencias de su bloqueo.

En el tándem citado cabe incluir por derecho propio a un tercero en discordia, Isidro Fainé, líder indiscutido del grupo Caixa, un personaje de otra época, un tipo irrepetible a medio camino entre la política y las finanzas, que sí que ha hecho recientemente cosas, la más relevante de las cuales ha consistido en reconducir a Albert Rivera por la senda del acuerdo con el PP de Rajoy. Ahí sí ha prestado un servicio. Ninguno de los personajes del trío citado se atrevió, juntos o por separado, a llamarle en su día para decirle que en una democracia, siquiera teórica, nadie que haya resultado volteado en un episodio como el “Luis, sé fuerte. Hacemos lo que podemos” puede presidir el Gobierno de un país de 47 millones de habitantes con un PIB de 1,1 billones. Los tres constituyen la columna vertebral del Consejo Empresarial de la Competitividad (CEC), el lobby español por excelencia, crecido a la sombra de las penurias de una CEOE que tuvo a su frente a un golfo como Díaz Ferrán. Fallecido Botín y en un segundo plano Alierta tras abandonar la presidencia de Telefónica, el CEC languidece entre las ambiciones de algún que otro outsider y el deseo de no pocos de esconder la nariz tras la empalizada de la empresa. El increíble caso de corrupción múltiple de Rodrigo Rato, el señorito por excelencia, ha hecho a todos mucho daño. El poder económico y bancario está hoy muy atomizado, si no disuelto, y su capacidad para influir sobre el poder político es mínima. La gran mayoría de los personajes del Ibex 35 no tienen más objetivo que pasar desapercibidos y cobrar un bonus millonario a fin de año.

El “acollone” del mundo del dinero

La violenta reacción social provocada por la dureza de la crisis entre los más desfavorecidos, que, entre otras cosas, ha dado lugar a la aparición de partidos tan potentes como Podemos, tienen al mundo del dinero francamente acollonado, hasta el punto de que, sintiéndose escrutados, muchos renuncian a dejarse ver por restaurantes en los que antaño galleaban e incluso se niegan a salir a la calle a cuerpo gentil. La constante presión de la sociedad, en general, y de los más desfavorecidos, en particular, en demanda de más y mejores servicios (la acumulación de expectativas suscitada por el Welfare State) hasta agotar la capacidad político-económica de un sistema –excesivamente burocratizado, por lo demás, y tan inmanejable como nuestro Estado autonómico- ha puesto en crisis a las sociedades del bienestar acogidas al modelo keynesiano, necesitadas de urgente revisión. El mundo del gran dinero es el enemigo natural al que apuntan, de momento con el dedo, esas masas que reclaman del Estado más y más dádivas. Al poder le ha entrado el miedo en el cuerpo. La renovación en la cúpula empresarial se está realizando, por lo demás, con cuentagotas, casi con fórceps, y los relevos tienen un perfil muy bajo, sacando a la luz personajes discretos que tardarán en madurar y en configurarse como auténticos líderes.

Sostiene Pareto que las elites están sometidas a “un circuito permanente de renovación, circulación y reubicación, que muestra que la historia es un cementerio de aristocracias”, un fenómeno que en absoluto se da en España, donde los que estaban siguen en su mayoría estando, taponando las más de las veces la llegada del relevo. Ocurre lo mismo que en los partidos. En el “sistema de Partidos” en que se ha convertido nuestra democracia, el poder, el único poder, está en la cúpula, en el líder que todo lo puede y en la pequeña camarilla de cortesanos que le rodean. No hay más poder que el de Mariano. Incluso que el de Sánchez. El resto son todos gregarios.Michels, padre de la Ley de Hierro de la Oligarquía, realiza una interesante crítica a los partidos socialistas que, caso del PSOE, pretenden regirse por métodos de democracia interna, al afirmar que en su seno coexisten jerarcas y burócratas, especialistas encargados de resolver las cuestiones que el propio partido genera, gente que, en base a ese conocimiento, goza de una superioridad “técnica” sobre la que fundamenta un poder que se asienta en el manejo de datos que escapan al control de las bases. Para Sánchez, las bases, la militancia socialista, es apenas el trampantojo imprescindible para mantener a raya a los barones.

Weber advirtió sobre la creciente “burocratización del aparato del Estado y la progresiva oligarquización de los partidos políticos”, sujetos a férreas normas de cohesión interna que obligan tanto a militantes como a diputados y minan cualquier posibilidad de auténtico debate político, de donde se deriva uno de los problemas fundamentales de las democracias modernas: mantener a los burócratas bajo control. Para el de Erfurt, sin un Parlamento fuerte, la democracia está condenada a convertirse en un Gobierno de funcionarios (“la democracia es el Gobierno del político” que dijoSchumpeter), caso de la Alemania del Káiser Guillermo. Su creencia en que la fortaleza de las instituciones democráticas, esencialmente el Parlamento, constituyen la mejor garantía para la selección de los líderes, ha quedado desacreditada en España, donde el Congreso sirve fundamentalmente para estabular funcionarios del partido durante décadas, la mayoría de los cuales pasa la vida sin abrir la boca desde la tribuna de oradores.  La vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, es ejemplo perfecto de ese “Gobierno de funcionarios” con poder casi ilimitado. No hay mujer que haya gozado de más poder en Gobierno español alguno, al punto de que su particular agenda produce fenómenos tan llamativos como esa capacidad casi milagrosa suya para transitar por las trincheras de la política sin ser rozada siquiera por las balas de unos medios de comunicación siempre ávidos de “sangre”. Ella es el poder en España. Y ella aspira a gobernarnos.

Los riesgos del Gobierno de funcionarios

Un país, pues, aparentemente inerme, que en todos y cada uno de los episodios evidencia la pobre calidad de su sistema democrático,  sometido al humor de dos personajes que se han hecho fuertes en la torre almenada de sus respectivos partidos y a quienes nadie, ni grupo de presión, ni lobby, nadie, ni clase empresarial ni elite intelectual, osa siquiera molestar. Desde luego no la masa, “cuyo papel en democracia no es gobernar, sino intimidar a los Gobiernos”, en opinión de Ostrogorski, para quien “la función política de las masas en una democracia no es la de gobernar, porque siempre lo hará una pequeña minoría, en democracia lo mismo que en autocracia”. La minoría que rodea a Mariano se apresta a transitar con estoicismo, a soportar el viaje al limbo que supondrán esas tres semanas que van desde la corrida en pelo del próximo martes 30 de agosto, investidura fallida de Rajoy, al domingo 25 de septiembre, fecha de las elecciones autonómicas gallegas y vascas, en la esperanza de que ese día, esa noche, cuando ese genio de la política, ese campeón olímpico en la modalidad de perder elecciones que es Sánchez, vuelva a darse otra torta monumental en ambos territorios.

Lo que queda de los llamados “poderes fácticos” creen disponer de información solvente según la cual las hostilidades en el PSOE se desencadenarán a partir de ese 25 de septiembre, cuando, tras el anuncio de los resultados, Susana Díaz protagonice el hasta aquí hemos llegado y diga “basta”, tomando por asalto la fortaleza de Ferraz y desalojando de la misma al gran Pedrito, lo cual provocaría un giro radical del panorama de ingobernabilidad actual y facilitaría, no sin condiciones, la elección de Rajoy como presidente del Gobierno en octubre. Quienes la conocen, que cada vez son más, tuercen, sin embargo, el gesto: “Susana seguirá haciendo lo único que sabe hacer, bien atrincherada en Sevilla, que es hablar mal de Pedro Sánchez ante amigos y conocidos del Ibex. Por si fuera poco, ella no es diputada en el Congreso, lo cual supone un problema de visibilidad importante en caso de dar el salto a Madrid, cosa que no me creo en absoluto, repito, porque su especialidad es la de amagar y no dar. Esta chica no sabe hacer otra cosa”. ¿Cambio sustancial o simple señuelo? Dependerá de que Rajoy, ya investido presidente, consiga el apoyo parlamentario de una mayoría de diputados, porque pretender gobernar después con apenas 137 escaños supone continuar bajo la amenaza permanente de nuevas elecciones. Sigue la farsa.

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