Por la vital intransigencia. -Hermann Tertsch/ABC-

· El espacio público tiene que ser reconquistado por completo por la sociedad abierta.

Un tribunal civil de la ciudad de Osnabrück sentenció ayer que las mujeres musulmanas no tienen derecho a asistir a clase ataviadas con el niqab, el velo que cubre la totalidad de la cara salvo una rendija a la altura de los ojos. Una inmigrante musulmana había denunciado a un colegio porque este anuló su contratación al saber que ella pretendía trabajar con la cara cubierta «por motivos religiosos».

Aunque parezca evidente la lógica de esta sentencia –que nadie pueda ejercer cualquier trabajo en público totalmente cubierta e imposible de identificar–, no lo es tanto ante la presión y la agresividad con que defienden «la libertad» del uso del niqab los representantes de las comunidades musulmanas que, por supuesto son todo hombres, pero también, de forma inaudita, muchas formaciones de la izquierda europea.

Ciertos sectores izquierdistas, en gran parte virulentamente antirreligiososo cuando del cristianismo o el judaísmo se trata, han adoptado una defensa militante de todos los esfuerzos de las crecientes comunidades islámicas por ocupar espacios públicos con costumbres en abierto conflicto con los hábitos de las sociedades occidentales de tradición judeocristiana. Pretenden se acepten atávicas costumbres de la inmigración llegada de estados fracasados con sociedades oscurantistas, medievales y totalitarias. Esta actitud de la izquierda laica solo es superficialmente paradójica. La extrema izquierda sueña desde hace tiempo con esa alianza con el islamismo para vencer al capitalismo y al imperialismo.

Pero más allá del conflicto político que la izquierda radical pretende desatar contra el sistema con ayuda islamista, nos hallamos en el comienzo de un colosal pulso cultural y demográfico con un carácter decisivo para el futuro de la civilización en Europa. Sin una reacción firme, masiva y contundente de defensa de la supremacía de los valores que hicieron de Europa lo que es, la sociedad abierta occidental europea está en vías de retirada y desaparición. Quizás aun no sea tarde para evitar el fatal desenlace.

Pero el tiempo apremia y está en juego la suerte de nuestro sistema de libertades, de la democracia, nuestra herencia cultural, religiosa y espiritual, nuestro concepto del mundo y percepción de nuestra existencia como humanos. Este primer gran choque cultural está simbolizado por el burka que es la versión afgana y menos frecuente en Europa del niqab, común en las culturas árabes. También por el llamado burkini, que ya ha provocado los primeros incidentes violentos.

El niqab y el burkini son los indicios de la gravedad del problema. Pero también pueden ser la gran oportunidad para lograr ese cambio de timón político que permita una defensa eficaz y real del orden cultural y civil que hace posible la democracia, la libertad, el libre mercado y el bienestar, la civilización moderna a la postre. Porque la prohibición de niqab y el burkini puede ser el necesario mensaje de que se acabó la tolerancia con la intolerancia.

De que la política en Europa ha comprendido la gravedad del reto. De que símbolos de la opresión y de los peores atavismos islámicos no tienen cabida en Europa. Aquellos musulmanes que quieren convivir en un espacio de libertad europeo han de elegir entre esos símbolos y vivir en nuestras sociedades abiertas. Con la misma contundencia con que prohibimos cortar manos o lenguas, ahorcar homosexuales o lapidar mujeres, debemos prohibir que la mujer sea rebajada a animal empaquetado en las calles o en las playas. Porque si no se acabará permitiendo cortar manos, ahorcar homosexuales y lapidar mujeres. Antes de que sea obligatorio todo ello.

El espacio público tiene que ser reconquistado por completo por la sociedad abierta que ha de ser rigurosa e intolerante, profundamente intransigente ante cualquier transgresión. No se trata de un trapo más o menos. Nos jugamos literalmente todo.

 

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