Cinismo infinito. -Javier Varela/El Confidencial-

La soltura de cuerpo con que nuestros dirigentes políticos mienten y se desmienten a sí mismos de un día para otro sin mostrar el menor rubor es un síntoma de la degradación de la política en España.

Mariano Rajoy, 10 de agosto de 2016, tras entrevistarse con Albert Rivera:

“Le he explicado al señor Rivera que debo someter el documento [el que contenía las condiciones de Ciudadanos para iniciar la negociación] a la aprobación del comité ejecutivo de mi partido. Como ustedes comprenderán, no puedo ni debo tomar esa decisión en solitario (…) Como les he dicho antes, yo voy a convocar al comité ejecutivo de mi partido para estudiar las implicaciones que tienen esas propuestas.

Lo que sí puedo asegurarle es que la fecha de la investidura se sabrá después de que se reúna el comité ejecutivo nacional del Partido Popular”.

Mariano Rajoy, 17 de agosto de 2016, tras la reunión del comité ejecutivo del PP:

“Nosotros no hemos venido a hablar de las condiciones [las de Ciudadanos]. No hemos hablado de las condiciones, nadie ha dicho una palabra sobre las condiciones”.

Periodista: “Quería saber cómo es posible que no se haya hablado de las condiciones cuando la reunión se convocó precisamente porque quería usted consultar a la ejecutiva de su partido sobre las condiciones que planteaba Ciudadanos”.

Rajoy (desabridamente): “¿Y quién ha dicho eso? Yo nunca lo he dicho. Yo he convocado al comité ejecutivo de mi partido para que me autorizasen a negociar, lo otro lo dice usted. Nunca me habrá escuchado a mí decir eso”.

O no tiene memoria, o no tiene vergüenza. La soltura de cuerpo con que nuestros dirigentes políticos mienten y se desmienten a sí mismos de un día para otro sin mostrar el menor rubor y sin que ello tenga consecuencias es un síntoma más de la degradación a la que ha llegado la política en España.

Ninguno de los líderes de los principales partidos puede resistir la prueba de verse confrontado con sus afirmaciones de la semana anterior. Lo que hoy se predica como dogma de fe, mañana se repudia como la más nefanda falsedad. Hoy se condena al adversario por lo mismo que uno hizo anteriormente. La razón y la sinrazón ya no dependen del contenido, sino del continente. “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”, escribió Antonio Machado. Pues en la política española, no. El que habla siempre es Agamenón, y la verdad viaja con él diga lo que diga; y por supuesto, todos los demás son porqueros y embusteros por definición, aunque su mentira de ayer coincida con mi verdad de hoy.

Asquea y aburre el grado de cinismo que se ha apoderado del debate político en España. Pero cuando este baile de máscaras se produce después de un año burlándose del voto de los ciudadanos y sometiendo al país a una crisis institucional que pasará a las páginas más negras de nuestra historia contemporánea, el asco y el aburrimiento se transforman en justa cólera. Sí, tenía razón ayer Pedro Sánchez al decir que la rueda de prensa de Rajoy fue una tomadura de pelo. Exactamente la misma tomadura de pelo que todas las que el propio Sánchez ha protagonizado durante estos meses.

No sé lo que pasará mañana en la entrevista entre Rajoy y Rivera. Quizás hayan reservado para ese momento el anuncio de la aceptación de las condiciones de Ciudadanos y la fecha de la investidura, lo que permitiría iniciar la negociación. Como, según Rajoy, en la reunión del ejecutivo de su partido nadie ha dicho una palabra sobre eso, en ese caso deberíamos concluir que: a) ha tomado la decisión en solitario, justo lo que la semana pasada no se podía ni debía hacer; b) ha desperdiciado ocho días más practicando su deporte favorito, el mareo de la perdiz -y repitiendo, eso sí, que todo es muy urgente y que esta situación no puede prolongarse.

También puede que mañana no pase nada y sigan escenificando el enredo de condiciones y precondiciones, pasos adelante y atrás, amagos y gambitos de este verano apestoso en el que no se ha escuchado una mala palabra ni visto una buena acción. Todos repiten muy solemnemente que formar Gobierno es urgentísimo para el interés de España, pero todos actúan como si tuvieran la vida por delante.

La miserable verdad es que hoy estamos en el mismo punto en el que estábamos el 21 de diciembre de 2015: atascados en un pulso entre dos personas, Rajoy y Sánchez.

Toda la estrategia de Pedro Sánchez consiste en obligar a Rajoy a pasar por una investidura y que la pierda para que se abra un nuevo escenario. Y todo el plan de Rajoy pasa por negarse a ir a una investidura mientras no tenga garantizada la victoria, lo que a su vez exige doblar el brazo a su enemigo y arrancarle la abstención. En ese juego oscuro, Iglesias ya está fuera de la mesa y Rivera es un comparsa.

Mientras tanto, hay dos figuras institucionales a las que se está sometiendo a un daño irreparable. La primera es la presidenta del Congreso, convertida voluntariamente en una subalterna a la espera de que el señorito le dé permiso para ejercer su facultad constitucional de convocar la sesión de investidura. Y el otro es el jefe del Estado, que designó a un candidato hace cerca de un mes y lo están dejando -otra vez- desairado y colgado de la brocha. Estas cosas, además, crean precedentes y contaminan para el futuro las prácticas constitucionales de un país.

La miserable verdad es que los socialistas no se mueven del “no es no” por culpa del maldito congreso de su partido, que es lo único que les importa. Si tras la investidura no estuviera esperando un congreso del PSOE en el que se van a jugar el poder orgánico a navajazos, la cuestión del gobierno estaría resuelta desde hace mucho tiempo. Pero cada uno de los bandos ve en la abstención la cuerda con que los otros pretenden estrangularlo. Pueden estar seguros de que si a Sánchez le garantizaran la secretaría general para los próximos cuatro años a cambio de facilitar el Gobierno de Rajoy, se le pasarían todos los escrúpulos de golpe. Con razón -y con cierta guasa- sugiere Enric Juliana que en lugar de presionar a Sánchez, presionen a Susana Díaz para que afloje la cuerda del cuello de Pedro.

La triste realidad es que la opción real sí es o Rajoy o elecciones, por mucho que Miquel Iceta haga juegos malabares para liberar a Sánchez de su fraudulento trilema de los tres noes.

Solo hay una pesadilla peor que unas terceras elecciones: que nos obliguen a votar otra vez entre los mismos cuatro individuos que llevan 12 meses tomándose España a chacota y demostrando que lo único grande que tienen es su cinismo infinito. Pero me temo que ni siquiera les quedará el pudor de pedir excusas y hacerse a un lado.

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