Sin timón, varada y haciendo aguas. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Tras consagrar por la Constitución de 1978 un rango autonómico que ya quisieran para sí la mayoría de las regiones del mundo occidental, Cataluña no ha revalorizado su estatus complementando la grandeza de la nación a la que pertenece, sino que lo ha aprovechado para parasitar y socavar a España. La crisis económica ha contribuido a visibilizar el chantaje de una cúpula nacionalista obnubilada por la codicia. Esa Cataluña que los secesionistas intentan vender por el mundo como una Suiza oprimida por el Estado español es una de las regiones más endeudadas de Occidente, abandonada a su suerte por un sinfín de empresas y profesionales que huyen al extranjero y al resto de España.

Un bisnes corrupto llamado Nacionalismo

Destaquemos por enésima vez que tras el espectáculo catalán hay una monumental urdimbre de corrupción, cuyos autores no han sido castigados por la ley. El catalanismo no es una identidad histórica acogotada por el estado español, como propagan los secesionistas, sino un  negocio corrupto montado por Pujol hace 35 años con el lucrativo nombre de Nacionalismo. Si Zapatero ha sido cómplice inexcusable del catalanismo, Jordi Pujol es el cacique responsable de la máquina de comisiones y estafas amparadas por el secesionismo. En España los procesos legales protagonizados por los gerifaltes de los partidos veteranos se enquistan y cuando ruge la marabunta popular, la politización judicial se camufla con la comisión de turno, pagada con los impuestos de la ciudadanía enfurecida, como ha sucedido con el caso Pujol. Huelga decir que en cualquier otra democracia occidental los miembros de la saga Pujol-Ferrusola habrían sido condenados hace décadas.

Los catalanes silenciados

Los muy numerosos catalanes que siempre quisieron seguir siendo españoles apenas opinan en el interminable debate sobre el nacionalismo, cuyos únicos participantes parecen ser los secesionistas del procés. Existen políticos valientes que lo combaten, por supuesto, como el partido Ciudadanos encabezado en Cataluña por la brava Inés Arrimadas. Pero apenas se oye a los catalanes de a pie dar la batalla al separatismo, ora acobardados ante las amenazas de represalias profesionales, ora amuermados tras largas décadas de bullying nacionalista. La propaganda progre ha logrado implantar en España la idea de que criticar los nacionalismos equivale a ser un reaccionario y un facha. Esta coacción moral, impartida en los colegios, las instituciones y los medios de las comunidades correspondientes, ha logrado silenciar a un buen número de catalanes y vascos, pese a que abundan encuestas indicando que son mayoría los que no apoyan la independencia. Paralelamente, el español medio contempla la farsa nacionalista entre hastiado y derrotista, como si su implicación fuese superflua, con ese determinismo patrio de lo que tenga que ser, será. Este unamuniano sentimiento trágico de la vida no solo justifica la inacción, sino que alienta a los hiperactivos nacionalistas catalanes.

La secta catalanista

Las víctimas de un lavado de cerebro como el del nacionalismo catalán deben ser sometidas a una desprogramación. Un adepto a una secta que haya recibido el “tratamiento completo” –desde la captación y el primer adoctrinamiento hasta el aislamiento del mundo exterior y la inmersión total– se encuentra en tal estado de impotencia mental que depende por completo de las decisiones del líder del grupo destructivo. En cualquier país occidental se pueden contratar servicios de desprogramación destinados a liberar a un miembro de una secta, pero la terapia es individual, tiene un precio elevado y suele destinarse a neófitos que se apuntan de manera voluntaria. Las víctimas terminales del proceso soberanista catalán –captadas por los líderes de la secta hace 35 años– no saben que lo son, por lo que no creen necesitar ayuda alguna.

España al pairo

Aprovechando el caos de la España en funciones, cuyos líderes incapaces de pactar parecen abocarnos a unas terceras elecciones tras siete meses de parálisis política,el Parlamento de Cataluña ha cumplido su ultimátum secesionista. Junts Pel Sí y la CUP han aprobado emprender un proceso constituyente que, mediante una futura Asamblea no vinculada al Estado, remate la desconexión entre Cataluña y el resto de España. Si el 9-N los partidos soberanistas manifestaron sin ambages la inminente ruptura, con la votación del miércoles estrenan la sedición institucional. Si el golpe de estado catalán no logra que nuestros políticos formen gobierno, se confirma que España no es su prioridad. Por si todavía quedaba alguna duda.

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