Rajoy y Pastor, con la muerte en los talones. -J.A. Zarzalejos/El Confidencial-

Ambos se encuentran como Cary Grant en la película de Hitchcock, acosados por la oposición que, como en aquella película, dispara desde las localizaciones más insospechadas.

Mariano Rajoy está entregado a una dura pelea por su supervivencia política. La pérdida de la mayoría absoluta el 20 de diciembre pasado logró superarla por la torpeza de Pablo Iglesias, que tuvo en sus populistas manos hacer presidente del Gobierno a Sánchez en concierto con otras fuerzas. El presidente en funciones aguantó el tirón a costa de establecer un precedente -un mal precedente- en nuestra reciente historia constitucional: declinar la oferta de investidura que le propuso el Rey. En las elecciones del 26-J la recuperación de sus opciones ha sido insuficiente -14 escaños y 700.000 votos más- con la particularidad de que la oposición carece de cualquier opción similar a la que tuvo en la breve legislatura anterior.

De tal manera que esta vez Rajoy no podía negarse a la propuesta de Felipe VI porque el Rey tampoco disponía de otra alternativa. El presidente del PP ha evitado así una nueva crisis a la Corona pero ha creado otra de interpretación constitucional sobre el alcance del artículo 99 de la Carta Magna que él y su partido entiende permite aceptar la candidatura pero también renunciar a ella si los apoyos previos a la sesión en el Congreso son fiablemente insuficientes.

Si desde el punto de vista jurídico, esa hermenéutica del artículo 99 de la Constitución podría someterse a un debate técnico y académico, la tesis popular no soporta, sin embargo, una sostenible interpretación política. La aceptación provisional o condicional de la propuesta del Jefe del Estado carece de precedentey está fuera de la tradición -corta pero tradición- democrática española. Es entendible que Rajoy no quiera ser vapuleado primero y derrotado después en el Congreso, pero ese es un riesgo que debe asumir en la misma medida en que la oposición socialista está cívicamente obligada a otorgarle una abstención que le permita gobernar en minoría y hacerlo con la posibilidad de cumplir los compromisos mínimos que el presidente en funciones enumeró en su comparecencia del pasado jueves.

Rajoy sabe que su fecha de caducidad está próxima pero pelea por aplazarla; y sabe también que unas terceras elecciones -pese a que ya se escriba en sus entornos mediáticos sobre la “bondad” de esos hipotéticos comicios- además de destrozar los logros de la X legislatura -la de sus reformas- abocarían al país a unasituación surrealista e inédita que bien podría volverse contra él y su partido.

El transcurso del tiempo desde el 26-J ha ido empeorando la situación para Rajoy hasta hacerla agobiante al borde del mes de agosto: se equivocó al transar con los independentistas catalanes para sacar adelante la Mesa del Congreso -sin concertar el pacto con Ciudadanos- y, antes, erró al recibir a los nacionalistas en Moncloa ninguneando a los de Rivera, con el que debió apresurarse a establecer un eje de gobernabilidad de 169 diputados.

El procesamiento del PP por presuntos delitos de daños informáticos y encubrimiento, conectado con la causa penal contra Luis Bárcenas, ha fulminado cualquier opción para recomponer las relaciones con el dirigente catalán para que él y sus 31 diputados voten sí a su investidura. De por medio, su estrategia con Homs, le ha dejado en mal lugar: al mismo tiempo que el PP por “cortesía parlamentaria” (es decir: por un pacto subrepticio) decía acceder a que los exconvergentes formasen grupo propio en el Congreso, en Barcelona los secesionistas montaban un 27-J de desprecio a la Constitución y desafío al Tribunal Constitucional.

Rajoy y el rey Felipe VI. (EFE)
Rajoy y el rey Felipe VI. (EFE)

Sea como fuere, todas las opciones de Rajoy pasan por someterse, con o sin apoyos suficientes, a una sesión de investidura. Bien para lograrla y formar su último Gobierno en minoría que sería de muy corta trayectoria; bien para fracasar en ella pero desbloquear la situación y permitir que corran los plazos -ahora no lo hacen- para la convocatoria de nuevas elecciones. Una espantada le liquidaría precozmente, incluso para ordenar su legado en el PP y se llevaría por delante a la presidenta de las Cortes, Ana Pastor, que tiene la obligación (en febrero pasado el PP estimó que era “imperativa”) de convocar un pleno de investidura como le ordena el artículo 170 del Reglamento del Congreso.

La exministra de Fomento no puede incurrir en el sectarismo de eludir la convocatoria de la sesión de investidura. Tampoco puede demorarla más allá de unos días. Si lo hiciera, se produciría una connivencia con el Gobierno y su partido que pervertiría la separación de poderes. Y Ana Pastor, así, caería al mismo tiempo que el propio Rajoy.

Ambos se encuentran como Cary Grant en la inolvidable ‘Con la muerte en los talones’, de Alfred Hitchcock, acosados por la oposición que, como en aquella película, dispara desde las localizaciones más insospechadas. Como Grant, salvando obvias distancias de todo orden, Rajoy dribla una y otra vez su aparente destino sin pararse en barras: ya ha provocado dos crisis constitucionales y podría consumar la segunda si no comparece ante el Congreso para la una eventual investidura.

Él y su partido debieron pensar sobre las consecuencias de una mayoría absoluta mal gestionada y la necesidad de una regeneración porque los muchos episodios de corrupción, entre Luis Bárcenas y Rita Barberá, pasando por Correa y Granados, y otros varios, han estigmatizado a los populares. Las dos mayorías insuficientes (la del 20-D y la del 26-J) tendrían que haber producido una auténtica catarsis en vez de una fosilización. No ha sido así.

A pesar de todo, el sistema democrático, los intereses generales de la ciudadanía y la integridad del Estado obligan a que -aunque sea para el desarrollo de un programa ejecutivo exprés- se elija a Rajoy presidente de un Gobierno en minoría y se colabore con su Gabinete durante el tiempo necesario para salir de este trance y encarar después, y con los partidos reseteados, un nuevo e inevitable enfrentamiento electoral.

Seguir disparando sobre el presidente en funciones solo conduce a que se abrace a sus propios temores, intente una histórica abdicación de la obligación que le impone la Constitución como candidato propuesto y entremos en un bloqueo institucional que deteriore el sistema. Ana Pastor es pieza clave para que todo eso no suceda. Que cese el fuego desde la avioneta de fumigación -que como en la película de Hitchcock- pretendió acabar con Cary Grant. Porque la realidad no suele tener finales tan felices como en la ficción.

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