El golpe real comienza ahora. -Hermann Tertsch/ABC-

Unos pocos aviones, unos cuantos helicópteros y tampoco muchos tanques, de estos solo uno en el aeropuerto de Estambul que fue liberado por un grupo de policías y de empleados desarmados. Un ataque al Parlamento que solo produce buenas imágenes de daños de la agresión simbólica pero inútil. Cuando para herir la imagen del presidente Recep Tayyip Erdogan habría sido tan eficaz un ataque al inmenso palacio presidencial, máxima expresión de su megalomanía y deriva despótica de estos pasados años.

La televisión estatal pudo ser liberada sin combate por pocos policías y sus empleados desarmados. Y otras televisiones no fueron ocupadas, en contra del manual del buen golpista. Las que eran necesarias para que se difundiera el mensaje épico del presidente llamando a inundar las calles en defensa de la democracia y de su presidente. Erdogan pudo hablar a través del móvil como un perseguido. Pero con televisiones prestas a difundir el mensaje del estadista lleno de resolución y tranquilidad que disparó la admiración por el líder.

Y el pueblo salió. Todos unidos, partidarios y críticos de Erdogan contra el golpe, con el presidente. Contra unos golpistas que decretaron pero no impusieron la Ley Marcial. No se vio ninguna de las unidades especiales de ese grandísimo ejército. Todo eran reclutas de 18/20 años, campesinos de la Anatolia profunda, muchos sin órdenes, aterrados en cuanto se les acercaba un grupo de civiles.

Con estudios en EE.UU.

Quienes conocen el poder de ese ejército colosal, dirigido por grandes profesionales militares, la mayoría con estudios en Estados Unidos, no pueden creerse que este golpe fuera en serio. No pueden creer que tuviera intención de vencer. Hay excesiva discrepancia entre medios disponibles y medios utilizados. Desde luego no habría salido mejor de haberlo organizado Erdogan.

Para superar la fuerte oposición a recientes decisiones suyas y considerables reveses como el malestar por su planeada concesión de la nacionalidad a los refugiados sirios, sus cambios de alianzas y fracasos estratégicos, la inseguridad ante el terrorismo de Daesh y la guerra con los kurdos. Pero ante todo para superar las resistencias que le impiden coronarse como, muy por encima del que fuera padre de la patria Kemal Atatürk, una nueva especie de Gran Sultán, padre del Estado y del Islam. Tiene que ser el padre incuestionable del islam en Turquía.

Destruir a Gulen

Para eso necesita destruir a su gran rival en el mundo religioso suní en Turquía que es su antiguo amigo y hoy mayor enemigo, el clérigo e intelectual Fetula Gulen, exiliado en Estados Unidos y a quien Erdogan culpa directamente del golpe. Este, mucho más docto, espiritual y sofisticado que Erdogan, cuenta en su movimiento de masas Hizrem, de gentes más preparadas que los seguidores del presidente y presentes en todas las profesiones urbanas y en la administración.

Recep Tayyip Erdogan necesita aplastar a este movimiento que ha participado con éxito en toda la resistencia de la sociedad turca a Erdogan. Este dijo ayer que el golpe «lo había enviado Alá». Todo indica que utilizará este «regalo de Alá» para aplastar a lo que queda de oposición política y resistencia civil. La venganza se anuncia brutal. A las miles de detenciones de militares ya se une el despido, solo horas después de sofocado el golpe, de 2.745 jueces.

El presidente ha sentenciado que los seguidores de Gulen pagarán el precio más alto. Pronto estará en marcha una revisión constitucional y la reintroducción de la pena de muerte. El islamismo de Erdogan fue tachado de moderado porque sus tiempos eran suaves.

Con este golpe, lo diera quien lo diera, se precipitan drásticamente esos tiempos. Mueren las esperanzas de un Estado de Derecho en Turquía. Y del aparente triunfo de la democracia nace un dictador por la gracia de Alá. Al que ayer recibían sus seguidores en Estambul al grito de «Dinos que matemos, dinos que muramos, Alahu Akbar». (Dios es grande).

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