Un hombre y un destino. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Cuando Rivera llegó a Madrid, supo resistir heroicamente a los intentos de manipulación de los grandes grupos periodísticos y empresariales. Tan pronto le veíamos en el Ritz rodeado de empresarios de la patronal como en la entrega de los Goyas con el faranduleo o en un reportaje de Telva proclamado el chico de moda. El político catalán sonreía, chocaba las cinco, anunciaba la muerte del bipartidismo y no se dejaba engatusar por las gazmoñerías capitalinas. En comparación con la manifiesta incapacidad comunicativa del PP –salvo Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado– y con la matraca propagandística del PSOE –atascado en el antifranquismo y la España del Cambio–, la espontaneidad de Albert Rivera sirvió de revulsivo en un escenario político falsario y apolillado. Frente a la corrupción institucional blindada por el PSOE y compartida por el PP, Ciudadanos se nos aparecía casi mistéricamente como un partido saneado con un programa funcional expresado en un lenguaje preciso.

El emergente emergido

Si Pablo Iglesias fue el detonante de un movimiento tectónico ya imparable, Albert Rivera supo aprovechar la coyuntura, situándose en el escenario político como alternativa funcional. Al final Podemos se ha quedado en partido cutre con programa anticonstitucional y dirigentes envueltos en inconfesables operaciones financieras. Han sido los propios podemitas quienes han dilapidado el poderosísimo eslogan de la casta, casi olvidado en el torbellino de un Pablo Iglesias contorsionista, tan pronto heredero del 15-M como socialdemócrata compinche del imposible Zapatero. En la sucia cantera política nacional, quien parecía capaz de capitalizar el poderosísimo lema de la casta era Albert Rivera, como un dios venido de otro planeta (Cataluña, para más inri, un bucle surrealista al que Dalí hubiera llamado suculento).

Criptonita contra la corrupción

¿Y qué hizo entonces nuestro superhéroe, cuyo poder transversal le convertía encriptonita contra la corrupción del político español estándar? Pues se fue con Pedro Sánchez, heredero de los Zapateros y los González de toda la vida. Es decir, se fue con el PSOE de la Junta de Andalucía, los EREs y los fondos de la UE desviados; el PSOE de Filesa, Rumasa, Flick, Juan Guerra, Banesto, Roldán; el PSOE que politizó la justicia, la educación, las cajas de ahorros y los sindicatos con las leyes orgánicas de los ochenta. En las elecciones del 26 de junio perdió 400.000 votos y a partir de entonces –¿sugestionado por la prensa mononeuronal que lucha contra Franco en Twitter?– se ha encabronado con un Rajoy que, las cosas como son, ha ganado las elecciones generales tres veces seguidas. Sería importante entender que la labor de higienización transversal que puede y debe hacer Albert Rivera solo es posible llegando a los sumideros corruptos y chapoteando en ellos. No queda otra. La pose del virtuosismo supremo chirría en el mundo de la política española. UPyD ya se erigió en portador del cáliz sagrado de la honestidad, con los resultados por todos conocidos.

Un futuro abierto

Tras un año de obsesión mediática con Pablo Iglesias y sus acólitos, el novel Albert Rivera, que hasta ahora se había mantenido en un astuto vaivén ideológico, podría de hecho elegir entre intentar fagocitar al PP o al PSOE. El mensaje económico de Ciudadanos, amoldado al marco referencial socialdemócrata aceptable entre su público objetivo, puede customizarse y bien vendido sirve casi universalmente. El Partido Republicano estadounidense quizá no sea un buen ejemplo –la candidatura de Trump es un descrédito histórico–, pero recordemos que el GOP era un Ciudadanos que sustituyó al Partido Whig en 1854, hace 162 años.

El signo de los tiempos

Lo que se extrae de estos siete meses de parálisis política es que la verdadera Democracia –cesiones, negociaciones, respeto mutuo– les viene grande a nuestros políticos. La España posfranquista sigue bajo el hechizo estático del Caudillo, con partidos apenas conscientes de que su deber es primar honestamente los intereses nacionales. Mientras los políticos y los pedantes nos venden Españas tuneadas, mientras berrea la marabunta mediática contra la juventud, mientras los líderes veteranos se enquistan en la política agresivo-pasiva, las nuevas generaciones saben que todo este mal rollo tiene los días contados. Albert Rivera se ha adelantado con su política transversal, pero encarna el signo de los tiempos. Del reparto político español nadie salvo él –con una simple reflexión y un cambio de conducta–, puede sacarnos de esta.

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