Al Partido Popular le explota otro 11-M. -Jesús Cacho/Vozpópuli-

Al Partido Popular le ha vuelto a explotar otro 11-M, esta vez en miniatura, a cuatro días vista de unas elecciones generales. El episodio tiene grandes ventajas respecto al de marzo de 2004, la más importante de las cuales tiene que ver con que en esta ocasión no hay muertos de por medio, no hay sangre, cierto, y sí mucha horchata: la que circula por las venas de un ministro del Interior bobo de remate y de un presidente del Gobierno en funciones que de nuevo queda en evidencia cuando dice no saber que en Cataluña existe una Oficina Antifraude y mucho menos quién ocupa ese cargo. No hay sangre, no hay muertes, bienaventuranzas, pero la operación recuerda como dos gotas de agua a la que estalló en los días previos a las generales de marzo de 2004 y que cambió dramáticamente la suerte de España. Una España que ya nunca sería el país creciendo y crecido que apuntó durante los Gobiernos Aznar, alejado del complejo de inferioridad que durante siglos malogró sus mejores aspiraciones, para devolvernos al país timorato, titubeante y feble de siempre.

La publicación de una conversación mantenida hace dos años por el ministro del Interior, Fernández Díaz, y el responsable de esa oficina, no tiene otro objetivo que perjudicar electoralmente al PP y, si posible fuera, provocar un vuelco en los resultados del 26J. Y con qué arrojo se han lanzado por esa quebrada las huestes de nuestra izquierda mediática, qué escandalizados ellos, qué dolidos con el hecho de que el Gobierno de Madrit sea tan malo con los buenos nacionalistas, qué hipócrita gimoteo, cómo se lamenta, escandalizada Pepa Bueno, “asunto gravísimo utilizar el aparato del Estado para perseguir rivales políticos”, pero, ¿para qué crees que está el aparato de Estado, Pepa, más que para vigilar y en su caso perseguir a los que quieren acabar con ese mismo Estado? Y Gabilondo, ¡uy Gabilondo!, qué mal, qué horror, Gabilondo se describe en los micrófonos de la SER “estremecido” por el episodio del ministro Fernández “hozando en la basura” (sic) y persiguiendo material incriminatorio contra el buen nacionalismo romántico, tan reñido él con la manipulación y el engaño, tan dispuesto a pregonar todos los días, en medios públicos y privados, su desprecio radical a España, la pobre España del “vas alta y dolorosa./ Gimes, deliras, bramas./ Vas firme y pura por el firmamento/ a hundirte en Dios como una espada” que cantóBousoño.

Lo que habla el pío Fernández Díaz con Daniel de Alfonso, que así se llama el gachó, solo puede escandalizar a alguna monja ursulina o a los Buenos y Gabilondos de este mundo, esa gente tan exquisita con los independentismos y con quien les paga el sueldo, tan dóciles, tan permisivos, con los regalos de Zandi a Cebrián, un suponer, que tal vez piensan que el ministro del Interior de cualquier país importante del mundo se dedica a hacer calceta en las horas de despacho, a las obras de caridad, o tal vez incluso a rezar el rosario –bueno, el pío Fernández eso también lo hace-… Pero no, claro que no. Un ministro del Interior tiene que comerse marrones ingentes, tragarse sapos cuya deglución haría temblar la tierra, seguir la pista a los malos y meterlos en la trena, perseguir asesinos, vigilar la seguridad del Estado… A eso debería dedicarse un buen ministro del Interior que bien hiciera su trabajo, que no es el caso que nos ocupa: a mantener a raya a quienes quieren acabar con la paz y prosperidad de los españoles, y hacerlo por medios que escandalizarían a Pepas eIñakis, porque para eso les votamos, para que defiendan nuestra propiedad, cuiden de nuestra seguridad y aseguren nuestra libertad, para eso pagamos impuestos, justo para eso, para que a los rufianes que quieren acabar con España no les salga gratis la apuesta.

¿Había alguien más en el despacho de Jorge Fernández?

Hablamos del trabajo de un buen ministro del Interior. Por contra, que a un ministro del Interior le graben las conversaciones en su despacho no es que sea de aurora boreal, es que es de mear y no echar gota. Es la manifestación más apabullante de la mediocridad del personaje, de su incapacidad para cargo tan importante y, lo que quizá sea peor, una evidencia de los muertos que arrastra cual pesada carga, porque Fernández no se ha enterado de lo que se cuece en Interior o, si lo ha hecho, que posiblemente sí, se ha visto obligado a mantener la boca cerrada y consentir esas mafias policiales que le tienen bien trincado por salvada sea la parte, al punto de que es más que posible que esas bandas, esa guerra entre comisarios que se desarrolla en las sentinas de la Policía Nacional, haya sido la responsable del pinchazo, o los pinchazos, porque al bueno de Fernández también le filtraron una conversación conRato en su despacho, y díganos una cosa, señor ministro, ¿en su charla con De Alfonso había alguien más en el despacho? ¿Había, por ventura, una tercera persona? Así están las cosas en Interior y en nuestra maltrecha democracia a cuatro días de unas nuevas generales, sin que los candidatos hayan dicho nada al respecto, sin que hayan abierto la boca sobre cómo piensan parar en seco la corrupción policial, asunto de capital importancia para la salud de cualquier Estado de Derecho que se precie.

El Partido Popular no aprende. El PP es un club de amigos. Fernández Díaz es muy amigo de Mariano, y por eso Mariano no le puso ayer la maleta en la puerta, tajante, sin miramientos, para a continuación pedir disculpas a los españoles y explicar, si es que puede, lo ocurrido. Pero no. El PP es una finca de amiguetes dispuestos a resistir contra viento y marea. Es lo que tiene la mediocridad: que más pronto que tarde acaba embadurnado de mierda lo que toca, y haciendo posible que al ministro del Interior le roben la cartera en su propio despacho. La política ha quedado para los que no pueden hacer una carrera más o menos provechosa en el sector privado. La política se ha convertido en refugio de obedientes dispuestos a hincarse de hinojos cuando quien hace las listas, el jefe, lo exige. Lo del PP no tiene remedio: no es que sean malas personas ni pérfidos administradores: es que grupal y/o colectivamente son tontos de baba. Sorprendente resulta, por eso, escuchar que Rajoy es de lo mejorcito que tiene la casa, porque debajo de Mariano bate olas un océano de inanidad. No hay reemplazo a Mariano, porque él mismo se ha encargado de que no lo haya. Y encima les gusta perpetuarse en el cargo, aferrados cual lapas al sillón, dispuestos a matar antes que levantar el vuelo y dar paso a gente más competente que ellos.

Es lo que hay, es la España que tenemos. Mal a la derecha y mal a la izquierda. Los peores adversarios, con todo, de España (“desesperada España,/ camisa limpia de mi esperanza/ y mi palabra viva, estéril,/ paridora, rama agraz/ y raíz del pueblo:/ sola y soterraña/ y decisiva/ patria”) son y han sido siempre los enemigos interiores, los de adentro, los cobardes, los pusilánimes, los mediocres, los complacientes con el separatismo, los que bailan el agua a quienes se mofan de España y los españoles… El Estado español es muy malo, cierto, es tan mala España, o tan bueno Fernández Díaz y su jefe, Mariano Rajoy, que ambos mantienen a la familia Pujol paseando tranquilamente por la calle cuando otros muchos, con menos méritos que los citados, están entre rejas desde hace tiempo. Este es el Estado, la España que quieren los pijoprogres, La España dispuesta a hacer de puta y pagar la cama, la España capaz de aguantar estoica las tarascadas de quienes quieren acabar con ella, poniendo, en el peor de los casos, la otra mejilla. La España en manos de miserables idiotas. La “España,/ madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,/ incesante y fatal”, de Borges.

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