Primero democracia; después, las quimeras. -Javier Benegas/Vozpópuli-

Hace poco un buen amigo me decía que “desde que empezó la crisis, lejos de mejorar hemos ido a peor, a mucho peor”. No era en alusión a las grandes magnitudes económicas, con las que los políticos se zarandean de forma impenitente en defensa de uno u otro modelo económico. No, mi amigo no hacía alusión al ciclo económico, la revolución tecnológica o la globalización, sino a las mentes, a las ideas, a los deseos, a los egoísmos y a las voluntades de las personas, muy especialmente de aquellas que desde una posición más o menos influyente podrían hacer más, mucho más. Y no sólo no lo están haciendo sino que ningunean a los que sí lo intentan.

Y tenía razón, para qué negarlo. Aunque intenté animarle, al final reconocí que compartía su parecer en gran medida, por más que hacerlo trajera de vuelta ese pesimismo del que hay que huir a toda costa. Sea como fuere, después de escucharle atentamente, empecé a repasar los acontecimientos. Y recordé que después delcrack financiero, durante un tiempo, se abrió un debate inusual, hasta entonces prohibido: el régimen del 78 fue puesto en cuestión, al menos algunas de sus anomalías más evidentes, tal cual es la conculcación de principios elementales como la separación de poderes (y sobre todo, la necesidad de la vigilancia mutua), la representación y la neutralidad de las instituciones; lo que ha contribuido a instaurar una falsa cultura democrática, que de arriba abajo y de abajo arriba ha hecho que España sea un país que flirtea demasiado a menudo con esa dictadura de las mayorías que de democrática sólo tiene la liturgia del voto.

La defensa incondicional del viejo modelo

En efecto, durante un tiempo, incluso periodistas y académicos en la órbita de los partidos que se llaman a sí mismos “constitucionalistas”, señalaban en los medios, también en las inaccesibles televisiones, el agotamiento del modelo político. No lo hacían, claro está, con demasiado entusiasmo sino desde una moderación impuesta. Pero al menos, por primera vez en los últimos 40 años, se hablaba abiertamente de que algo, que no era la economía, parecía haber llegado al final de un ciclo. Después vino la abdicación de Juan Carlos. Y este acontecimiento, que podría haberse convertido en el signo del cambio de los tiempos, produjo justamente el efecto contrario: el debate sobre la calidad de nuestra democracia desapareció súbitamente y quedó relegado, si acaso, a algunos nativos digitales y a unas pocas esforzadas web. No sólo los mass media sino también las tradicionales cabeceras de papel, esos diarios sostenidos desde el poder y que, aun quebrados, siguen siendo por decreto la referencia en las revistas de prensa, lo eliminaron de raíz. Simultáneamente se produjo la regresión: la defensa incondicional del viejo modelo, porque, después de todo, nos ha proporcionado un periodo de paz y prosperidad sin parangón en nuestra Historia. Amén.

Desde ese momento, como señalaba acertadamente mi amigo, las cosas no han hecho sino empeorar. Cataluña, la corrupción, el populismo, el descrédito de los partidos tradicionales, la penosa Justicia, el inmovilismo… todos, absolutamente todos los problemas pretenden ser solucionados con medidas arbitristas. Y la política ordinaria, en la concepción más lacayuna del término, es decir, como mercadeo del voto, se ha enseñoreado de las opciones políticas. Con todo, lo peor ha sido ver como se ha agudizado el gregarismo. Y cómo muchos a los que considerabas gente de bien han terminado por alistarse en alguna de las facciones que se disputan el pastel. Y es que en estos tiempos de estrechez, donde los nervios de los políticos están a flor de piel, la independencia es un negocio pésimo.

En estas condiciones llegamos a las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015. Y como la distribución de fuerzas no había variado en lo sustancial, a pesar de la irrupción de nuevas siglas, terminamos encallando en una ingobernabilidad que, dicho sea de paso, no ha sido lo peor que nos podía pasar. Al menos, con los presupuestos cerrados antes de esa cita electoral, la maquinaria del BOE nos ha dado un respiro. Y los disparates legislativos han dejado de brotar de forma incontinente. En consecuencia, hemos podido trabajar sin sobresaltos.

Ahora, la nueva convocatoria electoral de este próximo 26 de junio no parece que vaya a servir para retomar el debate de cómo elevar la calidad de nuestra democracia, de cómo reformar las instituciones formales, transformar las informales y cambiar la mentalidad de esta sociedad, sino que, más allá del reparto de sillones, a lo sumo este domingo se dirieme en las urnas el modelo de Estado Social. Modelo que, sin instituciones solventes, terminará al albur de los intereses de los partidos, de los burócratas y de los grupos de intereses. Y ese Estado Social que defienden unos y otros no será en ningún modo la enorme aseguradora que defienden, sino una barrera de acceso a la prosperidad; una formidable máquina de generar ganadores y perdedores de manera discrecional ante la que, incluso, el todopoderoso Mercado palidece. ¿Tan difícil es entender que, sin una democracia liberal con todos sus aditamentos, con sus imprescindibles salvaguardias, seguiremos a merced de los depredadores?

Un gobierno con un horizonte muy corto

Todo indica que sea cual sea el resultado del 26J, las presiones para constituir un gobierno serán enormes. De lograrse, se tratará de un gobierno continuista, que no rompa con el statu quo. Desde luego, será muy difícil que surja un gobierno populista, aunque no del todo imposible, pero más difícil aún será que vaya a ver la luz un gobierno dispuesto a hacer reformas democráticas ambiciosas. La clave va a estar en el término medio, donde más que la virtud habita una interesada mediocridad. Explicaba Víctor Lapuente, en su libro El retorno de los chamanes, que “únicamente volando a una altura moderada es posible llegar al destino”, en alusión a quienes tienen vocación de ingenieros y creen que trasplantar modelos institucionales eficientes de otros lugares es la panacea. Una idea que concuerda bastante con quienes, en campaña, nos proponían hasta ayer un cambio sensato, incremental, que, sin embargo, ha ido perdiendo tanta altura que diríase que hoy ni reptando como las serpientes están dispuestos a intentarlo. Sin embargo, quizá la altitud que debe marcar nuestro altímetro no ha de ser moderada o inmoderada sino acorde a la cordillera que hemos de sobrevolar para pasar el primer corte. Es decir, la profundidad del cambio no se puede calcular en términos de sensatez o insensatez, sino de lo que es necesario.

Así pues, estoy del lado de mi amigo, al que desde aquí envió un abrazo. Y lo estoy por amistad, pero también porque es una persona sabia, esforzada y altruista. Después de casi nueve años de crisis y de peregrinar por el desierto, no hemos avanzado. Parecemos empeñados en que todo se desmorone. Pero, como dije en el programa de Luis del Pino este pasado domingo, soy optimista. Los españoles somos mejores de lo que el ruido ambiente parece demostrar, en especial el que proviene de unos mass media deplorables, empeñados en darle la razón a Popper cuando afirmó, más por intuición que por empirismo, que la televisión pondría en grave peligro la democracia.

Mientras sea posible, desde estas páginas seguiremos defendiendo la necesidad de una reforma de nuestro modelo político. Entre otras cosas, porque sin unas instituciones neutrales y fiables el Estado social no es más que una quimera, un castillo de arena a merced de la marea.

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