Dos cadáveres exquisitos. -Luis Herrero/Libertaddigital-

Esto tiene toda la pinta de que se va a acabar convirtiendo en el pudridero donde irán a parar los esqueletos de Rajoy y Sánchez. Tampoco pasa nada. No hay que alarmarse por el olor a postrimería. Casi todas las elecciones traen consigo el mismo tufo a corona floral y a velón de túmulo funerario. Rara vez las urnas proclaman una victoria ilusionante. Eso sólo ocurrió en 77 y en el 82. Creo que nunca más. Lo normal es que el triunfo llegue gracias a la velocidad de crucero de la rutina -todo va razonablemente bien, para qué cambiar- o a costa de la defunción del adversario. Cuando el adversario se la pega, su cadáver inviste al vencedor.

La historia reciente está llena de cadáveres exquisitos que abonaron con sus cuerpos el nacimiento de nuevos liderazgos: la descomposición de Adolfo Suárez hizo posible el brote de Felipe González; el de Felipe González, el de Aznar; el de Aznar -que me perdonen los que se lo atribuyen al 11M- hizo germinar a Zapatero y el marchitamiento de Zapatero permitió la tardía epifanía de Rajoy. Para que la secuencia siguiera con el patrón establecido ahora haría falta que la descomposición de Rajoy diera paso a la floración de Sánchez. Pero eso no va a pasar. Me temo que va a ser que no.

Una de las novedades principales de la situación actual es que se acabó el relevo natural entre los dos “grandes”. La política ha dejado de ser un juego de tula entre PP y PSOE. De esta forma se cumple la profecía que trajeron hace meses los zahorís de las encuestas: lo “nuevo” mandará a lo “viejo” al astillero de las reparaciones. Lo que no se renueve, se hundirá. Acaso sea esa la mejor noticia que vaya a traernos el 26-J.

El mutis de Rajoy, sin embargo, no será previsiblemente tan manso como el de Sánchez. A Rajoy habrá que llevárselo a rastras. Querrá hacer valer su condición de tuerto entre los ciegos, de minoría mayoritaria, y se tapará los oídos cada vez que Ciudadanos exija su inmolación a cambio del apoyo a su partido o que un PSOE decapitado imponga ese mismo precio para justificar la abstención en el voto de investidura. Es probable que el gallego y su cuadrilla se abracen al fantasma de unas terceras elecciones para espantar la amenaza mortuoria, pero, antes o después, alguien tendrá que decirle que sin el sí de Rivera y una cierta condescendencia del albacea socialista -ambas cosas a la vez- sólo podría aspirar a presidir un Gobierno que tuviera menos apoyos parlamentarios que la oposición.

Es decir, que la aritmética de una victoria insuficiente sólo le da derecho, si se empeña en no renunciar a él, a un Gobierno condenado a perder todas las votaciones trascendentales en el Congreso de los Diputados y, por lo tanto, a hacer posible justamente lo contrario de lo que promete conjurar: el dominio político del Frente Popular. Ya sabemos que esa alianza de socialistas, comunistas e independentistas no es posible en una coalición de Gobierno, pero nada impide que se reagrupen en la bancada de la oposición. Desde allí marcarían el rumbo de la política y dejarían convertido a Rajoy en un pelele sin capacidad de iniciativa. Si es eso lo que quiere el personaje con tal de no comerse el marrón de ser el único presidente que sólo duró una legislatura, y encima que su partido se lo permita, la derecha merecerá cualquier plaga que la fulmine.

Ciudadanos, si no quiere hacer el ridículo, nada más puede apoyar a un Gobierno que tenga fuerza suficiente para liderar un proyecto político, y eso sólo ocurrirá si el PSOE, obcecadamente empeñado en no subirse al carro de la gran coalición, permite desde la oposición, a cambio de un cierto pacto de legislatura más o menos escondido, que tal cosa suceda. Así que esto es lo que hay, le guste más o menos al moribundo que se resiste a su destino: sin Ciudadanos y PSOE, su investidura es imposible. Sólo con Ciudadanos su investidura es inútil. Y con la ayuda de ambos -cada una a su modo, explícita y oculta-, la única investidura posible es la de otro que no sea él. O la de otra, claro está. Pero eso ya es harina de otro costal.

La liquidación de Sánchez, en cambio, no será tan historiada. El PSOE no está precisamente atestado de héroes. Nadie ha querido beber el cáliz de quitarle de su sitio antes de tiempo para sufrir en su propia carne el castigo que se le viene encima. El criterio que se ha impuesto ha sido otro. Ya que está en el tostadero, que siga allí hasta que se achicharre del todo. Alguien tiene que cargar con la culpa de haber conducido al partido al peor registro electoral de su historia.

Después del 20-D, a los cuervos del castillo negro socialista les hubiera gustado poder mandarle a alguno de los siete cielos de su bóveda divina, pero Sánchez se aferró al asidero ramplón de los 90 escaños con tanta hambre de supervivencia que consiguió in extremis, con la ayuda de Albert Rivera, seguir en las almenas del muro durante una prórroga imprevista. Imprevista y necesariamente corta. Teniendo en cuenta que tiene prohibido pactar con los zombis comunistas que vuelven a la vida por el poder taumatúrgico de Pablo Iglesias, jefe supremo de los caminantes blancos, y con los hijos de la Arpía que comanda en las mazmorras del PP el gran prescriptor del voto cautivo, a Sánchez no le queda esperanza de vida a la que aferrarse después del 26-J.

Ya le ha dicho la señora de San Telmo que sin victoria en las urnas -algo tan imposible como el oxígeno en la luna- no tendrá licencia para buscar alianzas de gobierno, así que su destino ofrece pocas dudas. Con el desdoro del sorpasso o sin él cosido a su hoja de servicios, nadie le imagina al frente de los suyos después de una segunda derrota consecutiva en el plazo de seis meses. Esta vez, además, nadie espera que ofrezca resistencia.

Vistas las últimas encuestas sigue sin estar claro de qué color, o colores, será el pendón del próximo Gobierno ni la identidad del hombre o mujer que lo presida. Lo único que está cada vez más claro es la identidad de quienes no podrán presidirlo en ningún caso. A esta campaña, ya lo veréis, acabaremos conociéndola como la de los cadáveres exquisitos.

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