Mintiendo sobre la Transición. -Gabriel Bustelo/Vozpópuli-

Rezagada en el calendario mundial durante todo el siglo XX, España se ha embarcado al filo del nuevo milenio en una metamorfosis política que requiere hacer periódicamente lo que podríamos llamar una parada técnica. En nuestro país prevalece, como denuncia Vargas Llosa, “la idea profundamente destructiva de que todo el mundo es corrupto y si todo el mundo es corrupto, ¿por qué no voy a serlo yo también?”. Esta noción conforma hasta tal punto la mentalidad española que pocos la señalan abiertamente como el escritor peruano, porque muy pocos la catalogarían como un problema moral. Junto a esta grave disfunción cívica coexiste otra íntimamente relacionada: la cultura de la mentira, transmitida de generación en generación casi como un modus vivendi. Este contexto falsario homologa la mentira de un modo natural, dando por hecho que en el resto de los países del mundo sucede exactamente lo mismo.

¿La España de la Transición?

Esta cultura de la mentira superó sin problemas el paso del franquismo a la democracia, pero debe desaparecer si España pretende lograr la regeneración y subir de una vez al tren mundial. Conviene señalar –al estilo Vargas Llosa– que el proceso de renovación política parece haber dado por válida una mentira grave que muchos medios han hecho suya. Cuando hablamos de la España corrupta que se pretende superar, es frecuente etiquetarla como la “España de la Transición”, hasta el punto de que hemos acabado –y me incluyo– demonizando la propia Transición en sí, con una engañosa transposición de los términos. Hagamos, por tanto, una retrospectiva. La Transición fue un pacto democrático de un país entero, un paso gigantesco en la historia de España. Fue un fenómeno admirable que atrajo la atención internacional como caso único en Occidente y como paradigma en la expansión de la democracia global. En las redacciones de los periódicos extranjeros generó una auténtica revolución, con repentinos fichajes y traslados a Madrid de corresponsales asignados para cubrir el proceso a jornada completa –William Chislett y Harry Debelius para el Times,Henry Giniger para el New York Times, Jim Hoagland para el Washington Post, por citar solo algunos–, narrando al mundo en directo el espectáculo histórico de reconciliación de todos los españoles. Entonces, ¿cuándo nació eso que ahora llamamos erróneamente la “España de la Transición”? La respuesta es sencilla. El PSOE de Felipe González aprovechó la mayoría absoluta de 1982 para politizar España con sus leyes orgánicas, que blindaron la justicia, las cajas de ahorro, los sindicatos y la educación.

Los traidores del pacto democrático

Como confesó el ideólogo socialista Javier Pradera en un libro póstumo –escrito en 1993 y que no se atrevió a publicar– el artífice de la corrupción española es el Partido Socialista Obrero Español, que fue puliendo sus redes fraudulentas con los años hasta convertir el pillaje en un rasgo sistémico de nuestra democracia. ElPartido Popular, émulo perpetuo del PSOE, demostró ser un buen discípulo también en materia de corrupción. En resumen, en los años inmediatamente posteriores a los Pactos de la Moncloa el Partido Socialista fue acaparando todos los resortes del poder y, con el PP como comparsa, convirtió al país admirable que había pactado la concordia constitucionalista tras la muerte de Franco en unapseudodemocracia corrupta. Pero la gran traición al pacto democrático posfranquista la consumó José Luis Rodríguez Zapatero, cuyo proyecto era la hiperlegitimación de la izquierda, la instauración de una autarquía socialista y laMemoria Histórica concebida como torpedo contra la Transición.

Juventud versus Bipartidismo

Mientras hoy los dos grandes partidos nacionales –ambos culpables de traición a la Transición– parecen incapaces de reaccionar ante las acusaciones diarias de corrupción e incapacidad política, las jóvenes generaciones españolas, hartas del decadente espectáculo, se han organizado para ofrecer nuevas opciones al martirizado votante español. Según los últimos sondeos del CIS, el bipartidismo lograría hoy un 36% menos de los votos obtenidos en las elecciones del 20 de noviembre de 2011. Los electores irrecuperables serían los españoles menores de treinta años, residentes en ciudades con más de un millón de habitantes y licenciados de clase media/alta. Son los jóvenes españoles –sin la revancha y el rencor grabados en el disco duro de su memoria– quienes nos traerán otra España. No será perfecta; sí más democrática. Pero recordémoslo: no estamos desmontando la Transición. Al contrario. Nada de esto hubiera sido posible sin la Transición.

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