El pacto de izquierdas

El blog de Santiago González

(Publicado hoy en mi columna de El Mundo)

Llegados a este punto del conflicto es preciso admirar la coherencia de Meritxell Batet, qué gran apellido para una candidata por Barcelona, que ha decidido poner fin a la transversalidad que gobernaba su vida amorosa, desde que compartía dormitorio con José Mª Lassalle, secretario de Estado de Cultura en el Gobierno de Mariano Rajoy. “elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”, fue una frase inmortal que Fernando Ónega le escribió a Suárez y que Meritxell (o su marido, o ambos) han invertido para dotarla de un nuevo significado.

Se acabó la transversalidad, pacto de izquierdas. El de Pablo Iglesias y Alberto Garzón, ese par de luminarias. El primero se comerá al segundo para afrontar la tarea de hacer lo propio después con Pedro Sánchez, cuando hayan formado un Gobierno de coalición presidido por…

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Las revoluciones ya no son lo que eran. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

El ser humano, en condiciones óptimas de libertad y estabilidad económica, procura parecerse a los demás todo lo posible. Uno de los factores que definen el progreso es, precisamente, la homogeneización. En periodos de prolongada bonanza, el individuo occidental tiende a llevar una existencia rutinaria y complaciente, parecida a la de su vecinos de edificio, que a su vez se parecen todos a los inquilinos del edificio de al lado, y así sucesivamente. Esta homogeneidad voluntaria de las clases medias es –o era antes de la recesión– un gran triunfo del capitalismo democrático.Su reverso tenebroso es la igualdad obligatoria que la dictadura comunista quiso imponer por fuerza en los países donde ha llevado a cabo sus fracasados intentos. Si hay alguien que personifica esa imposible cruzada igualitaria es Josef Stalin, el trágico personaje que forjó la URSS. Durante el cuarto de siglo que pasó al frente de la Rusia soviética, mandó asesinar a 20 millones de personas. Para hacernos una idea, es casi la mitad de la población española.

El problema son las personas

“Sin personas, no hay problemas”, dijo Stalin. “La muerte soluciona todos los problemas”. En su libro Koba el terrible, Martin Amis nos habla con sobrecogedora crudeza de esos millones de rusos a los que Stalin torturó, mató de hambre y exterminó. Uno de los problemas que tuvo el régimen estalinista fue el de deshacerse de los cadáveres, nos cuenta el escritor británico. En diciembre de 1918, cuando la dictadura soviética anunció, con la coartada de la crisis, su monopolio de la industria funeraria, los cuerpos se amontonaban ante los cementerios de las ciudades de todo el país. “Morir en Rusia es fácil en estos tiempos”, escribía un cronista de la época. “Lo difícil es que te entierren”. La cremación le era atractiva al régimen soviético, nos explica Amis, porque representaba un ataque frontal contra la religión ortodoxa, que entierra a sus muertos. Pero el campesino Stalin también valoraba la cremación como avance industrial que le aportaba todo un mundo de incineradoras y fuego devorador. Las personas son un problema. Las cenizas, no.

Nadie habla ya de la crisis

Esta ideología de la entrega incondicional a la revolución del proletariado, la de los fines justifican los medios, es la que defiende el partido comunista que ante la debilidad socialista, parece tener hoy la llave del poder de la izquierda española. Cuando en enero de 2015 Pablo Iglesias saltó a la primera fila de la actualidad española, llegaba con un argumento básico en la mochila. El mantra de la casta ha resultado ser tan potente como para transformar por completo el escenario político español. Es cierto –como dice Pablo Iglesias– que las cúpulas de los grandes partidos españoles (PP, PSOE y partidos nacionalistas) forman parte del régimen corrupto y caduco que ha impuesto en España un proyecto fracasado. Sin embargo, España cerró el 2015 jaleada por los economistas internacionales como el último milagro austero de la Zona Euro. Con un crecimiento apuntalado sobre una recuperación de la actividad laboral, un repunte salarial y un refuerzo de la inversión empresarial, España tenía todas las papeletas para consolidarse como la economía más rauda de la Unión Europea. Nuestro país apenas había empezado a recuperarse de la recesión, manteniendo altos niveles de endeudamiento tanto del sector público como el privado y un desempleo muy superior al previo a la crisis. Huelga decir que este esbozo de recuperación económica es inseparable de la estabilidad política.

La política sentimental

El PP y el PSOE podrían haber pactado tras las generales del 20 de diciembre un gobierno de 213 escaños –al que Ciudadanos hubiera sumado sus 40– para reforzar la solidez institucional sin la cual es imposible que España se recupere. Lejos de hacer nada semejante, los dos líderes veteranos llevan seis meses deshojando la margarita como dos novios despechados mientras Podemos se rearma –rondando a IU– y Ciudadanos se desgasta en el intento de racionalizar el escenario. Si tras las generales de junio el PSOE se aliara con el PP (como si España fuese una democracia europea normal), Iglesias quedaría como jefe de una oposición debilitada. Si el PSOE quedase en segundo lugar y se negara a pactar con el PP por sus prejuicios habituales, podría abstenerse para dejar formar gobierno a PP con Ciudadanos y liderar una oposición constructiva. Las últimas encuestas hablan del PSOE como tercera fuerza, superado por la coalición encabezada por Podemos. Menos mal que las revoluciones ya no son lo que eran.

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Un partido de cobardes es un Partido Perdedor. -Rafael L. Bardají-Oscar Elía/Libertaddigital-

El PP, independientemente de los millones de votos que logre el 26-J, es el partido perdedor. Su máxima aspiración, tal y como anuncian sus responsables, es alcanzar los suficientes escaños como para que al PSOE de Pedro Sánchez (o sucesor/a) no le quede más remedio que aceptar una gran coalición.

Ya desconcierta que el Partido Popular de Rajoy se empeñe desde el 21-D en querer construir esa gran coalición con el PSOE, un partido al que al mismo tiempo acusa de hacer una política de exclusión del PP. Mariano Rajoy ha ido tan lejos como para denunciar que el líder socialista estaba trabajando en un nuevo Pacto del Tinell. Y es verdad que desde la dirección del PSOE se ha dicho que todo menos el Partido Popular. Aun así, todas las esperanzas de poder formar Gobierno, según Rajoy, pasan por compartir Consejo de Ministros con quien quiere excluirle, le considera un indecente y promete derogar las principales medidas adoptadas por su Ejecutivo en la legislatura 2011-2015.

La obsesión del Gobierno con esa gran coalición con el actual PSOE desconcierta aun más porque no se dice (tal vez ni se piense) para qué se quiere, más allá de para conformar una mayoría estable. Pero¿mayoría estable para qué? ¿Qué políticas cree Mariano Rajoy que hará en coalición con el socialismo poszapaterista? Aún más ignoto, ¿qué políticas querría hacer Mariano Rajoy, habida cuenta de que todo lo que ha hecho hasta ahora ha sido lo contrario de lo que prometió realizar en 2011?

A estas alturas, todo deberíamos tener claro que Mariano Rajoy no es un ideólogo, y su Gobierno tampoco. Su rechazo a las ideas quedó patente en su único discurso ideológico, el de Elche 2008, en que instó a los militantes liberales y conservadores del PP a que abandonaran el partido porque no había lugar para ellos. Nadie se marchó, el líder fue encumbrado en el posterior congreso de Valencia y la gestión burocrática quedó como la única alternativa viable y sancionada por las altas esferas.

De ahí los tres grandes errores del Gobierno de Rajoy:

– hacer una política de corto plazo, incapaz de abordar los problemas de España más allá de la siguiente encuesta, elección o composición de Gobierno;

– hacer una política de luces cortas, sin un programa real, sustentado e iluminado por ideas auténticas, con el único objetivo de navegar, sin que importe el rumbo;

– hacer una política del miedo, centrada en acobardar al PP, sin darle otra salida que cerrar filas en torno a la actual dirección, por poca o nula consideración que le tengan las bases populares.

Esta estrategia del miedo está pasando por convertir al PP, a sus militantes, simpatizantes y votantes en una masa inerme y temerosa ante el populismo izquierdista, sin ideas propias ni ofrecer alternativaalguna. Una masa pasiva e indefensa, entregada de manera casi borreguil a unos dirigentes que no le ofrecen más que ausencia de proyecto, nada de grandeza ni –aún menos– ilusión. Acobardar y emascular al partido, incluso al votante popular, es quizá uno de los peores delitos del marianismo-sorayismo. No nos extraña la huida masiva de votantes.

Y no es un problema únicamente de caras. Como muy bien ha apuntado Esperanza Aguirre en su reciente libro Yo no me callo, al PP le falta un relato de lo que es y a lo que aspira. Un relato basado en el orgullo de España y en la eficacia para mejorar y progresar de los valores liberales-conservadores. Ese relato ni se puede ni se va a construir con los actuales dirigentes, porque reniegan de él, amparados en los méritos de la buena gestión de los altos funcionarios del Estado que son.

Los retos y problemas de las sociedades occidentales exigen liderazgos fuertes y decididos, y el PP no puede permitirse más la abulia y la apatía del experimento marianista, basado en la falta de liderazgo. Debatir con los contrincantes nunca puede darle pereza a un buen político, como tampoco puede contentarse exclusivamente con hacer que el aparato administrativo del Estado esté bien engrasado. El PP debe perder el miedo a un liderazgo fuerte y decidido, y apostar por figuras que lo favorezcan. Por figuras que aspiren a llevar adelante las mejores políticas. Cómo lograrlo cuando no se convocan congresos abiertos o cuando se rechazan elecciones primarias, y sin ningún apetito por reformas electorales que aten más a los candidatos a sus electores, es la pregunta del millón. Pero el PP se juega su futuro si no es capaz de recrearse.

La alergia del marianismo a las ideas básicas de cualquier partido liberal-conservador es patológica. Nuestra sociedad no se puede permitir este partido zombi, que no tiene las ideas claras en materias básicas: el fomento del libre mercado y la igualdad de oportunidades; la evolución hacia un Gobierno limitado; la promoción de la libertad personal frente al Estado; la construcción de una defensa nacional fuerte; la defensa de la religión y de los valores tradicionales de nuestra cultura; el aliento de la responsabilidad del individuo y la búsqueda de la excelencia educativa… Como decía Richard Weaver, las ideas tienen consecuencias. Las buenas ideas tienen buenas consecuencias; las ideas socialistas tienen malas consecuencias. Y el no tener ideas conlleva la peor de las consecuencias imaginables: la entrega y rendición a las de los demás. Que es lo que ha alimentado el marianismo: la aceptación del marco ideológico socialdemócrata y la consiguiente desnaturalización del Partido Popular. Ahí están las declaraciones del ministro Margallo renegando de las políticas de austeridad (tan levemente aplicadas por su Gobierno, dicho sea de paso) como ejemplo bien reciente.

El marianismo-sorayismo se equivoca si cree que puede ganar excluyendo las ideologías. No fue Rajoy quien acabó con Rodríguez Zapatero. Fue la sociedad y en buena parte una mayoría social conservadora. A través de organizaciones cívicas, medios de comunicación y activistas políticos, la derecha social alcanzó entre 2004 y 2011 una visibilidad y una influencia determinantes. No fue Rajoy sino aquella abigarrada alianza liberal-conservadora lo que acabó con ZP. Rajoy también rompió con ella tras la victoria del 20-N de 2011. Pero la política hoy se basa precisamente en la suma de movimientos de la sociedad civil: el siniestro éxito de Podemos, aglutinando grupos dispares pero unidos, lo deja bien a las claras. Así es la política del siglo XXI, pero el PP marianista sigue teniendo una visión de la política del siglo XIX. Sólo aunando y reuniendo en un esfuerzo común a activistas provida, víctimas del terrorismo, asociaciones cívicas, laboratorios de ideas, clubes de empresarios, etc. podrá construirse una alternativa real.

Por último, recrear el PP es un elemento imprescindible del cambio en España, pero no suficiente. En gran medida, los males que nos aquejan provienen del papel central que en la Transición y en la Constitución se otorgó a los partidos políticos. Ha llegado la hora de devolverles a su sitio. Hay que poner punto y final a una partitocracia que ha contaminado todas las instituciones del Estado y de la débil sociedad civil. Pero para eso primero tenemos que encontrarnos con un liderazgo fuerte, con ideas, que esté dispuesto a hablar con realismo y sinceridad a los españoles. Y que esté dispuesto a asumir los riesgos necesarios. De lo contrario, a España sólo se le abrirá una disyuntiva: convertirse en la Venezuela chavista o languidecer plácidamente bajo el sol de nuestras playas.

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