La solemnización del Mal. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

En España se han rodado buenas películas de miedo como Los otros, Tesis y El Orfanato. Pero la gran película de terror española tiene formato interactivo y se llama ETA. Empezó en 1968 –cuando dos terroristas asesinaron al guardia civil José Antonio Pardines mientras regulaba el tráfico en una carretera de Guipúzcoa– y no ha terminado todavía. La justificación de la banda de asesinos vascos era la lucha contra la dictadura de Franco –sin atentados durante las tres primeras décadas del franquismo– para obtener la independencia del País Vasco. Durante medio siglo ETA ha asesinado a 857 personas. El año con mayor número de víctimas mortales fue 1980, cuando fueron asesinados 98 españoles, apenas tres años después de que la Ley de Amnistía General pusiera en libertad a todos los terroristas etarras. En aquellos tiempos los matarifes vascos todavía no usaban el coche bomba, su arma preferida para llevar a cabo masacres indiscriminadas. Durante los ochenta el promedio de asesinatos anuales fue de 30, ascendiendo a 52 en 1987 con las brutales matanzas de Hipercor y Zaragoza. De los protagonistas de esa siniestra película sabemos quiénes son, qué opinan, cómo se justifican, cómo viven, qué estrategias usan, qué armas prefieren. Durante años los asesinos etarras han empleado el victimismo para venderse como luchadores por la libertad de un pueblo oprimido. Esa cínica propaganda es un doble juego en el que ellos, los asesinos, dicen ser también las víctimas. Entretanto, las verdaderas víctimas, los centenares de españoles asesinados por ellos, parecían no existir.

ETA: la depredación

España ha financiado su propio terrorismo. En su libro ETA, S.A. (Planeta, 2011) el catedrático Mikel Buesa explica cómo funciona la economía depredadora de los terroristas, que al entrar en las instituciones políticas pasaron de la subvención a la financiación directa. El hecho de que en la Universidad Complutense exista una Cátedra de Economía del Terrorismo indica hasta qué punto ETA sabe matar para depredar. En España las víctimas del terrorismo, lejos de contar el apoyo de todos los españoles, están catalogadas en el ideario nacional como una reivindicación conservadora con frecuencia ignorada, cuando no humillada. Buena parte de la prensa española participa de este delirium tremens. Intentar explicar esto a un ciudadano de otro país occidental es una quimera. En las democracias veteranas los grupos terroristas se eliminan, no se justifican políticamente. Nadie acaba de entender la siniestra historia política española, como no logran comprender la laxitud de los gobiernos del PSOE y el PP. En 2010 Felipe González confesó que pudo “haber volado a la cúpula de ETA”, pero lo no hizo. Explicar esto a un político estadounidense o británico sería una tarea imposible. Ningún otro país occidental tiene veneración por sus terroristas.

La glorificación periodística del terrorismo

Estos días ETA ha irrumpido una vez más en nuestras vidas, cuando el periodista Jordi Évole ha entrevistado a Arnaldo Otegi, terrorista recién excarcelado que defiende el historial sanguinario de su banda y reivindica la violencia asesina como arma política. Ante este desafío, ¿cómo reaccionan los medios de comunicación españoles? En primer lugar, admirativamente. Con un trato preferencial. La noticia ha copado portadas, programas de información y tertulias, ocasionando trascendentales análisis y tiernas explicaciones de la conducta y la trayectoria de los asesinos. Animado por el apoyo infatigable que recibe, Otegi lleva tiempo oficializando un nicho de maldad sencillamente aterrador: la envidia de sus propias víctimas. Es injusto, dice, que el Estado honre a las familias de los asesinados y los supervivientes. ETA exige reciprocidad. Lo quiere todo. ¿Y por qué no? Nadie ha preguntado a Otegi si al demandar reciprocidad se refería a que España le pegara un tiro en la nuca a él. Corporativamente, la entrevista de Évole se ha catalogado como una de las mejores de la historia del periodismo español.

El marketing de ETA

ETA es una banda criminal que ha elegido la muerte como carrera profesional. Dado que los terroristas vascos odian al pueblo español y durante medio siglo han asesinado a casi un millar de ciudadanos inocentes, desde niños hasta ancianos, se les podría calificar de genocidas. Decía un sabio que todo lo que se hace con solemnidad pasa por ser razonable. El centrifugado del terrorismo español lo demuestra. La Historia, inmune a los gestos solemnes, nos juzgará a todos. Los únicos inocentes de esta siniestra quimera son los muertos.

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