Rajoy en el búnker. -Juan Pina/Vozpópuli-

Durante los años del llamado “montorato” se han intensificado hasta un nivel inédito los episodios de aparente utilización política de la Hacienda pública y de su aparato de investigación y control. Es difícil no pensar que la actual cúpula de Moncloa y Génova, con Mariano Rajoy a la cabeza y con su maquiavélica delfina en el ajo, no hayan hecho uso de la información privilegiadísima que obra en poder del fisco. Ni sería la primera vez ni será la última: el aparato fiscal del Estado es una herramienta más de control social y de conspiración política.

Muchos han denunciado los bandazos y el zigzag de unas autoridades fiscales sospechosamente exigentes en unos casos y sorprendentemente benévolas en otros. Si alguien había llegado a creer que todos somos iguales ante el fisco, estos años le habrán abierto los ojos. Atrás quedan ya las denuncias públicas sobre el presunto amparo a determinados documentos nacionales de identidad con pocos dígitos. Atrás queda también la sospecha de cierta relación entre las actuaciones de Montoro como ministro y su función previa como líder de un importantísimo despacho de asesoría,de cuya cartera de clientes formaba parte el “todo Madrid” por si acaso. Lo que sí es actual es la sorprendente inacción de Hacienda ante la financiación presuntamente irregular y exterior de Podemos, y, al mismo tiempo, los dos actos de esta última semana, de los que han sido objeto José María Aznar y José Manuel Soria.

No tengo la menor simpatía por ninguno de estos dos personajes, pero me parece bastante curioso que se les desactive políticamente justo ahora, con pública y durísima amonestación del ministro porque el escarnio es imprescindible. No han faltado durante estos cuatro años de desastre quienes han suplicado el regreso de Aznar a la presidencia del Partido Popular. No faltaron quienes vieron como una posible salida digna para Rajoy su sustitución al frente del Ejecutivo —no por nadie más, sino únicamente por su mentor— en aquel tremendo verano de 2013, cuando quedó instalada en el imaginario colectivo la más firme convicción de que llevaba muchos años cobrando de Bárcenas. No han faltado, en estos últimos meses de descomposición del aparato político del Estado, quienes han planteado soluciones de diversa índole, a veces delirantes, en las que Aznar habría jugado algún papel. Y, desde luego, no han faltado oportunidades de que el propio Aznar diga entre líneas que está disponible. La última, durante el homenaje a Vargas Llosa por su octogésimo cumpleaños, hace apenas unas semanas. Y justo ahora, golpe fiscal, descrédito moral y desactivación para cualquier esquema que alguien estuviera hurdiendo. Por si acaso. En estos últimos dos o tres meses también ha habido todo tipo de quinielas sobre la sucesión de Rajoy, y uno de los mejor colocados, tal vez incluso como posible candidato ante unas elecciones en junio, resultaba ser José Manuel Soria, el hombre de las eléctricas. Segundo golpe fiscal, esta vez a un adversario directo de Rajoy y Sáenz de Santamaría. Caramba, deberían comprar mucha lotería porque tienen una suerte que desafía las leyes de la estadística. Recordemos que esa misma baraka ya defenestró hace poco a otro potencial competidor, Rodrigo Rato.

Rajoy en La Moncloa recuerda cada vez más al Hitler del búnker berlinés, acosado ya por el Ejército Rojo y por sus fantasmas interiores mientras los combates más encarnizados se suceden a pocas calles de distancia. Es el momento de las purgas hasta ahora impensables y de la paranoia incluso sobre los más cercanos mientras el poder se agrieta a ojos vista. El viernes pasado, al tiempo que Soria renunciaba, Esperanza Aguirre —pelín mosca— decía en una entrevista que “cuando la Agencia Tributaria decide matar a alguien, lo mata”. Por una vez estoy de acuerdo con ella, aunque no deja de tener gracia el recelo personal que se deduce de sus palabras. Quizá mientras las pronunciaba acarició supersticiosamente la madera más cercana. No soy aguirrólogo pero creo interpretar algo así como “estos se han liado la manta a la cabeza y ya vale todo; y, como tienen dossieres tremendos de absolutamente todo el mundo, con o sin Panamá de por medio, aquí no va a quedar vivo ni el apuntador”. O sea, lo de Aznar y Soria, ¿es un aviso a todos los demás navegantes? ¿Algo así como “¡capitán en el puente!”, y todo dios a cuadrarse aunque el capitán sea un desastre y a nadie le guste? Lo que pasa es que en Panamá, o donde sea, está todo el que es alguien. Papeles debe de haber por toneladas, y nadie puede tirar la primera piedra. Y por eso en general no suele pasar nada, salvo en momentos excepcionales como el actual. El rol de Hacienda en los años de Rajoy recuerda al de Interior en los años de Felipe González. Cloacas del sistema.

Rajoy es como el emperador Claudio, pero mucho menos listo. Parece que está en su mecedora de abuelete leyendo el Marca, pero por detrás va un intrincado laberinto de maquiavelismos arriesgados y piruetas sin red con el único objetivo de mantenerse a cualquier precio en el poder. Es que seguramente percibe que, fuera del poder, sin influencia sobre las instituciones políticas y las instancias judiciales, será él quien se encontrará en una situación de alto riesgo personal. Sí, Hacienda mata. Nos mata a todos al quitarnos la mitad (que se dice pronto) de la riqueza que genera cada uno de nosotros. Pero sirve además para matar posibles adversarios. Podemos no lo es, sirve aún para seguir hundiendo al PSOE, y seguramente por eso a los cerebros de la presunta trama persa-caribeña no se les toca un pelo. Por ahora.

Es francamente buena la película alemana La caída, sobre aquellos últimos días de Hitler en el búnker. A quien no la haya visto le recomiendo hacerlo. Y pensar en Rajoy mientras la ve. Ahora que suicidarse, lo que se dice suicidarse… este es más de morir con las botas puestas tras llevarse por delate todo y a todos.

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