La caza. -Luis Herrero/Libertaddigital-

Los hocicos de los lobos siguen el rastro de la sangre. El alcalde de Granada, detenido y puesto en libertad con cargos, le hace la peineta a su partido y se niega a dimitir después de acusar a la cúpula de Interior, en manos correligionarias, de ordenar su caída en desgracia. El ministro de Industria, una especie de Trotsky en versión platanera, desaparece de la foto de familia del leninismo monclovita después de arruinar su reputación en el oprobioso cadalso de la mentira. Una triste parodia del ave fénix, aquel banquero finisecular que de madrugada le susurraba por teléfono sus proezas sexuales al Rey mientras media España le ponía como ejemplo a seguir, regresa a la cárcel por blanquear chapuceramente el fruto de sus fechorías pasadas. Un ex presidente del Gobierno, acorralado por la Agencia Tributaria, y un Óscar de Hollywood, pillado infraganti en la ominosa playa de un paraíso fiscal, se suman a la procesión de gigantes y cabezudos que recorre el esperpéntico callejón del gato de la iconoclasia nacional. Y, por si fuera poco, pillan con las manos en la masa de la burda extorsión a sus propias víctimas a los dos justicieros que más presumían de conducir a los poderosos ante las fauces de la Justicia. Todo esto ha ocurrido en la última semana. Parece como si en los minutos basura de esta legislatura que se resiste a morir se hubieran liberando los últimos humores pestilentes de su encarnadura cadavérica.

¿A quién culpar? ¿Sólo a la idiosincrasia carpetovetónica del alma colectiva? No. Los hocicos de los lobos siguen el rastro de la sangre. Y basta con echarle un ojo a la prensa no domesticada para darse cuenta de que Rajoy es el objetivo de la jauría. El tono de la crítica ha subido en intensidad. Que su desaparición política es condición necesaria, aunque no suficiente, para que las cosas empiecen a cambiar ya no es sólo una demanda recurrente del argumentario político de los partidos políticos que compiten con el PP -de todos, sin excepción-, sino también del análisis de eso que se ha dado en llamar la opinión publicada. Todas las cabeceras periodísticas menos una desayunan ya carne cruda de presidente en funciones a diario. Lo único que varía es el tamaño de la ración y la guarnición del plato. De ahí a que los votantes de la derecha incorporen a su dieta el mismo menú hay todavía un trecho, es verdad, pero no tiene por qué ser necesariamente largo. Antes o después, lo publicado y lo público son climas de opinión que tienden a converger en los puntos fundamentales. Que Rajoy es algo más que una calamidad, todo un obstáculo para la regeneración del ambiente político que respiramos en esta España de humores hediondos, es sin duda uno de ellos.

La conmiseración que inspiran las minorías atribuladas, o los individuos que se enfrentan en soledad a la reprobación multitudinaria, tiende a suavizar el tono de la crítica. Pero no es eso lo que está pasando. Al revés. El castigo a Rajoy es cada vez más duro. Y no tanto por culpa de los que critican, me parece a mí, sino por la actitud de los propios criticados. No hay ni en el PP ni en su líder ni si quiera el más mínimo signo de aceptación de un sencillo mea culpa. No merece el perdón quien no pide ser perdonado. El partido gobernante sigue a lo suyo, reclamando el derecho a seguir mandando que les otorga, según ellos, el mero hecho de haber conseguido la minoría mayoritaria de los escaños del Congreso. Aún no se han percatado de que lo adjetivo nunca puede más que lo sustantivo. Que sea la mayoritaria no significa que deje de ser una minoría, es decir, una condición ilegítima para imponer sin más las condiciones del Gobierno. Ni se disculpa el PP ante los electores que decidieron retirarles la confianza el 20-D ni se examina por dentro para tratar de ofrecer una cara distinta el 26-J. Lo primero les llevaría a hacer la autocrítica que aún no han hecho, y lo segundo les exigiría pedirle a su líder que rindiera las cuentas de su fracaso.

Una cita electoral tras otra, desde las europeas hasta las generales pasando por las andaluzas, las catalanas, las municipales y las autonómicas, el PP ha ido perdiendo apoyos en las urnas a un ritmo alarmante. En dos años ha logrado dilapidar casi todo el poder territorial que tenía, y eso que lo tenía casi todo, emulando el proceso que protagonizó el PSOE de Rodríguez Zapatero en la legislatura anterior. La diferencia es que Zapatero tardó ocho años en acabar con su patrimonio político y Rajoy lo ha conseguido en la mitad de tiempo. Por lo demás, ambos líderes han sabido ingeniárselas para perpetrar sus respectivos ejercicios de auto exterminio político en medio del silencio sepulcral de los corderos -diputados, concejales, alcaldes, consejeros y presidentes autonómicos- que son conducidos al matadero. Por increíble que parezca, los supervivientes del PP se dirigen cabizbajos y mudos al Waterloo del centro-derecha. Y sí, en efecto: me temo que Rajoy se cree Napoleón. Hasta ahí llega su grado de locura.

Como nadie se cree más tonto que la mayoría, las víctimas silentes que caminan hacia el degolladero son incapaces de escuchar las voces que, desde fuera, les advierten del peligro que les aguarda al permitir que les siga acaudillando el mismo jefe de la manada que les ha llevado hasta el borde del precipicio. Y si las oyen, las desprecian. Si ellos, que son los que se juegan el pellejo, no ven a Rajoy como la causa de su infortunio, ¿por qué deberían tener razón aquellos que, sin jugarse nada en el envite, le cuelgan ese sambenito? El propio Rajoy es el primer escéptico que se niega a verse a sí mismo como la criptonita del PP. No sólo no se ve como un problema, sino que se ve como la mejor solución. Está convencido de que volverá a ser presidente del Gobierno y que, gracias a eso, los suyos seguirán deambulando por los corredores del poder. De ahí que su apuesta haya sido, desde el principio, la repetición de las elecciones. Cree que un puñado de escaños de más, entre PP y Ciudadanos, le garantiza la investidura.

“El problema -me dijo hace un par de días un distinguido interlocutor del partido de Rivera- es que Rajoy no se ha dado cuenta todavía de que nunca más volverá a ser presidente del Gobierno. Está convencido que no podremos resistir la fortísima presión que tendremos para apoyar su candidatura a poco que mejoren las condiciones aritméticas tras la repetición electoral. Pero se equivoca. Nunca le apoyaremos. A él, no. Nunca. Y a Soraya, ya lo veremos. Yo creo que tampoco. Ellos tienen la impresión de que, como somos nuevos y aún estamos tiernos en esto de la alta política, seremos incapaces de mantener nuestra negativa hasta el final porque nos doblegará el ambiente. Creen que somos débiles. Bueno, pues ya saldrán de su error”.

El duelo está servido. Si Rivera aguanta el tipo, la caza de Rajoy habrá terminado. Y, para su desgracia, con éxito.

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