Qué debe hacer Europa ante el radicalismo islámico. -Daniel Ari/heterodoxias-

La invasión

Daniel Ari*

Es tan ensordecedor el ruido producido por la prensa digital y los medios sociales a propósito de los últimos atentados yijadistas en el corazón de Europa; son tan ambiguas, cuando no enfrentadas entre sí, las reacciones de los gobiernos europeos a la llegada masiva de refugiados de diversos países musulmanes, algunos en guerra y otros no, que conviene detenerse un momento, respirar a fondo e intentar –al menos intentar– separar el trigo de la paja.

Por lo que respecta a las recientes masacres de París y Bruselas, el diagnóstico es muy sencillo: estamos en guerra. Una guerra declarada formalmente contra Occidente con los brutales atentados del 11-S, hace ahora 15 años, y que la mayor parte del mundo, gobiernos y medios de comunicación incluidos, ha intentado durante todo este tiempo tratar como un hecho aislado, como un problema exclusivamente estadounidense, víctima de su política geoestratégica. Como si en el resto de Occidente no nos beneficiásemos de la política geoestratégica de los EE.UU., la única potencia mundial dispuesta, hasta la llegada de Obama al poder, a luchar, con sus grandes aciertos y sus grandes errores, por garantizar nuestro modo de vida, por mantener a raya los tentáculos del totalitarismo, por imponer derechos humanos y civiles donde estos brillan por su ausencia.

Cito el 11 de septiembre del 2001 como fecha de la declaración “formal” de la guerra contra Occidente porque nuestros enemigos empezaron mucho antes a golpear sistemáticamente todo lo que oliera a libertad. Si no, que se lo pregunten a los israelíes, que vienen sufriendo centenares de Parises y Bruselas desde hace varias décadas y que constituyen la primera línea de la batalla de Occidente contra la Yijad, aunque, en ese punto del planeta, Europa la justifique y hasta la financie. O que se lo pregunten a los cristianos de otros tantos países de Asia y África donde el Islam aún no ha conseguido imponer su hegemonía.

Bien. Estamos en guerra. Ese es el diagnóstico. De sencilla comprensión, salvo para nuestros progres culposos y culpables. El problema surge cuando consideramos el futuro. Puesto que no existe el menor espacio de compatibilidad entre su cultura y forma de vida y las nuestras, que son como dos trenes en trayectoria de colisión, debemos plantearnos algunas preguntas. ¿Qué quiere ser de mayor esta vieja y opulenta Europa hoy carcomida por la cobardía, el relativismo moral y el multiculturalismo? ¿Qué queremos hacer con todas las conquistas, con todo el progreso que hemos sido capaces de engendrar a lo largo de los siglos? ¿Y con los valores heredados de la tradición judeocristiana y de la Ilustración?

En las décadas de 1960 y 1970, durante el Wirtschaftswunder, Alemania firmó con Turquía (sin luces ni taquígrafos) un tratado para importar mano de obra barata desde allí. Tanto por razones similares, como por la deuda moral adquirida por las otrora metrópolis con sus colonias, otros países europeos se han ido llenando abrumadoramente de musulmanes. Hoy tenemos ciudades, pueblos y barrios europeos donde los musulmanes ya son mayoría o constituyen minorías numerosísimas; colegios públicos en los que todos los niños, musulmanes o no, están obligados a comer halal para no herir la sensibilidad de los musulmanes, y donde el genocidio de seis millones de judíos está fuera de planes de estudios, otra vez para no ofender a los musulmanes; mezquitas donde se reclutan yijadistas y se enseña a odiar la cultura de la sociedad de acogida ante la absoluta indiferencia de las autoridades; tribunales para “delitos menores”, tales como rencillas familiares, en los que rige la sharía, cuya gestión delegan las autoridades en los propios musulmanes para ahorrarse dolores de cabeza. Hoy tenemos estados, como Países Bajos, donde los críticos al radicalismo islámico o los artistas que exponen obras ofensivas para el profeta Mahoma son llevados ante los tribunales y los imanes que predican la violencia contra los no musulmanes o contra las mujeres musulmanas que no obedecen los usos y costumbres del islamismo pasan convenientemente desapercibidos; países, como Suecia, donde políticos y prensa hacen lo imposible por ocultar la identidad de los violadores cuando son musulmanes, y países, como Francia, que se están convirtiendo en judenfrei (¡en 2016!) por las agresiones permanentes de los musulmanes a los judíos y por la criminal negligencia de las fuerzas del orden.

Si bien es cierto que no todos los musulmanes apoyan el yijadismo ni son anti occidentales, también lo es que un número enorme de ellos prefiere vivir bajo la ley de la sharía. No lo digo yo, lo dicen encuestas encargadas por medios de información musulmanes en países musulmanes y europeos. Y este dato debería resultar tan preocupante como la concepción errónea y caricaturesca de que todos los musulmanes están a favor de la Yijad.

Lo que nos lleva al título de este artículo. Es verdad que somos objeto de una invasión (en el sentido estricto, no peyorativo, de la expresión): cientos de miles de musulmanes golpean con miedo o con rabia las puertas de Europa Oriental, ansiosos por unirse a otros millones que ya conviven, a menudo a regañadientes, con nosotros. Y es verdad que entre ellos hay una minoría que viene a Europa con el objeto de contribuir a la “guerra santa” contra los cruzados. Minoría en términos estadísticos, pero en cantidad suficientemente importante para comprometer nuestra seguridad.

Sin embargo, también es verdad que nuestra obligación es abrirles las puertas. Por razones morales, humanitarias y de cumplimiento del derecho internacional. Debemos abrirles las puertas para dejar entrar a los que tienen razones legítimas para pedir asilo. Y debemos controlar a cada una de las personas que entran. No solo cuando entran, sino durante su estancia en Europa. Esto no supone una violación de sus derechos ni de su intimidad, al menos no más de lo que países como Alemania violan diariamente esos derechos con sus medidas de control y el cruce de datos entre los distintas organismos administrativos. Si no lo estamos haciendo es porque no es políticamente correcto. Y la corrección política nos acerca cada vez más al precipicio: los ataques terroristas, los crímenes sexuales, los guetos en los que no se atreve a entrar la policía y el creciente abandono de las medidas coercitivas para hacer cumplir las leyes a los que, por razón de religión, se sienten amenazados por ellas, así lo demuestran.

Como medidas complementarias, debemos ejercer un mayor control sobre la actividad de las mezquitas; retirar el pasaporte e impedir la entrada a los ciudadanos europeos que se van a Siria o a Irak a unirse a grupos yijadistas o, en su defecto, recibir con la cárcel a los que vuelven; prohibir el uso del burka en las calles (no solo por la dignidad de las mujeres, sino también por nuestra seguridad); prohibir los tribunales de la sharía y la imposición de costumbres y leyes islámicas como la de la alimentación halal, que no son sino formas de imponer el islam en nuestras sociedades. Debemos abrirles las puertas y, además de brindarles los derechos de los que carecen en sus países de origen, exigirles el cumplimiento de las obligaciones a las que nosotros mismos estamos sujetos.

Y, sobre todo, junto con los esfuerzos por aceptar e integrar a los que llegan, debemos dejar de enseñar memeces de multiculturalismo, corrección política y relativismo moral a nuestros hijos. Un asesinato es un asesinato; da igual la adscripción religiosa o ideológica de quien lo comete. El maltrato a una mujer es el maltrato a una mujer; sin importar lo que diga el guía espiritual de turno o el libro sagrado del que la maltrata. Debemos hacerlo por nuestros hijos si queremos que crezcan como individuos íntegros y libres. Y si queremos seguir siendo Europa, claro.

*Daniel Ari es diseñador gráfico, traductor y fotógrafo. El artículo es una contribución al blog Heterodoxias.

Ver artículo original publicado por Cristina Losada en Heterodoxias:

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