La última sorpresa de Kim Philby, el mayor traidor de la Guerra Fría. -Luis Ventoso/ABC-

Una filmación de 1981 destapada por la BBC muestra al espía inglés instruyendo a agentes de la Stasi: “Mi consejo es no confesar jamás”.

El espía inglés Kim Philby murió hace 28 años en su piso de Moscú, donde vivía con su cuarta mujer, alcoholizado y bastante deprimido. Tenía 76 años y el paraíso del proletariado, por el que traicionó a su país durante tres décadas pasando secretos a la Unión Soviética, resultó no ser lo previsto. «Fue comunista hasta el final, pero para él supuso una gran conmoción ver a pobres con harapos por Moscú. Comprobó que las promesas del comunismo no se habían hecho reales», ha contado Rufina Pukhova, su última esposa, a la que el contumaz mujeriego llevaba 20 años. Cuando le preguntaban qué consideraba más importante, si el partido o su familia, el espía jamás dudaba: «El partido, por supuesto».

Philby, carente de todo escrúpulo, un mentiroso con nervios de acero inoxidable, resultó un topo tan eficaz e implacable en el corazón del MI6 queStalin siempre sospechó que era un doble agente británico. Debido a esas suspicacias, el dictador lo sometió durante años a lo que en la práctica venía a ser un arresto domiciliario. Solo en sus últimos días se mejoraron sus condiciones, incluidas remesas de Inglaterra con su añorada mermelada y mostaza. Ya muerto, recibió un funeral de héroe rojo, con máximos honores, rango de coronel de la KGB y hasta un sello de correos.

Personaje de película, antes de ser distinguido con la máxima condecoración soviética había sido elevado a oficial de la Orden del Imperio Británico. Corría 1946 y todavía se le consideraba un probo servidor del establishment. Pero todavía hay más: como corresponsal de «The Times» –y espía para los británicos– cubrió la Guerra Civil española desde el bando de Franco, con cálidas crónicas a favor de los sublevados. Acabó recibiendo de manos del propio general la Cruz del Mérito Militar, tras sobrevivir al impacto de un obús republicano contra su coche en la batalla de Teruel, que mató a otros tres corresponsales anglosajones que viajaban con él.

Aunque en realidad es un personaje despreciable, que con sus delaciones provocó la muerte de centenares de agentes y activistas, Kim Philby conserva una aureola legendaria y de cuando en vez sigue deparando sorpresas ultratumba. Esta semanala BBC ha divulgado una filmación de 1981, grabada en Moscú, en la que se puede ver al desertor, ya septuagenario y con unas aparatosas gafas de pasta,impartiendo una conferencia a agentes de la Stasi, el servicio de espionaje que controlaba cada susurro en la RDA. La grabación fue hallada en los archivos de la Stasi en Berlín.

Kim Philby había nacido en Punjab en 1912, hijo de un funcionario imperial en la India, un explorador que luego se convirtió excéntricamente al islamismo. El desertor arranca su alocución a los espías comunistas alemanes con un «Queridos camaradas», pronunciado con su perfecto acento «upper class» de graduado de Cambridge. Les explica que pudo mantener su colosal engaño durante tanto tiempo por pertenecer a la casta patricia inglesa: «Debido a que había nacido en la clase dirigente británica, y porque conocía a un montón de gente influyente, yo sabía que nunca serían demasiado duros conmigo. Nunca me iban a pegar, porque si al final se probase que estaban equivocados se formaría un tremendo escándalo».

Algunos especialistas ingleses creen que peca de vanidoso al presentarse así. Consideran que en realidad nunca logró ser totalmente aceptado en el corazón de la Inglaterra aristocrática, que por entonces hacía de menos a las familias procedentes de la India. El físico de Kim Philby dejaba traslucir además unas gotas de sangre mestiza, en una Inglaterra que seguía siendo bastante racista y también sutilmente antisemita. Su nombre real era Harold Adrian Russell Philby. El apodo de Kim se lo dieron por el niño de las selva de los relatos de Kipling.

Su modus operandi

El desertor explica a los espías de la Stasi cómo era su modus operandi en los cuarteles generales del espionaje británico en Londres. Cada día salía con su maleta llena de informes y documentos, su enlace en la KGB los fotografiaba y al día siguiente «los devolvía temprano a su lugar; lo estuve haciéndo así durante años». Kim incluso se chotea un poco de sus excompañeros ingleses: «Ustedes habrán oído que el servicio secreto británico es una organización de una eficacia casi mítica, verdaderamente muy peligrosa. Pues bien, en aquel tiempo desde luego no lo era».

Lo notable es que mientras espiaba a manos llenas para los rusos, Philby, uno de los cinco topos comunistas que formaron el llamado «Anillo de Cambridge», ascendía en el escalafón del MI6. En lo que casi parece un chiste, llegó a ser jefe del servicio de contraespionaje frente a los soviéticos. En 1949 fue destinado a Washington con puesto estelar: enlace entre el espionaje inglés y la CIA. Allí dio su golpe maestro, también el más letal: informó a los rusos de un plan en curso para enviar luchadores anticomunistas a Albania. Esa delación costó docenas de vidas. Para lavar la conciencia, y siempre con su ego bien arriba, alegaba después que «con aquello evité la Tercera Guerra Mundial».

En 1950, Philby alertó a otros dos traidores ingleses prosoviéticos de que las sospechas se cernían sobre ellos, Guy Burgess –el homosexual hedonista que lo había introducido en el MI6- y Donald McLean. Al año siguiente ambos huyeron a Moscú. La situación de Kim se tornó enormemente comprometida, insostenible. Bastaba con sumar dos y dos para concluir que él era «el tercer hombre».

En julio de 1951 fue apartado provisionalmente del MI6 e interrogado por el apodado como «Buster», un especialista que sabía cómo apretar. Ninguno de los asistentes a aquellos interrogatorios se creyó por un minuto la versión de Philby. Pero sobrevivió. ¿La clave? Se la explicó él mismo a los agentes de la Stasi en su conferencia del 1981: negarlo todo siempre, no confesar jamás. Ese fue la lección principal en su charla a los alemanes: «Si no confesaba, ellos no podían encarcelarme. Así que todo lo que tenía que hacer era mantener la calma. Ese es mi consejo: jamás confeséis». La filmación recuperada tiene la curiosidad de que Philby es presentado por Markus Wolf, legendario jefe del espionaje alemán, eficaz y escurridizo, era conocido por sus enemigos occidentales como «el hombre sin rostro».

Tras la polvareda de la deserción a Moscú de sus dos íntimos, Philby se reincorporó rápido al servicio. Pero en 1955 fue por fin apartado definitivamente del MI6. Entonces montó su mayor espectáculo: una rueda de prensa en casa de su madre. Vestido con su traje de raya diplomática, tranquilo y bastante sonriente, los periodistas que atestaban la sala del domicilio le preguntaron si era comunista: «No», zanjó impertérrito quien se había afiliado a comienzos de los años treinta. Doblez hasta el final de un hombre al que nadie llegó a conocer realmente. Un enigma al que nada importaron ni sus mujeres ni sus hijos, a los que dejó tirados. Un liante, que ya mayor, todavía se las apañó para ligarse en Moscú a la mujer de McLean, otro de los desertores.

Confesión

Con tantas sombras cercándolo, Philby se marchó a trabajar como periodista a Beirut, pero todavía continuaba prestando servicios al MI6. Hasta el Líbano viajó uno de sus antiguos compañeros, el honesto Nicholas Elliott, que fuera amigo íntimo de cenas, tertulias snobs y copas. ¿Su misión? Arrancarle la confesión definitiva. El 10 de enero de 1963, Elliott logró que su amigo asumiese verbalmente sus tres décadas de traición. Seis días después, Kim fue convocado a una cita en la Embajada británica. Temeroso de una celada y la deportación, llamó a su enlace del KGB en Beirut y preparó su huida.

El 23 de enero de 1963, en una noche de cruda tormenta en Beirut, se produjo uno de los hitos de la guerra fría: Kim Philby embarcaba en el carguero «Dolmatova» rumbo a Odessa y de allí, a Moscú, la capital a la que había rendido obediencia desde su juventud. La fuga pudo consumarse porque el agente del MI6 encargado de vigilarlo se había marchado a esquiar al saber que había nevado en las montañas del Líbano. Una vez más, el aire «posh» del espionaje británico se había aliado con los intereses de Philby.

Nueve años antes de que zarpase el mercante desde Beirut, el líder conservador Harold Mcmillan había asegurado solemnemente en la Cámara de los Comunes que Philby no era «el tercer hombre».

Triste y amargado en un Moscú que lo defraudó con su grisura y sordidez, el viejo espía seguía el mundo del críquet, deporte que lo apasionaba, escuchaba la BBC internacional, disfrazaba sus comidas con la clásica salsa Worcestershire y leía las novelas risueñas de P. G. Wodehouse. Morriñas inglesas del mayor traidor a Inglaterra.

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