Mundo líquido. -Hermann Tertsch/ABC-

Dicen que estamos en el mundo desarrollado occidental ya en una sociedad líquida, parafraseando al viejo Zygmunt Bauman. Somos ya una inmensa comunidad humana que ha destruido sus dioses, sus certezas, que vive ya sin anclajes inamovibles, sin convicciones sagradas, sin referentes y referencias irrenunciables. Todo fluye, en ese inmenso recipiente plano en el que los vaivenes de la actualidad cambian oleaje y corriente y los individuos se concentran en flotar con la cabeza fuera desde que nacen hasta que mueren. Dejándose llevar siempre por los movimientos más convenientes del fluido para no perder esa fuerza necesaria para lo más importante, para lo único importante, sobrevivir. Ir a contracorriente distrae energías y concentración de la única obsesión que, salvo muy pocos inadaptados, todos comparten, que es el seguir vivo. Todo el mundo moderno quiere llegar a muy viejo a toda costa. Y ninguna miseria de la vejez, sus terroríficas cuitas, tristezas y dependencias, disuade de ello. Apenas quedan ya excéntricos dispuestos a sacrificar la vida por una idea y por una causa. Habría todavía mucha gente dispuesta a dar su vida por salvar la de los hijos. Pero en esta evolución de negación sistemática del compromiso es lógico pensar que los individuos, al igual que ya se desentienden de sus progenitores, también lo hagan pronto de sus crías. Nadie sabe cuánto se sostendrán estos últimos instintos de la especie en las sociedades modernas del bienestar. Aunque el final puede venir por un cambio radical en un sentido distinto.

Porque, pese a lo pequeño que es el planeta Tierra, lo cierto es que, junto al mundo líquido del que hablamos, tenemos humanos, muchísimos humanos, que no están en nuestra tan angustiosa como placentera fiesta del bienestar. Hay miles de millones de seres humanos que no piensan en su persona como el único valor decisivo en su conducta y pensamiento. Son muchos los pueblos que aún crían a los niños en convicciones y creencias por las que matar y morir, por las que alcanzar la grandeza del reconocimiento entre los propios, por las que sacrificar una vida larga, en aras de una religión o de la nación o de la riqueza y el poder o la armonía de esos hijos. Y sufren con atentados, guerras, matanzas, enfermedades y brutalidad, pero tienen motivos suficientes para vivir, multiplicarse, luchar y matar, y también suficientes para morir y nacer. ¿Y nosotros? Hasta hace poco partíamos en el mundo desarrollado de esa convicción tan soberbia de la Ilustración de que quienes conocen lo que conocemos nosotros quieren ser como nosotros y vivir como nosotros. Eso ya solo lo pretenden los más ilusos que creen que no hay mil millones de musulmanes en la fiesta plañidera en la plaza de la Bolsa de Bruselas porque no se han enterado de nuestras ceremonias autocompasivas. Lo cierto es que son miles de millones los que que no quieren ser como nosotros. No solo musulmanes. Quienes aquí han renunciado a toda creencia, convicción y referencia de todo lo que a nuestros mayores les llevó a construir nuestro mundo occidental pretenden que se adhieran a las conductas del mismo quienes en absoluto lo pretenden. A una forma de vida en libertad que ellos no quieren y nosotros hemos dejado de defender. Incapaces como somos de ello, flotantes con la cabeza fuera, con bocanadas al aire para llegar a viejos. Nuestro mundo líquido, con sus conquistas materiales y su bienestar, el mejor mundo por ser el más justo, eficaz, compasivo, bondadoso e inteligente jamás habido, agoniza porque ha abolido la base de su éxito, que es el compromiso, con las formas y el fondo profundo de una comunidad en el reino de la ley de seres iguales creados a semejanza de Dios.

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