Bélgica en su laberinto. -Gabriel Albiac/ABC-

 

La Gran Mezquita de Bruselas fue inaugurada en los años sesenta. Financiada por Arabia Saudí y bajo tutela del radical clero wahabita. Allí se formó el núcleo duro del yihadismo europeo.

–Medio siglo después. Era un 9 de septiembre, cuando el comandante Masud recibe, en Afganistán, a dos periodistas europeos. Nadie podía prever lo que sucedería dos días más tarde. Masud, héroe militar contra la URSS, era la única esperanza de un Afganistán libre frente a los talibanes. Apenas iniciada la entrevista, el cámara pulsa su cinturón explosivo. Y Masud muere camino del hospital. Con él se va la última esperanza de un poder afgano no islamista. 48 horas después, dos aviones se incrustarían en las torres de Manhattan. Una guerra empezaba. Ésta en la cual vivimos. Los asesinos de Masud eran yihadistas tunecinos de Al-Qaeda formados en Bélgica. La carta de recomendación de la que hicieron uso para llegar hasta el comandante afgano había sido redactada en el ordenador del número dos de Bin Laden, Ayman Al-Zawahiri. Afganistán quedaba, a partir de ese día, bajo la exclusiva potestad política y religiosa de Al-Qaeda.

–En mayo de 2014, Mehdi Nemmouche, asesina a punta de kalashnikov, a cuatro visitantes del Museo Judío de Bruselas. Nemmouche había completado el ciclo que lleva de pequeño delincuente a asesino yihadista en la madriguera salafista del Molenbeek del cual procedía y donde recibió su primer adoctrinamiento y sus primeras lecciones en el manejo de las armas.

–El 21 de agosto de 2015, dos soldados estadounidenses de vacaciones y un pasajero francés frustran la matanza general que, en el tren Thalys que hace el recorrido de Ámsterdam a París, trata de ejecutar un yihadista armado hasta los dientes. Ayoub El-Khazani provenía de Molenbeek. Como, con casi seguridad, de Molenbeek provenían su kalashnikov, sus nueve cargadores y su pistola automática.

–París, noviembre de 2015. Doscientos asesinados en un concierto de rock and roll y en varias cafeterías colindantes, atentado fallido contra el Estadio de Francia, repleto de aficionados al fútbol y presidido por François Hollande. Todos los asesinos provenían de Molenbeek. El último de ellos, Salah Abdeslam, no pudo ser detenido hasta hace una semana. Durante todo un año, permaneció oculto en esa comunidad al margen de la legalidad belga.

Pero no es de ahora esta tragedia que hace de Bélgica la plataforma principal del yihadismo en Europa. Desde los años sesenta, los atentados antisemitas fueron allí una rutina: en 1969, atentado con granada contra tripulantes de la línea israelí El-Al; en 1979, lanzamiento de granadas contra viajeros israelíes en el mismo aeropuerto de Zaventem en el que se produjo la matanza de anteayer; en 1980, lanzamiento de granadas contra un grupo de escolares judíos en Amberes, un chaval de quince años muerto; en 1981, coche bomba ante la sinagoga de Amberes, tres muertos; en 1982, ametrallamiento de la sinagoga de Bruselas…

Entre tanto, Bruselas se había convertido en la capital de Europa. De la UE, al menos. Y es ése el paradigma de la esquizofrenia en la cual vive nuestro continente. En el mismo espacio, el centro institucional de lo que decía aspirar a ser una primera potencia y la fortaleza blindada de ciudades (Molenbeek en primer lugar, pero no sólo) en las cuales no hay más legalidad vigente que la sharía. Los islamistas se saben en guerra contra una Europa democrática, laica y, por tanto, intolerable. Dan esa guerra. ¿Sabremos, frente a ellos, darla nosotros?

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