O César o nada. -Jordi Cañas/Libertaddigital-

Aut Caesar aut nihil, leía Cesare Borgia cuando desenvainaba su espada. Grabada en la hoja como su divisa personal, le recordaba el grito que resonó en las riberas del Rubicón cuando los soldados de las legiones de Julio César respondieron al general romano al decirles éste que no estaban obligados a seguirle y cruzarlo, porque hacerlo, y entrar con armas en el territorio de Roma, significaba desafiar al Senado, ser declarado enemigo de la República e iniciar una guerra civil. “O César o nada”, bramaron al unísono. “Alea iacta est”, la suerte está echada, dijo César.

Palabras que se dijeron una fría noche del 11 de enero del año 49 a. C. han devenido con el paso del tiempo un arquetipo de la determinación, del arrojo, del valor… de la decisión ambiciosa que marca el destino y aquilata el carácter de una persona. O César o nada trasciende como idea de que alguien no está dispuesto a asumir un cargo o responsabilidad menor de la que ya tiene o pretende.

Las elecciones del 20-D dieron como resultado un endemoniado panorama político que buscaba actor protagonista. Un reto, un desafío que requería decisión. La aritmética parlamentaria abría un escenario nuevo, de extraña complejidad, a la hora de sumar los apoyos necesarios para investir presidente del Gobierno y poner en marcha la legislativa con un nuevo Gabinete.

Mariano Rajoy tenía la lógica y los resultados de su lado. Ambas llamaban al candidato del partido más votado en las elecciones a asumir su responsabilidad y dar el paso. Las dificultades eran enormes y la derrota probable. El reto formidable y la oportunidad ineludible. O César o nada. Ante ello, Mariano Rajoy optó por su particular visión del nihilismo: nada.

Pedro Sánchez parecía derrotado. Sus resultados pésimos. Una buena parte de su partido que velaba armas para sustituirlo al frente de la Secretaría General y acabar con su carrera política. Inesperadamente, como en tantas ocasiones surgen esos momentos que marcan el destino de los hombres, apareció la oportunidad de liderar la formación del nuevo Gobierno. Las dificultades eran enormes. El coste personal y político, desconocido. La alternativa, definitiva. Debía optar. O César o nada: César.

No sé si Pedro Sánchez y Mariano Rajoy conocen divisa del que fue para Maquiavelo un modelo de hombre de Estado. Ni Sánchez ni Rajoy serían nunca personajes paralelos ni de César ni de Cesare para Plutarco. Poco importa. En el fondo todos representamos en nuestras vidas momentos pasados como malos personajes que actúan en papeles protagonistas de obras que ignoramos.

Ante la encrucijada, en la ribera de su destino, cada uno ha tomado una decisión. Y, más allá del camino que les deparen el tiempo y las negociaciones en el futuro cercano, uno ha optado por ser César y el otro por ser nada.

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