El liberalismo suicida. -Luis Herrero/Libertaddigital-

En esta fase de compás de espera en que nos encontramos tampoco parece que el PP quiera significarse como un partido de fuertes convicciones. Las dos últimas señales que ha emitido Rajoy han sido que si no es con él al frente del cotarro los suyos se negarán a cualquier acuerdo de investidura y que el “no te ajunto” a Sánchez puede más que el pacto que suscribieron los partidos constitucionalistas para hacer un frente común ante el desafío catalán a la unidad de España. Antes del 20-D promovía reuniones y favorecía fotografías que le hacían aparecer como un estadista que buscaba consensos en materia de política territorial. Ahora, antes de recurrir al TC las medidas concretas que impulsa la Generalitat de Cataluña para avanzar en su plan de hacer rancho aparte, ya sólo habla -y por teléfono- con Albert Rivera. Con el líder de la oposición, que además es candidato a la presidencia del Gobierno por decisión regia, ni eso. Diríase que la única convicción de Rajoy es Rajoy, su pompa y su circunstancia.

El PSOE, en cambio, se esfuerza en mandar otro tipo de señales. No digo que sean sinceras -aunque no lo descarto-, pero es seguro que son más inteligentes. El no al Gobierno a cualquier precio, la delimitación de líneas rojas, el rechazo a la propuesta exclusiva y excluyente dePodemos y la apertura inicial al entendimiento con Ciudadanos parecen indicar que los socialistas han entendido mejor que los populares el origen de sus desgracias electorales y que se disponen a rectificar el rumbo.

Los cabezas de huevo de la izquierda, tras las elecciones de 2008, se quedaron muy sorprendidos por el hecho de que Zapatero no alcanzara la mayoría absoluta. Estaban inicialmente seguros de que la llamada “política de crispación” que el PP ejercía por entonces se la iba a servir en bandeja. Lo lógico -pensaban- era que los votantes moderados huyeran de la beligerancia continua que proponía una derecha encastillada en los anatemas a la política antiterrorista y a la cuestión territorial y que buscara el remanso del buenismo zapaterista. Pero no fue así.

El sociólogo Julián Santamaría, en un estudio post electoral publicado en la revista Claves en junio de 2008, concluyó que una porción significativa del votante socialista moderado había votado al PP “al sentirse más atraído por su actitud ante cuestiones como el Estatuto Catalán y la política antiterrorista”. La Fundación Alternativas, también en la órbita del PSOE, llegó a una conclusión idéntica: “la estrategia de la crispación ha privado a los socialistas de una parte del voto de centro del que disponían al principio de la legislatura y que podría haberles dado la mayoría absoluta. El discurso territorial del PP parece haber calado, provocando algún trasvase de votos desde el PSOE. Si Zapatero consiguió repetir la victoria fue gracias a los apoyos de los votantes nacionalistas y a la movilización de la izquierda”.

Pero ahora la izquierda se moviliza en torno a Podemos -por eso capitanea Sánchez un escuálido grupo parlamentario de 90 escaños- y al PSOE no le queda más remedio que recuperar a los votantes moderados que se fueron de sus filas atraídos por la fortaleza del antiguo discurso del PP: unidad de España y punto final al proceso que puso en marcha el pacto de Zapatero con ETA. O el PSOE esgrime con fuerza esa convicción, o está muerto. Por eso creo que no habrá Frente Popular. Con la izquierda en el capacho de Iglesias y los nacionalistas lanzados a su propia aventura, al PSOE sólo le queda el voto moderado. Sin él se movería en el abismo de una soledad absoluta. En esa clave interpreto los primeros movimientos post electorales de Pedro Sánchez. Al menos, tienen lógica.

Los de Rajoy, en cambio, carecen de ella. La derecha aún no se ha dado cuenta de que al huir de sus convicciones se aleja de su fortaleza. Lo explica Miguel Angel Quintanilla en un brillante artículo que publica el último número de la revista Cuadernos, editada por Faes. Tras la derrota en 2008 Rajoy concluyó que la llamada “política de crispación” hizo que el PP fuera percibido como un partido extremista, reaccionario, carca, condenado al aislamiento y a la falta de interlocución y de capacidad para llegar a acuerdos, y decidió liquidarla con deshonor en el Congreso de Valencia. Muerte al “liberalismo antipático” (porque sus prejuicios doctrinarios y sus arraigadas convicciones eran un lastre para la necesaria neutralidad moral que exigen las mayorías de gobierno) y larga vida al “liberalismo paradójico” que promueve la gran convicción de una política sin convicciones. Dado que vivimos en una sociedad sin referencias, sin criterios y sin propósitos -razonaron los arriolos de turno-, el político no tiene más que seguir su corriente para tener éxito. Lo único que hay que hacer es ponerse al servicio de una sociedad ordenada alrededor de una gran mayoría de gente sin convicciones y reducir el juicio ético de qué y quién es bueno y qué y quién es malo a posiciones irrelevantes para no provocar rechazos innecesarios.

El PP salió del Congreso de Valencia -el de la apoteosis caudillista de Rajoy- con la idea de que si quería ensanchar su base electoral, corregir la percepción extremista que padecía, romper el aislamiento y fortalecer su presencia en Cataluña y en el País Vasco necesitaba des-moralizarse, remolonear en torno a un vago centrismo vacío de convicciones y de prejuicios doctrinarios donde sacar el mayor provecho de las cosas.

La victoria de 2011 le hizo creer que esa nueva estrategia de vaciedad política había sido un éxito en toda regla. No entendieron que se había producido por el suicidio del PSOE: el manejo que hizo de la crisis dejó a la izquierda en su casa -donde ha permanecido hasta la llegada de Podemos- y la falta de fortaleza en materia de política territorial y antiterrorista provocó que el votante moderado acabara dándole definitivamente la espalda. Rajoy llegó al Gobierno creyendo que el éxito electoral devenía de la eficacia del nuevo “liberalismo paradójico” alumbrado en Valencia y se dispuso a seguir abrazado a él durante el tiempo que durara su mandato presidencial. Las consecuencias de ese disparate han resultado funestas. Quintanilla lo resume muy bien en su artículo de Cuadernos: “Llegada la crisis y obtenido por ello el Gobierno no se disponía de una propuesta capaz de abordar la ineludible restricción presupuestaria forzada no por los excesos del liberalismo antipático, sino por los de la posmodernidad simpática. Nada con lo que ayudar a que la vida social esquivara el miedo, la anomia y la corrupción, precisamente porque disponer de esa propuesta y de cuanto se necesita para darle operatividad práctica se consideraba ahora algo inapropiado y antiguo: una idea de comunidad política basada en valores y propósitos compartidos, afirmados y considerados mejores que los demás. Algo capaz de transformar el sufrimiento en sacrificio y de mantener unido al país en torno a una idea superior mientras las reformas indispensables eran abordadas con alguna intención comprensible. Algo con lo que diferenciar lo bueno de lo que no lo es, lo verdadero de lo que no lo es, un criterio de civilización”.

Si Rajoy apostó por la neutralidad moral y la ausencia de prejuicios doctrinarios -otrora convicciones- con el objetivo de ensanchar su base electoral, corregir la percepción extremista que padecía, romper el aislamiento, afirmar el deber teórico de la virtud pública y fortalecer su presencia en Cataluña y en el País Vasco, el tiro le ha salido por la culata: ronda el techo de Fraga, sus electores están en el córner derecho de la escala ideológica, sigue siendo presa fácil para los cordones sanitarios, es el paradigma de la corrupción y su presencia en Cataluña -pronto veremos en el País Vasco- roza la irrelevancia. ¡Pleno al 15!

Rajoy aún no lo sabe -su manera de actuar en esta fase de compás de espera así lo demuestra-, pero el “liberalismo paradójico” que salió del cacumen del nuevo PP ha mutado en liberalismo suicida. Fascinante.

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