La emergencia social de la que nadie habla. -Javier Benegas/Vozpópuli-

En su libro Algo va mal, Tony Judt (1948-2010), uno de los gurús del socialismo que más han denostado la presunta deriva liberal iniciada en los 80, aprovechaba elcrac financiero de 2007 para hacer una encendida crítica a la política “neoliberal” con la que Margaret Thatcher, entre otros personajes, intentó poner coto al creciente poder del Estado. Para Judt, lo que él llama “razonamiento económico convencional”, salió muy mal parado cuando fue incapaz de anticipar el colapso bancario de 2007. Y se lamentaba que pese a ello no parezca derrotado.

Judt criticaba con extrema dureza -tal y como hace la izquierda en general- que el “pensamiento único” se impusiera en los 80 (lo que los socialistas y marxistas de todos los partidos señalan como Consenso de Washington), acotando el comportamiento humano en términos de “elección racional”, un esquema según el cual todos somos criaturas económicas que persiguen sus propios intereses (“la maximización del beneficio económico”) sin casi referencias a otros criterios como el “altruismo”, la “abnegación”, los “gustos”, los “hábitos culturales” o las “metas colectivas”.

Tenía razón Judt en tanto que cuestionaba que los agentes sólo actuaran movidos por la maximización del beneficio en un entorno donde la información era perfecta. Hoy muchos sabemos, o al menos sospechamos, que no es así. Y no lo es ni para el Mercado, tal y como objeta Judt, ni tampoco para el Estado y los planificadores, tal y como argumentan los clásicos. Precisamente, el Neoinstitucionalismo económico ha intentado llenar ese vacío y despejar algunas incógnitas, aunque como el propio Douglas North reconocía, al final plantee más preguntas que respuestas y, evidentemente, ambos bandos hayan aprovechado para echar tierra sobre el asunto.

Sin embargo, ese “algo va mal” alude a un fallo nebuloso; un error a la vez ético y matemático, cuya imposible mecánica celeste sólo puede explicarse mediante ecuaciones en las que se mezclan sentimientos y teorías, creencias y datos… agua y aceite. Y diríase que es más un intento desesperado para retrotraer la Historia, arrancando de cuajo las últimas tres décadas por haber significado la derrota de ese altruismo (léase socialismo), que un ejercicio honesto para comprender y explicar las complejas transformaciones en las que estamos incursos desde hace ya tiempo, y que, desde luego, van mucho más allá de la simple dialéctica egoísmo vs altruismo.

Pese a todo, Judt tiene razón en que algo va mal. Pero equivoca las coordenadas temporales. El mal funcionamiento es anterior al periodo en el que se cebó la burbuja financiera. De hecho, es incluso anterior a 1980. Para aquellos que lo hayan olvidado, la crisis de los 70 lo que evidenció fue el colapso de un colectivismo que había convertido al Estado en el centro del universo, desplazando al individuo y obligándole a orbitar a su alrededor. Y si de algo se puede acusar a quienes intentaron revertir la situación es de haber fracasado a la hora de desburocratizar la sociedad, lo cual no tiene que ver necesariamente con liquidar partes esenciales del sistema de bienestar.

El hecho cierto es que, con más o menos hospitales públicos, más o menos becas universitarias, más o menos líneas ferroviarias nacionalizadas, autopistas estatales, redes de saneamiento colectivas, la complejidad burocrática ha ido en aumento con o sin neoliberalismo. Todos los gobiernos del mundo desarrollado, y a su estela también hay que incluir a los de los países emergentes, han incurrido en la hiperlegislación. De hecho, el Estado moderno es un problema, más que por lo que directamente sustrae vía impuestos (que también), por los costes de transacción que impone el desdoblamiento infinito del proceloso marco legal de los Estados altruistas, lo cual ha contribuido, entre otras cosas, a que la industria convencional dejase de ser atractiva para el capital.

Para hacerse una idea del horror burocrático al que hemos ido a parar basta con ver un modelo a cumplimentar de la Declaración de la Renta Simplificada (eufemismo donde los haya). O contemplar un modelo 036 o 037, para comprender por qué hasta el trabajador autónomo más modesto necesita los servicios de un asesor a la hora de “relacionarse” con la Hacienda Pública. Asesor que también precisará un trabajador por cuenta ajena si quiere entender las partes en que se desdobla su nómina y al que, por supuesto, acudirán muchos llegada la hora de ajustar cuentas con el fisco. De hecho, el mapa web de la Agencia Tributaria es la expresión supina del apocalipsis silencioso de la sociedad moderna. Si así es el camino que conduce al paraíso en la tierra, imposible imaginar cómo será el que conduce al infierno.

Desgraciadamente, detrás de la creciente burocracia hay muy poco altruismo. Sucede justo lo contrario: el altruismo que Judt defiende, el que delega en el Estado, lleva aparejado un sistema de acceso restringido, un entramado complejo, confuso y opaco del que, precisamente, se valen los buscadores de rentas, los grupos de interés y los políticos para enriquecerse e incrementar su poder. Una gigantesca industria improductiva, una selva de profesionales y empresas, de burócratas y organismos perfectamente prescindibles que se nutren de los recursos del ciudadano raso y, lo que es mucho peor, expulsa del sistema a los más desfavorecidos estableciendo, con su infinita bondad, innumerables peajes y barreras. En realidad, no hay peor capitalismo que aquel que ha de desarrollarse en el caldo de cultivo de la hiperlegislación. Ni peor pobreza que aquella que impone el burócrata, porque es perfectamente evitable.

Los sistemas mediante los que los hombres se rigen pueden fallar sin que la ética tenga mucho que ver en ello. De hecho, la ética pudiera no ser el problema en origen, sino convertirse en problema a posteriori, cuando las personas se ven compelidas a transgredir las reglas para poder prosperar o simplemente sobrevivir, mientras que los ventajistas incrementan su riqueza. Y esa es la verdadera emergencia social de la que los altruistas no hablan, quizá, porque temen ser prescindibles.

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