Los últimos días de Rajoy: la agonía de un presidente. -Carlos Sánchez/El Confidencial-

Rajoy no tiene quien le quiera. Y lo que es peor, nada indica que en las próximas semanas pueda revertir esa situación. La incapacidad de su partido para detectar la corrupción explica su agonía.
Recuerda Víctor Alba en un libro luminoso ya descatalogado* que Benjamin Disraeli, el legendario primer ministro británico, era un hombre poco convencional: novelista, viajero, ‘dandy’ y, por añadidura, judío, además del mejor amigo de la reina Victoria y gran orador, capaz de electrizar al parlamento con sus soflamas.

Suyo fue un movimiento político de extrema importancia que salvó al Partido Conservador de la catástrofe. Comprendió que para seguir gobernando era necesario ganarse a la clase obrera. Si Inglaterra quería seguir extendiéndose y crear el imperio que Disraeli se había puesto como objetivo, era preciso no sólo reformar la sociedad, también su propio partido.

Marx llegó a sentir admiración por el conservador Disraeli, que sentó las bases del ‘welfare state’ en su país, y hasta Engels reconoció que los obreros preferían a los ‘tories’ antes que a los liberales y a los socialistas. Los conservadores no eran la mayoría. Necesitaban apoyo de otras clases, además de la aristocracia y la clase media, que por entonces votaba mayoritariamente a los liberales de Gladstone. Y en contra de su partido, abrió el partido con gran éxito.

Tres cuartos de siglo más tarde, Roosevelt, ya en medio de la Gran Depresión, entendió que para salvar al capitalismo era necesario integrar en el sistema a quienes habían perdido casi todo por culpa del desplome de Wall Street y sus consecuencias económicas. Roosevelt, como se sabe, era demócrata, pero su movimiento era, igualmente, profundamente conservador. Se trataba de evitar el desastre. Y lo consiguió. Su ascendencia fue tal que el juez Haywood, el protagonista de ‘El juicio de Nüremberg’, dice en un momento de la extraordinaria película de Stanley Kramer: “Soy de esos republicanos que votan a Roosevelt”

Mariano Rajoy ni es ‘dandy’ ni viajero ni ha escrito novelas de éxito para ganar dinero, como Disraeli. Y es verdad que se ha enfrentado a una dura crisis económica, como Roosevelt. Pero, al contrario que el inglés o el estadounidense, su conservadurismo ha metido a su partido en un enorme lío por su renuencia a los cambios políticos.

Volcado en la gestión de la crisis, ha sido incapaz de entender las trasformaciones sociales, políticas y éticas derivadas de una doble coincidencia en el tiempo: el inevitable desgaste del sistema político heredado de la Constitución de 1978 -por la incuria del bipartidismo- y la aparición de nuevos actores sociales especialmente golpeados por la crisis. En particular,los jóvenes, hartos de tanta corrupción y de no tener empleo. El mapa de votantes de Ciudadanos y Podemos tiene mucho que ver con los menores de 35-40 años residentes en grandes y medianos núcleos de población a quienes no sólo importa la macroeconomía. También la decencia.

Algunos politólogos han identificado ese comportamiento político -el conservadurismo en estado puro sin entender las tendencias sociales de fondo- con la enfermedad de la presbicia, que consiste en ver bien de lejos pero nada o muy poco de cerca. El tiempo dirá si Rajoy -sobre todo en cuestiones económicas- ha tenido agudeza visual para detectar los problemas de mayor calado, pero lo que está fuera de toda duda es su incapacidad para percibir lo que estaba delante de sus narices.

Los martillos del presidente

Hoy, el Partido Popular es una formación agrietada, y sus afiliados tienen que oír estulticias como las de su presidente, que en una entrevista dijo desconocer a principios de la semana si su partido -que preside desde hace una docena de años- estaba siendo investigado por la destrucción de los ordenadores de Bárcenas a martillazos, algo que para el presidente en funciones “es lo normal y es lo que se hace en todas las empresas”.

Detrás de ese comportamiento, sin duda, se encuentra un viejo vicio de los partidos ya detectado hace un siglo que se ha ido intensificando con el tiempo. La existencia de élites políticas que han gobernado el cotarro como si se tratara de una finca privada. Algo que explica que ninguna formación haya detectado nunca, nunca, un caso de corrupción en su propio partido, lo cual es de aurora laboral. Y por eso, resulta patético oír que el PP valenciano se va a personar ahora como perjudicado en el procedimiento, cuando ha sido incapaz de ver lo que tenía a dos palmos de sus napias.

El fondo del problema, probablemente, tenga que ver con el modelo de participación política impuesto en España desde la Transición, y que pasa por situar al partido como una especie de apéndice del Gobierno en los momentos en que toca poder. La consecuencia es que el partido no tiene ningún incentivo para detectar los casos de corrupción, toda vez que si saltan a la opinión pública mediante investigaciones internas perjudicarán al Gobierno, y de ahí que la tentación es siempre tapar los asuntos más feos. Entre otras cosas, porque los propios dirigentes del partido también tienen interés en formar parte de la estructura de poder y de las prebendas de la política.

En EEUU, que algo saben de democracia, se resolvió esta contradicción (el interés del partido frente al del Gobierno) creando aparatos políticos de carácter más funcional y menos ideológico, lo que permite al partido fiscalizar los casos de corrupción desde su propia autonomía. Gracias a esa forma de hacer política, hoy casi nadie sabe que Debbie Wasserman Schultz es la presidenta del Comité Nacional Demócrata, es decir la jefa del partido deObama. O que Reince Priebus es, igualmente, presidente del Comité Nacional Republicano. Tanto Wasserman como Priebus tienen un mismo objetivo, tener la máquina del partido engrasada antes de cada consulta electoral, ya sea recaudando fondos, creando eventos u organizando la convención nacional de sus respectivos partidos para elegir al candidato presidencial. El debate ideológico, consustancial y necesario en toda fuerza política, se produce en torno a la elección de los candidatos a un cargo público, lo que evita que los partidos sean simples maquinarias electorales. De paso, así se evita la bicefalia que necesariamente emerge cuando el candidato no es el mismo que quien manda en el partido.

Ese modelo de partido es hoy impensable en España, y eso es lo que explica, en buena medida, la proliferación de casos de corrupción no detectados por las propias organizaciones (ahí está el asunto Filesa, la financiación ilegal de Convèrgencia o, incluso Podemos, donde el partido se desentiende de los cobros de Pablo Iglesias de Irán y Venezuela).

El secuestro del partido

Así es como ha llegado el PP a un callejón sin salida. Mariano Rajoy, su doble presidente -el del partido y el del Gobierno en funciones-, es hoy el principal escollo para formar un nuevo Ejecutivo. No por lo que haya hecho gobernando durante los últimos cuatro años, al fin y al cabo podría capitalizar algunos éxitos económicos, sino porque ningún partido sensato quiere aliarse con una formación que acumula casos de corrupción: Bárcenas, Púnica, Gurtel, el PP de Valencia…, salvo que quiera inmolarse en la pira pública. Esa es la tragedia del Partido Popular y la de sus militantes, a la que se ha llegado por ausencia de democracia interna y por haberse dejado secuestrar por el Gobierno de turno amparando a los golfos y no denunciándolos ante los tribunales, como era su obligación.

El problema sería menor si se circunscribiera a un asunto exclusivo del partido (cada formación elige la forma de suicidarse). La cuestión de fondo es que está en juego la gobernabilidad del país. Y el hecho de que ninguna formación quiera aliarse con el partido más votado -lo ha reconocido el propio Rajoy al no querer someterse a la investidura– pone de relieve que el Partido Popular debe caminar hacia su segunda refundación. Y hoy Rajoy es más un estorbo que una solución. Lo mejor que podría hacer para su partido y el país, como dice Manuel Conthe, es hacer mutis por el foro y regalar a la opinión pública un sacrificio patriótico.

Ese sacrificio, sin embargo, no llegará por ahora. Entre otras cosas, porque los militantes del PP verían como una humillación inaceptable ofrecer la cabeza de Rajoy simplemente porque lo reclame el resto de partidos. Sería no sólo un mal precedente, sino, sobre todo, un acto profundamente antidemocrático. Y en verdad, como sostiene un veterano dirigente del Partido Popular actualmente en la reserva, ese debate hoy no existe dentro del PP, donde se da por hecho que el presidente en funciones seguirá siendo el candidato. Al menos, en esta ronda de consultas del rey Felipe VI.

Otra cosa es lo que pueda suceder si finalmente no hay acuerdo para elegir presidente y se disuelven las cámaras, lo que obligaría a celebrar elecciones en un plazo de unos tres meses y medio desde que se celebre la primera sesión de investidura, lo que en ningún caso será antes de la primera decena de febrero. Es decir, a finales de mayo o principios de junio se podrían celebrar otras elecciones generales. Y hay razones para pensar que Rajoy, por entonces, podría ya no ser el candidato, aseguran las fuentes.

Probablemente, tampoco Pedro Sánchez lo sería. El secretario general del PSOE, tras el Comité Federal de este sábado, aparece como un líder atado únicamente a la tabla de salvación de Podemos, lo cual es como intentar saltar de un avión a 10.000 km de altura confiando en que un paraguas le evite el porrazo. Sánchez es hoy un líder más débil y se ha situado a merced de lo que quiera Pablo Iglesias, que, como Nerón, puede decidir en cualquier momento colocar el pulgar hacia abajo y enviarlo al averno. Si Podemos pone condiciones inaceptables, y es posible que lo haga, Sánchez tendrá que volver a sellar la cartilla del paro.

A lo mejor esa es la solución, caminar hacia unas nuevas elecciones sin los dos candidatos que realmente salieron derrotados del 20 de diciembre pese a lo que dijeron aquella noche. Al fin y al cabo, los dos sacaron los peores resultados que se recuerdan. Y es que el tiempo, casi siempre, quita y da razones.

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