España: entre la pared del inmovilismo y la espada de la ruptura. -Javier Benegas/Vozpópuli-

Fue John Stuart Mill quien dijo que, como fuerza social, un individuo con una idea vale por noventa y nueve con un solo interés. Y con esta frase hecha carne se han topado Mariano Rajoy y Pedro Sánchez y, claro está, toda la tropa que, sin decir esta boca es mía, les acompaña en su peregrinar hacia ninguna parte. Tan ocupados como estaban casando sus pequeños intereses con la tozuda realidad, intentando sobrevivir a su propia inanidad, se han visto desbordados por los acontecimientos y, sobre todo, por personajes que defienden ideas, viejas y tremendas, pero ideas al fin y al cabo. Tipos que, por comparación, se antojan a su lado gigantes, por más que lo que defiendan sea un espanto. Es la diferencia insalvable entre quienes tienen un discurso político y quienes carecen de él, entre quienes tienen convicciones  y voluntad de poder y quienes sólo entienden la política como una profesión vitalicia con derecho a reverencia, sobresueldo y traspaso del negocio.

Que Pablo Iglesias, en la rueda de prensa del viernes, invitara a Pedro Sánchez a jugar a la ruleta rusa ofreciéndole un pacto envenenado, le ha servido de balón de oxígeno a Mariano, que ha visto la oportunidad de correr turno y ganar tiempo, dejando a Sánchez sólo ante el peligro. Pero a largo plazo las cosas siguen pintando igual de negras para el PP. Con Ciudadanos en medio de ninguna parte y Albert Rivera cada día más desdibujado, Rajoy debe marcharse para permitir que su partido intente refundarse a la carrera. De lo contrario, España podría terminar en manos de un puñado de apóstatas del marxismo que se ocultan oportunamente bajo la finísima piel de cordero socialdemócrata, lo advirtió Engels: “Lo peor que puede sucederle al jefe de un partido extremista es verse obligado a asumir el gobierno en una época en que el gobierno aún no está maduro para el dominio de la clase a la que él representa […] entonces se ve forzado a representar no a su partido o a su clase, sino a la clase para cuyo dominio las condiciones están maduras”.

Un juego demasiado peligroso

No es una exageración sino un riesgo verdadero. Que el agotamiento del periodo político iniciado en 1978 podría llevarnos a la venezuelización de España lo ve ya hasta el más lego en política. Tener permanentemente a los españoles entre la espada de la ruptura y la pared del inmovilismo es un juego demasiado peligroso, incluso para un país tan apático como el nuestro. Bastantes, aunque no suficientes, ya han elegido espada. Y conviene recordar que Podemos no necesita mayorías absolutas, le basta una vanguardia lo suficientemente numerosa como para ser indispensable.

Después de 40 años de franquismo y otros 40 de transición hacia una democracia que no ha terminado de llegar, ir a morir a esa orilla del comunismo que nos propone Iglesias sería, además de tremendo, injusto. Y es que, por más que se le acuse al ciudadano raso de legitimar con sus votos tanto disparate, lo cierto es que la montaña de la Transición no ha hecho otra cosa que alumbrar ratones cada vez más diminutos. Pero, sobre todo, sería injusto porque nuestra crisis no es cosa del Capitalismo sino consecuencia del fallo multiorgánico de un modelo político singular y autóctono, que ha carecido desde el principio de controles y contrapesos, de verdadera representación, de igualdad ante la ley y, como consecuencia lógica de todo lo anterior, de partidos confiables y gobernantes competentes y honrados.

Desgraciadamente, la resistencia de los viejos corifeos a abandonar el ruedo político y dar paso a un tiempo distinto, impide a muchos descubrir que el problema de España es no haber transitado a un sistema de libre acceso, en lo político y en lo económico. Y esto no se resolverá con más inmovilismo. Pero tampoco con discursos marxistas. Recuerden esta advertencia, los que algunos llaman “derechos sociales” son el caballo de Troya del colectivismo: obligaciones para muchos, dependencia para otros y más poder para el político.

El bienestar no es de izquierdas

Lo cierto es que, cuando la izquierda apunta a sistemas de bienestar como el de Dinamarca, olvida oportunamente que estos se sostiene precisamente sobre democracias capitalistas, sociedades abiertas donde trabajar, hacer negocios y ganar dinero es mucho más fácil que en España. Y, por supuesto, infinitamente más que en Venezuela. Lo que debe preocuparnos no es que algunas personas ganen demasiado, sino que otras no ganen lo suficiente. Y esto sólo puede remediarse con profundas pero sencillas  reformas políticas, que devuelvan competencias a los ciudadanos -y no a los territorios- y con mayor libertad económica… para todos. No más reparto.

Decía recientemente un conocido periodista que Iglesias es más oportunista que marxista. Y no se equivocaba. Pero la relación entre marxismo y oportunismo es una relación intemporal, perpetua, que va más allá de Pablo Iglesias. Ocurre que el marxismo propone una sociedad distópica, en la que si bien todos los individuos tendrán lo suficiente para vivir (es un suponer), ninguno podrá recibir más ni ser más que el resto. Y esta condición igualitaria, que es su santo y seña, resulta incompatible con la naturaleza humana.Las personas necesitan el reconocimiento, es decir, necesitan ser diferentes, desiguales. Y puesto que esta pulsión no puede erradicarse, el marxismo está condenado a ser oportunista o no ser; a necesitar las crisis, utilizarlas y, si es posible, exagerarlas.

Que este oportunismo tenga las patas cortas o largas dependerá de que quienes deben hagan de una puñetera vez lo correcto. Por ahora, todo apunta a que Pedro Sánchez y Mariano Rajoy a lo único que parecen estar dispuestos es a detestarse y a seguir en el puesto, como tapones que impiden el desagüe de las aguas estancadas del final de ciclo. Esperemos que su actitud no sea permanente, porque España, pese a tanto despropósito, sigue siendo una gran nación con enormes potencialidades y con mejor gente de lo que muchos piensan. Sería imperdonable que el egoísmo y la necedad de un par de nombres propios y la voluntad de poder de quien se cree ungido, la llevara al precipicio.

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