¿Es Sánchez más peligroso que Zapatero? -Jesús Cacho/Vozpópuli-

Una mañana de marzo de 2003, cuando todavía quedaba un año para las generales de 2004 y el Gobierno de José María Aznar, metido de lleno en el apartado de bodas y bautizos, disfrutaba de su cómoda mayoría absoluta, una parte de la redacción de El Confidencial, conmigo al frente, fue recibida por José Luis Rodríguez Zapatero en una pequeña sala de juntas de la sede del PSOE en Ferraz. Me sorprendió la convicción casi enajenada que el joven mostraba en sus posibilidades: “Voy a ser el próximo presidente del Gobierno”. Me alucinó su determinación. A la hora de las despedidas, le hice prometer que si el augurio se hacía realidad nos recibiría en Moncloa un mes después de su toma de posesión. Obviamente, no cumplió la promesa. Zapatero llegó al Gobierno contra todo pronóstico, aunque para ello tuvo que mediar la tragedia del 11-M, pero aquello me enseñó que en política todo es posible, porque, en terreno tan aviesamente resbaladizo, no hay certidumbre alguna a la que agarrarse.

He recordado el episodio este último año cuando, en circunstancias aún más adversas a las que tuvo que afrontar Zapatero, el actual líder socialista repetía a trote y moche su cantinela de “voy a ganar las próximas generales” y “voy a ser presidente del Gobierno”. Sin reírme, claro está. A pesar de haber sacado el peor resultado del PSOE en democracia y de sufrir una fuerte contestación interna dentro del partido, Pedro Sánchez es a día de hoy el candidato que cuenta con más posibilidades de formar Gobierno y de convertirse en el nuevo inquilino de La Moncloa. Con todas las dificultades, que son casi innumerables. Hay un paralelismo de inaudita quimera entre ZP y Sánchez a la hora de pregonar sus respectivas ensoñaciones, una “política fantasía” en el PSOE que es metal de parecida veta a la política ficción que en Cataluña han venido desarrollando Artur Mas y su movimiento “indepe”: la misma imaginería verbal, idéntico nulo apego a la realidad. Mentalmente perjudicado por el trompazo del 20D, Sánchez se refugia en el escapismo de ese Gobierno de izquierda por él presidido y cueste lo que cueste, aún a costa de hacer añicos al PSOE y de provocar el estallido por los aires de la unidad de España en taifas varias.

Su suerte, con todo, está en manos de Pablo Iglesias y su amalgama de grupos antisistema con sobrevenida vocación de monjas clarisas de adscripción socialdemócrata. Si en los próximos días Podemos llega al convencimiento de que puede dar el sorpasso y convertirse en fuerza hegemónica de la izquierda española yendo a nuevas elecciones, Pablo tapiará las ilusiones de Pedro e iremos a esa segunda vuelta electoral sin remisión. En caso contrario, la saga fuga de Sánchez podría hacerse realidad con un Gobierno que sería un lío en sí mismo, un caos, un revoltijo que podría costarle la hijuela no al PSOE, que también, sino al país, porque el apoyo de los nacionalistas catalanes de ERC y de CDC podría valer el precio en oro de la definitiva ruptura de España. En una España amenazada por el choque de trenes propuesto por el rufianismo catalán, Sánchez juega con fuego y es posible que haya empezado a quemarse con la oferta hecha a ERC y CDC para que puedan formar grupo propio en el Senado, y con el intento de dorar la píldora a Picodemonte, el nuevo presidente de la Generalidad. Atentos, porque esto podría resolverse por vía de urgencia esta misma semana.

La política española se ha convertido en un gran teatro donde nada es verdad ni es mentira, porque todo son fuegos fatuos, tinta de calamar, operaciones orquestales dirigidas a halagar u encelar al adversario, globos sonda que los partidos ponen en órbita con la intención de observar la respuesta del contrario y engatusar al votante, con los medios de comunicación convertidos en frontón en el que toda esta plasta infecta rebota y se amplifica. Pura propaganda orientada a macerar al ciudadano indefenso y predisponerlo de cara a esa probable segunda vuelta electoral. El espectáculo al que asistimos el pasado miércoles en el Congreso forma parte de esa teatralización de la política, con Podemos oficiando de sumo sacerdote de ese agit prop rancio con el que pretendieron dejar boquiabierta a unas Cortes y a un país que ha visto desfilar por el recinto a tipos como Carrillo o Pasionaria, gente que en sí misma era un mensaje sin necesidad de abrir la boca y leer con dificultad una corta soflama apuntada en una chuleta. Como decía la copla, “igual que en un escenario / finges tu dolor barato / tu drama no es necesario / ya conozco ese teatro”.

El PP y el silencio del cementerio

“Teatro, lo tuyo es puro teatro”. Las propuestas de resolución que PSOE (palo a la reforma laboral del PP, subida del salario mínimo, frenazo en seco a la LOMCE, ingreso mínimo para 720.000 hogares en riesgo de pobreza, etc., etc.), Podemos (aumento del gasto sanitario en 7.000 millones, fin del copago farmacéutico, vivienda gratis a las víctimas de violencia de género, pago de agua, luz y gas a las familias sin recursos, nacionalización de estos servicios, etc., etc.) y Ciudadanos se han apresurado ya a presentar en el Congreso cuando aún no hay Gobierno son una carta a los reyes magos, promesas de aurora boreal, obscena operación de propaganda que, con la vista puesta en esas elecciones, falta al respeto al ciudadano en tanto en cuanto no cuentan con el mínimo rigor en lo que a viabilidad y coste fiscal se refiere. Con la derecha española representada por el PP disfrutando estos días de la paz del cementerio, todo el discurso es de izquierdas, todo es apelación al gasto público sin medida, todo es dinamita, bomba de relojería instalada en la base de unas cuentas públicas obligadas a sujetar un déficit necesitado este año de un nuevo ajuste milmillonario.

Teatro o circo también en Cataluña, y al por mayor. La salida de Mas por la puerta de servicio ha sido una mala noticia para el independentismo, aunque sus consecuencias tardarán en notarse. Porque el elegante, a la par que hortera, jefe de planta que Jordi Pujol eligió para dirigir los destinos de Cataluña hacia la Arcadia albanesa se había convertido en un mito, una especie de icono, el caudillo que todo movimiento basado en la fe reñida con la razón precisa como indispensable argamasa. La carga visual de Mas y su capacidad para representar el imaginario nacionalista se ha perdido con la llegada de este Picodemonte, un carlista gerundense de muchas lenguas y más ambición, un honrado bachiller, a la par que un nacionalista xenófobo, que ha resultado no tener ninguna de las licenciaturas de las que presumía como alcalde de Gerona, y que se ha rodeado de un pintoresco Govern con la Economía en manos de Oriol Junqueras, un analfabeto funcional en la materia (¡Cataluña pasa de Mas-Colell a Junqueras!), escoltado por un “equipo económico” de ERC donde hay gente con dificultades para completar una simple suma numérica. Como dice un empresario barcelonés: “Entre nosotros ya nos reímos de lo que está pasando y, a diferencia de lo que ocurría hace un año, en Barcelona ya no se corta nadie a la hora de desahogarse cínicamente en público con Puigdemont, Mas y los demás. Cuando le pierdes el respeto, el lobo se convierte en perrito faldero. La sombra, larga sombra de Pujol, se apaga lentamente. Cuando la gente despierte, será digno de ver…”

Tendremos que armarnos de paciencia. Incluso tratar de divertirnos. Nos esperan nuevas y estrafalarias sesiones de ese gran teatro en cuyo último acto está la clave del futuro de España: nuevas elecciones o acuerdo de última hora. Cataluña podría ser el deus ex machina capaz de resolver una trama cuyo final nadie conoce a ciencia cierta. “Desde el punto de vista económico, yo diría que la situación no es tan preocupante como dice alguna gente y lo dejaría en interesante. Sí, interesante, y no peor que la que se vive en Francia o en Italia, por ejemplo. Aquí hay unos Presupuestos aprobados y una economía que sigue tirando. No hay que ser alarmista: vamos a ver qué pasa”. Lo dice uno de los economistas españoles más acreditados. Aunque Goldman Sachs alertaba días atrás de los riesgos de la incertidumbre política provocada por la ausencia de un Gobierno estable, lo cual podría afectar a la confianza de empresas y consumidores, y por ende a las perspectivas económicas del país, el japonés Nomura aseguraba este mismo viernes que hay mucho dinero esperando la solución del puzle español, mucho dinero en puertas deseoso de invertir en España, de modo que “si en mayo hay Gobierno, en los próximos meses asistiríamos a un aluvión de operaciones de inversión en todo el país”.

El poder a cualquier precio

“Como ha ocurrido en Barcelona”, sostiene un político catalán, “es muy probable que la solución no se alcance en Madrid hasta el último minuto y tras mucha comedia, porque esa teatralización previa es condición inexcusable para asumir las concesiones finales con las que unos y otros tendrán que apechugar”. La clave sigue estando en el PSOE, epicentro de la tormenta perfecta que nos dejó el 20D. Y en un Pedro Sánchez convencido de que la única manera de salvar su carrera política consiste en ser presidente del Gobierno, porque en caso contrario estaría muerto. Un Pedro Sánchez resuelto a batir el récord de Zapatero como desgracia nacional. Obsesionado con el poder, desdeña algunas variantes no exentas de lógica que pasan por reclamar la desaparición de la escena política de Mariano Rajoy y la exigencia de una serie de reformas constitucionales –que jamás haría el PP en solitario- capaces de hacer realidad esa regeneración que reclaman tantos españoles. De momento, nuestro hombre sigue empeñado en el viraje por la izquierda, incluso con la extrema izquierda. Incluso del brazo del independentismo. Y a cualquier precio.

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