La alienación de las élites. -Gabriela Bustelo/Vozpópuli-

Una de las nociones asociadas al marxismo, que Freud tomaría prestada para su Malestar en la cultura, es la alienación del individuo en la sociedad moderna. Mientras Marx ha quedado deslegitimado por los espeluznantes resultados de la materialización de sus teorías, el subconsciente freudiano –asociado al concepto marxista de alienación– ha alcanzado el estatus de teoría aceptada universalmente, hasta el punto de conformar el concepto de identidad del individuo occidental. En 1929 –en pleno crash económico y un año antes del Malestar de Freud– Ortega y Gasset publicó su Rebelión de las masas, traducida casi de inmediato en Estados Unidos como The Revolt of the Masses.

Las nuevas élites

El polémico sociólogo estadounidense Charles Wright Mills aseguró que Ortega se equivocaba al proclamar el creciente poder de las masas, alertando sobre la decreciente influencia política de las colectividades independientes. En su libro La élite del poder, Wright Mills habla de la importancia de los grupos con capacidad de veto, entre los cuales incluye a la prensa. Según aseguraba –medio siglo antes de la actual crisis del periodismo–, los medios aportan al ciudadano una identidad, al explicarle quién es; una ambición, al explicarle lo que puede llegar a ser; un proyecto, al ofrecerle los métodos por los que puede alcanzar su meta; y una alternativa, al darle la posibilidad de ser lo que no es.

Información versus Verdad

Con el ascenso imparable de Internet, cuando un concepto tiene éxito puede repetirse hasta el infinito, tantas veces como haya personas dispuestas a reenviarlo a otras personas. La paradoja de este proceso de difusión es que lo transmitido no siempre es información verdadera. El economista Paul Krugman ha llegado a asegurar que buena parte de lo que la gente sabe no es verdad. En el mundo paralelo de Internet se comunican a velocidad de vértigo las cosas más importantes del mundo y las más irrelevantes. Este extraordinario fenómeno ha afectado, cómo no, al propio concepto del periodismo. Del mismo modo que un tuit triunfador recorre el mundo a golpe de tecla, un concepto triunfador se reitera hasta la saciedad en las páginas de Internet. Parece información, tiene aspecto de información, pero no siempre lo es. Como apunta Antonio Escohotado, repetir no es informar.

La estrategia del miedo

El periodismo ha recorrido un largo camino desde los años cincuenta del siglo XX en que Wright Mills le adjudicaba unos poderes benéficos casi sobrenaturales. Hoy día una de las tácticas preferidas de la prensa es el fomento del miedo masivo. El terror como instrumento de poder es tan antiguo como la Humanidad, obviamente, pero su versión posmoderna nos llega disfrazada de noción innovadora. Si Noam Chomsky fue uno de los primeros en hablar del miedo como estrategia, el cineasta/periodista Michael Moore ha convertido el miedo en un modo lucrativo de ganarse la vida. ¿Y en qué consiste esta estrategia del miedo? Básicamente, en alimentar la paranoia de que las élites de los países occidentales son entes satánicos que utilizan todos los recursos a su alcance para aterrorizar a la población: manipulación de datos, exclusión de noticias, creación de epidemias informativas, alteración de cifras y estadísticas, elaboración de documentos falsos, difusión de hechos prefabricados. En otras palabras, la mecánica del miedo consiste asegurar –como hace Michael Moore en sus documentales–, que la población civil no es libre, independiente y dueña de sus actos, sino víctima de unas sádicas organizaciones superiores –gobiernos, partidos, empresarios, compañías multinacionales– contra las que debe rebelarse. En relación con esto ha surgido una plétora de expresiones tales como manipulación cultural, conspiranoia, agenda política, guerra mediática o contaminación informativa.

Las masas rebeldes de Ortega

Estamos en el siglo XXI, en un mundo que se parece ya a las novelas de ciencia-ficción de antaño. Nunca tantas personas han tenido acceso a tal cantidad de conocimientos en un entorno tan libre y tecnificado. Desde los albores de nuestra civilización, es hoy cuando los líderes que gobiernan el mundo están en mejores condiciones para definir las mejores coordenadas políticas, económicas, sociales y culturales. La ciudadanía, por su parte, dispone de todos los mecanismos necesarios para poder valorar y elegir a sus gobernantes. La revolución de la información ha dado la razón a Ortega, cuyas masas rebeldes, lejos de la enajenación marxista y la neurosis freudiana, parecen estar arrinconando pacíficamente a unas élites cada vez más alienadas.

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