El pacto Rajotropp-Pablotov. -FJLosantos/LD-

El pacto Molotov-Ribbentrop es el más importante que nunca hayan firmado dos estados totalitarios, la URSS y la Alemania nazi; también el que tuvo efectos más fulminantes -a nueve días de su firma empezó la II Guerra Mundial– y suele verse como la mejor prueba de que los intereses de los Estados están siempre por encima de las ideologías. Pero la ideología puede ser la mejor forma de embaucamiento, porque los sistemas políticos más parecidos en la Europa del 23 de Agosto de 1939, fecha del pacto, eran el nazi y el comunista. En ambos se prohibía cualquier actividad política fuera del partido único, cuyo líder era objeto de culto; ambos torturaban y asesinaban a los desafectos o a los militantes que pudieran serlo –las SA de Röhm, la cúpula del Ejército Rojo-; en ambos la propaganda producía la misma atmósfera de exaltación y terror; en ambos la vida carecía de valor al lado del Partido y el Partido era en cada momento lo que el Líder quería que fuese; en ambos la libertad consistía en el inmenso honor de obedecer.

A diferencia de otros pactos, como el de Munich en 1938, que pese a la humillación de Francia y Gran Bretaña ante Hitler sólo garantizó la efímera popularidad de Daladier y Chamberlain, los políticos pacifistas que lo firmaron, el pacto Molotov-Ribentropp se cumplió a rajatabla. A los nueve días, Alemania y la URSS invadieron y se repartieron Polonia; la URSS invadió también Estonia, Letonia y Lituania, convirtiéndolas en repúblicas soviéticas; y tras atacar a Finlandia, tomó Karelia. Alemania no protestó y el Kremlin calló ante la invasión nazi de Yugoslavia y Grecia.

La colaboración de los comunistas con Hitler

Aparentemente, las dos potencias totalitarias se limitaron a actuar en defensa de sus intereses particulares, que eran los de sus líderes, Hitlery Stalin. El comunista dejó de fusilar generales y los mandó a hacer la guerra, que era lo suyo; y el nazi pudo atacar Francia e Inglaterra con las espaldas cubiertas por los comunistas. No por la inacción de la URSS, lógica tras el acuerdo de Gargantúa y Pantagruel para merendarse Europa Oriental, sino por la acción de sabotaje comunista en la retaguardia británica y francesa.

Esta es una cuestión clave: la naturaleza de los pactos políticos con el comunismo, que realmente sólo ha respetado el que firmó con Hitler. O la naturaleza del comunismo para pactar con él. La historiografía posterior, aplastantemente progre, ha ocultado la gran vergüenza roja: desde la firma del pacto nazi-soviético y durante la invasión de Francia y el ataque a Inglaterra, los comunistas de todo el mundo se pusieron a las órdenes de Moscú para ayudar a Hitler. El PCF llamó a sus militantes a desertar si eran llamados a filas, a sabotear cualquier esfuerzo militar y a apoyar el régimen colaboracionista de Vichy. La defensa del “régimen obrero” nazi frente a la “plutocracia burguesa” franco-británica es un lugar común en la propaganda comunista de los años 1939-40. ¡Cuántas páginas defendiendo a Hitler escribieron antifascistas de la Komintern como La Pasionaria! Animo a los historiadores y a los simples curiosos a recuperarlas.

Sólo tras el ataque alemán a la URSS –que Stalin creía imposible- se dio orden a los militantes comunistas de Francia e Italia de crear guerrillas contra los aliados de la víspera, reconvertidos ahora en enemigos mortales. Antes, la URSS había entregado a Hitler, como prueba de lealtad al pacto, a los comunistas alemanes que habían logrado escapar de los nazis. Se dice que Stalin nunca respetó a nadie y es cierto, pero con una excepción: Hitler. Sólo ante un régimen calcado del suyo en muchos aspectos –propaganda y represión, sobre todo- pero tecnológicamente muy superior, fue respetuoso. Pero no por el razonable temor militar que suscitaban las tropas alemanas, sino porque Hitler respetaba tan poco como él a las democracias; y porque había demostrado que era capaz de usar con ellas el palo y la zanahoria, la violencia inminente y su aplazamiento con la misma despectiva frialdad. Lo que paralizaba a Stalin ante Hitler no era la Wermacht, no, era el espejo.

Rajotropp quiere repartirse Polonia con Pablotov

Parodia grotesca de aquel pacto que supuso liquidar todo lo que había entre Alemania y la URSS –Polonia; la Mittel-Europa hasta los Balcanes; los países bálticos, Besarabia-, es el pacto implícito de Rajoy eIglesias para liquidar los dos partidos que, hoy por hoy, impiden el nuevo bipartidismo: el PSOE y Ciudadanos. Algunos esperan que la investidura de Mas por la famélica legión de la CUP sea el impulso para un gobierno reformista y constitucional PP-PSOE-C’s. También yo creo en los Reyes Magos, siempre que no se opongan los padres. Pero, en este caso, a Papá le basta con ser Papá –Rajoy debe ser presidente del Gobierno- y a Mamá con ser Mamá –debe haber un referéndum en Cataluña- para que vayamos a nuevas elecciones. Y por una doble y poderosísima razón: a Rajoy le conviene para apuntillar a Rivera y a Iglesias para desguazar al PSOE.

No voy a comparar a Rajoy con Hitler, porque, sobre las diferencias morales -que son absolutas-, sería comparar la fiera y el césped, la hamaca y el cañón, pero cuando un líder hace algo claramente contrario al interés general es porque prevalece su interés particular, que en su caso es seguir al frente del PP. No digo de España, que nunca le ha importado, sino del PP, que es su verdadera herramienta de Poder. Con el partido balando unido –las dos horas de elogios en Génova 13 tras el batacazo del 20D son dignas del Moscú de 1939- Rajoy necesita ir cuanto antes –tres meses- a nuevas elecciones para aprovechar el aturdimiento de Rivera y presentarse como el único obstáculo frente a un peligro real pero que él ha creado: Podemos.

Para impedir que Iglesias le pueda ganar las elecciones, a Rajoy le bastaría aceptar lo que bastantes medios –entre ellos Libertad Digital yesRadio– le han pedido: un gobierno nacional tripartito de dos legislaturas para poner en marcha las reformas institucionales que precisa la democracia española, con lo que Podemos quedaría limitado a su verdadera dimensión electoral, que con toda la patulea separatista asociada no llega a un tercio del voto, y condenado a la ruina que merece su proyecto despótico y antinacional.

No lo hará, porque para Rajoy es más importante Rajoy que el PP y el PP más importante que España. Y porque con un Rivera sonado y una Susana Díaz que no va a quitar a Sánchez para enfrentarse a Pablo Iglesias, tiene en Podemos no sólo la excusa personal sino la razón política que puede mantenerle en el Poder. ¿Para hacer qué? Absolutamente nada, como en estos cuatro largos años perdidos. Pero si puede seguir, y puede, seguirá.

Iglesias se define a sí mismo como el famoso tren blindado que el Káiser puso a disposición de Lenin para lograr la desbandada militar rusa. Dedicamos hace meses uno de estos ensayos dominicales a comentar esa fantasía totalitaria del Leninín de la Complu. Por desgracia, aunque ahora el barbicano de Prusia sea gallego de Santiago avecindado en Pontevedra, la posibilidad de traernos la peste, como dijo Lenin entonces, es real. Sólo hay un candidato al que Iglesias puede ganar las elecciones: Rajoy. Y a eso vamos. Para ello, Rajotropp y Pablotov deben repartirse el espacio que los separa, la Polonia de C’s y el Báltico de Despeñaperros. Les será muy fácil.

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