Váyase, señor Rajoy. -Jesús Cacho/Vozpópuli-

El “Váyase, señor González” se convirtió en uno de los más famosos latiguillos parlamentarios de los años noventa, cuando el fogoso José María Aznar por quien nadie apostaba un ochavo como candidato a La Moncloa pugnaba por desgastar a un Felipe González cercado por la corrupción. Aznar ganó por fin unas elecciones y ocupó la presidencia del Gobierno durante ocho años. Seis meses antes de despedirse con la marcha fúnebre de los atentados del 11-M, su dedazo plenipotenciario invistió como sucesor a Mariano Rajoy, otra lumbrera obligada a perseverar dos legislaturas en la oposición para llegar a ocupar un poder que le había birlado uno de esos tipos, otro más, por el que ni el más osado se hubiera jugado jamás una perra gorda, el gran José Luis Rodríguez Zapatero.

Es la historia en trazo grueso de los “cerebros” que han ocupado una presidencia del Gobierno de España progresivamente devaluada por una clase política que mengua –en talento y capacidad de liderazgo- sin cesar desde los tiempos del ahora añorado por tantos Adolfo Suárez. Es el divorcio radical entre las clases medias ilustradas españolas, plagadas de valiosos profesionales liberales, y una clase política tan anémica como vilipendiada, rechazada de plano como opción de futuro para sus hijos/as por cualquier padre responsable. La política como sucedáneo de la traición, la sumisión y el miedo. Camino de perdición hacia la nada. Lo dijeron Stuart Mill y Tocqueville: el hombre sabio y popperiano jamás aceptaría someterse al juicio del electorado, de lo que resulta que los criterios de selección de la democracia tienden a expulsar del juego a los mejores. La “selección negativa” de Sartori. Por increíble que parezca, Rajoy hizo ayer un relato triunfalista de los resultados electorales cosechados por el PP el pasado día 20, olvidando que perdió 63 escaños y más de 3,6 millones de votos respecto a noviembre de 2011. Ya había recibido severas advertencias en las europeas de 2014 y en las municipales y autonómicas de mayo de este año. Como el que ve llover. De victoria en victoria hasta la debacle final. Váyase, señor Rajoy.

Pero nuestro hombre sigue impertérrito tras del atril del poder en Moncloa, sin nadie que se atreva a susurrarle al oído que tal vez la culpa no sea de Pedro Sánchez, ni de Pablo Iglesias, ni de Albert Rivera, ni siquiera deArtur Mas; sin nadie que ose sugerirle que quizá la culpa sea suya, suyo el pecado de haber dilapidado la mayoría absoluta más amplia de la que Gobierno alguno haya dispuesto en la España democrática, esa mayoría que el buen pueblo español le sirvió en bandeja para que abriera al enfermo en canal y operara sin titubeos la triple crisis económica, política y moral que atenaza a España. Con cara de cemento armado, el sujeto pidió ayer un Gobierno, naturalmente presidido por él, “de amplio apoyo parlamentario” para “hacer por amplios consensos las reformas que necesita España” (sic). Manda rosas a Sandra. O manda cojones, con perdón. ¿Ahora se acuerda usted de las reformas que necesita España, ahora, cuando se acaba de despertar de la siesta cuatrienal que se ha echado sobre la mullida alfombra de esa mayoría vertida por el albañal del inmovilismo más absoluto? Váyase, señor Rajoy. 

Mariano quiere formar Gobierno “como sea”

Pero, ¿es que acaso ha pedido perdón a sus votantes? ¿Se ha disculpado ante la militancia del PP? ¿Ha exhibido argumento alguno capaz de servir de atenuante para el desastre de legislatura que acaba de terminar? No señor. Con un par. Au-dessus de la mêlée. Cero autocrítica a caballo de la radical determinación de seguir en el machito, mantenerse en el puente de mando aunque la nave colectiva amenace naufragio. Porque a ese señor que ocupa La Moncloa con el aire circunspecto de quien pasaba por allí, alguien a quien el país ha pedido un duro sacrificio personal cuando podía estar forrándose en su despacho de registrador, resulta que le gusta el poder más que a un tonto un bolígrafo. Tiene el partido descoyuntado, sin proyecto político ni ideario alguno más allá de seguir en la poltrona a cualquier precio, pero eso no parece preocuparle. Su camino se bifurca ahora en dos direcciones: lograr la investidura para ser elegido presidente de un Gobierno en precaria minoría y, en caso de no lograrlo como parece probable, presentarse de nuevo en mayo, fresco cual rosa, como candidato de la derecha a la presidencia del Gobierno. Yo sigo y aquí no ha pasado nada. Váyase, señor Rajoy.

Fuentes del partido sostienen que Mariano está empeñado en formar Gobierno como sea. “Como sea”, repiten. Y uno, que ha visto ya muchas cosas, no se imagina cómo un señor de la derecha conservadora puede empeñarse en gobernar en tan escuálida minoría, que es tanto como estar dispuesto a hacerle el trabajo sucio al populismo rampante, porque con 123 diputados, que serán 122 si finalmente se atreven a mandar a paseo al golfo segoviano, el PP no va a poder acometer, entre otras muchas cosas, un ajuste fiscal del orden de 15.000 millones necesario para dejar el déficit público en el 2,8% del PIB comprometido, ajuste que debería abordarse, un suponer, vía recorte del gasto y no mediante nuevo aumento de impuestos como ocurrió en 2012; y no va a poder efectuar las reformas estructurales que sigue necesitando el país, y no va a poder refinanciar los 250.000 millones de deuda pública vencida que hay que negociar este año, y a ver qué pasa con eso, Mariano, qué pasa con España cuando los ejecutivos que manejan las mesas de contratación en Londres y Wall Street vuelvan de vacaciones el 11 de enero y decidan dedicar dos minutos a echar un vistazo a lo ocurrido en España el 20D. Váyase, señor Rajoy.

¿Va usted a pactar más gasto social con la izquierda para poder seguir en el machito? ¿Está usted dispuesto a arruinar las cuentas públicas? Por vergüenza torera o por patriotismo constitucional, usted tiene que irse, no puede seguir siendo el tapón que mantiene bloqueado un país entero, que impide la regeneración del PP y el surgimiento de una nueva derecha liberal, laica, reñida con la corrupción, cumplidora de la ley y comprometida con las reformas. Usted es el problema, nunca la solución. Es verdad que nadie se atreve a decirle algo parecido en su partido, un espacio donde reina el silencio porque manda el miedo, pero debe saber que el 95% del mismo está convencido de que con otro candidato en las generales del pasado día 20, sus resultados hubieran sido notablemente mejores, porque están seguros de que es usted una máquina de dar votos a la izquierda populista, y de que si insiste en ser cabeza de cartel en mayo acabará por hundir una organización presta a estallar en banderías en cuanto pierda las sinecuras del poder. Váyase, señor Rajoy, porque “nunca ha de morir todo un pueblo por un hombre solo”, que dijo el poetaEspriu.

Un monumento frente a la Peregrina

Usted tiene que irse. Irse ya, irse cuanto antes. ¿Para ser sustituido por quién? No lo sé; no es mi trabajo. Usted es el pasado. Un pasado de inmovilismo que ha situado a España en uno de los momentos más inquietantes de su reciente historia. Es verdad que no nos ha dado los sustos con que Zapatero y sus ocurrencias amenazaban a diario a los españoles, pero nos ha encofrado de inmovilismo y corrupción hasta las cejas, ha parado al país en seco. Tenga usted un gesto de gallardía y váyase. Estamos dispuestos a hacerle un monumento en su Pontevedra natal frente a la iglesia de la Peregrina. Dispuestos a lo que sea. España no puede seguir parada. El futuro no puede esperar. Pretender ir a nuevas elecciones con Mariano Rajoy como candidato es un suicidio para la derecha y una desgracia para millones de españoles necesitados de ese partido capaz de representar los valores de esa “sociedad abierta” sobre la que teorizó Popper y en la que los individuos se sienten responsables de sus actos, sociedad capaz de crear riqueza, primero, y repartirla, después, capaz de perfilar un proyecto de futuro en el que quepan todos los españoles. Una derecha moderna que pueda presentarse en mayo ante el país dispuesta a pedir con humildad un nuevo mandato reformista frente a la izquierda desnortada de Pedrito y la colectivista de Pablito. Váyase, señor Rajoy. Lárguese cuanto antes. Háganos ese favor.

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