¿Pero hubo alguna vez un 11-M? -Tomás Cuesta/Libertaddigital-

Si el mundo no clamó “Yo soy Madrid” tras el infame amanecer del 11-M es porque el mundo, por entonces, no cabía en un tuit y la realidad no se acotaba en los muros de Facebook. Sin el efecto multiplicador de las redes sociales, el sanguinario estreno de la guerra global en el teatro de operaciones europeo no consiguió abrumar al patio de butacas con el espanto unánime que ha generado el Viernes 13. Lo cierto es que en Atocha, en la estación de penitencia, hubo más muertos que en París y que el tsunami del horror, con matices, fue idéntico. Pero no es menos cierto que, cuando la barbarie yihadista ha vuelto a hundir sus garras en las entrañas de Occidente, aquella aurora trágica se ha disuelto en la amnesia. ¿Tan miserables somos que, al cabo de una década, hemos dado al olvido lo que ocurrió en los trenes? ¿Habrá alguien que asuma, de frente y sin requiebros, que nuestra desmemoria es sólo el antifaz de la vergüenza?

Aquél once de marzo -escribió André Glucksmann desmontando el discurso del odio que no cesa- fue un monstruoso bis del once de septiembre. La diferencia (la inicua, la oprobiosa, la obscena diferencia) es que el país, aquí, se dio la fuga, las urnas avalaron el chantajismo carnicero y, en tres días apenas, un hato de asesinos prostituyó el futuro y bastardeó el presente. El mundo no clamó “Yo soy Madrid” porque, dejando a un lado las limitaciones técnicas, es más que discutible que nos lo mereciéramos. En ausencia de trinos, los mensajes de texto achicharraban (¡pásalo!) los teléfonos memos. Los muecines de la paz (¡La paz!, la paz perpetua que Kant, in illo tempore, circunscribió a los cementerios) mondaron a las víctimas con ansia carroñera. Su dolor fue la excusa para afilar las bayonetas y su dolor, también, fue la última frontera que preservó la dignidad cuando las estructuras del Estado (con el Derecho a la cabeza) se transformaron en un inmenso erial, en una intransitable zona cero.

¿Cuántos de los que hogaño juran “Je suis Paris” mientras el coro planetario canta La Marsellesa abjuraron antaño del patriotismo y la decencia? ¿Cuántos de los que ahora babean sacando pecho al contemplar el espectáculo de una nación que se respeta escondieron otrora el rabo entre las piernas? La pregunta es ociosa o, mejor dicho, impertinente, ya que a nadie, hoy por hoy, le cuadra responderla. Ni a una izquierda culpable de haberse encampanado sobre la rabia cainita y el rencor cachicuerno, ni a una derecha inerte que eligió pasar página en lugar de arriesgarse a elaborar un libro negro.

El tartamudeo insomne de los kalashnikov durante el aquelarre criminal del Viernes 13 será uno de los hitos de la historia de Francia, un episodio insoslayable que encauzará lo venidero. Aquende los Pirineos, una matanza equiparable (y dejémoslo ahí puesto que las comparaciones hieren) es, si acaso, un ejemplo de que el retruécano de Hegel no ha perdido vigencia: “La única enseñanza de la historia es que jamás aprendimos nada de ella”.

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